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Arancha Moreno: “Ojalá hubiera muchos Quique González o Coque Malla, pero en España es muy difícil vivir de la música”

La carrera de músicos como Quique González ha discurrido en paralelo a nuestras vidas. Sorprende que lleven todo el tiempo ahí y que, paradójicamente, sigan siendo tan jóvenes. Puede resultar reconfortante, aunque, en realidad, es una manera de justificar que nosotros tampoco hemos crecido.

Cierto, porque en el rock and roll hay algo peterpanesco. Parece que tienes el elixir de la eterna juventud. El rock te evoca la persona que eras tú cuando empezaste a escuchar esas canciones y, mientras las oyes de nuevo, vuelves a ese lugar. Por eso nos aferramos tanto a ellas, porque por un momento volvemos ser a quienes éramos.

La realidad es que el tiempo pasa y ese público ya no es tan lozano. ¿Hay renovación por la base?

Siempre hay algo de renovación, pero hay artistas que tienen un público que está creciendo a la par que ellos y que es más numeroso que el nuevo.

Usted se enganchó a José Ignacio Lapido tras escuchar En otro tiempo, en otro lugar, publicado en 2005, y luego buceó en su discografía, tanto en solitario como al frente de 091. En ese sentido, las bandas también se nutren de nuevos fans que no son precisamente jóvenes.

Claro, porque hay grupos que descubres pasado un tiempo. También creo en la reconexión con ciertos artistas que no llegaste a ver en directo hasta determinada edad. Puedes conocer a Joaquín Sabina de toda la vida y, de un día para otro, interesarte por su música a los cuarenta. Influye la propia evolución del ser humano. Tú creces y, a medida que lo haces, te van gustando otras cosas. Y, de repente, conectas con la música de otra manera.

¿El oyente se hace conservador con los años?

Sin duda. Somos muy conservadores. Nos gusta mucho permanecer en la zona de confort. Preferimos conocer a fondo la música que escuchamos antes que investigar la nueva. Es un defecto que podríamos curar, porque de lo contrario nos quedaríamos siempre en lo mismo. Nos quejamos de las emisoras que solo emiten oldies, pero si solo le das una oportunidad a la música de los ochenta o de los noventa, nunca vas a generar un espacio para la nueva música, ¿no?

Sin embargo, la nueva música existe y el nuevo público, también, lo que sucede es que nosotros no estamos ahí. Eso de que el trap es el nuevo punk, por ejemplo.

Cierto. Hay que abrir los oídos a músicas nuevas, pero a veces te cuesta más sintonizar con otras tendencias. Como prescriptor o crítico musical, puedes estar abierto a escuchar nuevos discos. No obstante, a veces es difícil abrir los oídos a cosas con las que no conectas, porque la música es algo muy visceral.

Todo el mundo, en algún momento, ha sido joven. Y, en ese tiempo, probablemente también escuchaba morralla, porque era supuestamente moderno, porque lo prescribían las revistas de tendencias, porque, en definitiva, en ese momento había que estar ahí. Música, en ocasiones, con fecha de caducidad o que ha envejecido mal.

Probablemente sí, por contexto y por el componente social que tiene la música. Ahora mismo hay muchas posibilidades de escuchar canciones, puedes elegir lo que oyes y casi es un acto individual. Pero antes era un acto más social, en el que se compartía la música de una manera mucho más abierta con la gente. Era normal que, además de lo tuyo, escuchases lo de al lado o lo que, por contexto, se escuchaba en ese momento, fuese en la radio o en un bar, aunque no comulgaras con ciertos estilos. Ahora está todo más parcelado y, a lo mejor, solo llegas a lo que quieres llegar. Digamos que antes era más un acto de comunión.

Respecto a la forma actual de escuchar música, donde pesan más las canciones o los videoclips que los elepés clásicos o los álbumes conceptuales, ¿el disco se ha convertido para los músicos veteranos en una excusa para dar conciertos?, ¿ha perdido valor?, ¿resulta frustrante el trabajo que acarrea ante las menguantes cifras de ventas?

Sigue teniendo sentido como una obra completa y todavía hay muchos músicos que piensan con las mismas coordenadas con las que crecieron, escuchando los discos de principio a fin. Y, de hecho, trabajan así, porque para ellos tiene sentido.

Quizás las nuevas generaciones piensan en otras maneras de difundir su música, algo que también hacen algunos históricos, porque el público les manda mensajes en ese sentido: “Escucho poco, escucho lo que lo que me apetece escuchar en este momento, no le dedico demasiado tiempo, vivo en una era de consumo rápido”, etcétera. Eso también hace que el artista se replantee qué sentido tiene hacer las cosas como las hacía antes.

En Quique González. Conversaciones, hablo de cómo la industria sigue funcionando con los mismos parámetros: publicar un disco, promocionarlo, presentarlo en directo… Lleva repitiendo la misma estructura de trabajo desde hace cincuenta años y no sé hasta qué punto tiene sentido esa cadena de trabajo, porque el público es otro y consume de otra manera. Sin embargo, el músico aún cree en la obra completa y todavía hay un público al que le gusta ese formato. Mientras haya alguien que lo vea así, creo que merece la pena seguir haciéndolo.

¿La autoedición define a Quique González como artista y como persona?

Tras publicar con Universal su tercer disco, Pájaros mojados, decidió soltar las riendas de las discográficas y, en busca de libertad, montárselo por su cuenta con Varsovia Records. Ahora, para editar sus discos, se ha asociado con ​​Cultura Rock para seguir siendo dueño de su obra, pero con un sello que le ayude a difundirla, porque la autoedición es muy esclava.

¿Dice mucho de él esa forma de trabajar, o sea, su independencia?

Sí, porque él nació en un entorno completamente diferente. A finales de los noventa fichó por una gran multinacional que le dio espacio para que fuese la futura estrella del rock español, pero la autoedición es más coherente con su persona. Su camino siempre ha sido el de un artista que crece poco a poco, desde los bares hasta los grandes escenarios. Dice mucho de él, porque realmente controla todo lo que hace. Para que un artista sea libre, a veces necesita cierta independencia.

Quique González, entrevistado por Arancha Moreno, directora de la revista 'Efe Eme'. A. Laguna
Quique González, entrevistado por Arancha Moreno, directora de la revista ‘Efe Eme’. A. Laguna. A. Laguna

Si Enrique Urquijo y Antonio Vega residen en la planta alta, ¿en qué piso habita Quique González y hasta dónde podría llegar su ascensor? Porque él le ha confesado que sintió que había tocado techo. Ese “¿y ahora qué?” que uno se plantea tras firmar grandes obras.

Ese temor lo tienen muchos músicos. En un momento de crisis, como el que atravesó Quique hace unos años, realmente se plantean si ya han hecho lo mejor de su obra. Yo no creo que él haya tocado techo. Tiene una carrera con discos realmente buenos que siempre estarán en nuestra memoria colectiva, aunque todavía tiene mucho horizonte. Está en la planta alta, en cuanto a talento, a discografía y al respeto que se ha ganado por todo su trabajo. Aún le quedan unas cuantas plantas más que subir.

¿Pero es vecino de Enrique Urquijo y de Antonio Vega?

Sin duda, es vecino puerta con puerta.

¿La juventud es la edad ideal para hacer rock o punk?

Probablemente, la primera etapa esté más ligada a esa energía juvenil, aunque creo que el rock es un género en el que se puede envejecer perfectamente. Hay que saber adaptarse a cada etapa que te toca en la vida. No puedes recrear todo el rato la energía que tenías a los veinte años. Igual que sucede en el periodismo, porque a esa edad pensábamos que siempre seríamos igual de intrépidos. Sin embargo, hay que amoldarse a los nuevos tiempos y a nuestra propia forma de afrontar el oficio, pero se puede envejecer bien en el periodismo.

Para muchos artistas, la música es, entre comillas, una afición. O sea, un hobbie paralelo a un trabajo alimenticio. No porque no sean profesionales, sino por las dificultades para vivir de la música. En ese sentido, también podría establecerse otro paralelismo con el periodismo.

Precisamente, estaba pensando en eso. Son oficios en los que hay un componente emocional muy importante. Los músicos, sobre todo los autores, están comunicando algo que les llega muy adentro, del mismo modo que el periodista adquiere un compromiso con su trabajo. Hablo de una especie de amor al oficio, extrapolable a otras actividades artísticas. De hecho, se juega un poco con el por amor al arte, hasta el punto de que a veces el trabajo no tiene una contraprestación económica.

Sin embargo, la crisis de ambos sectores provoca que muchos músicos y periodistas no se puedan dedicar íntegramente a sus profesiones. Es una pena, porque nos estamos perdiendo la evolución de artistas que podrían llegar mucho más lejos si vivieran exclusivamente de su trabajo. Ojalá hubiera muchos Quique González, Iván Ferreiro, Coque Malla o José Ignacio Lapido, pero en España es muy difícil vivir de la música. Porque hay gente muy buena que no ha logrado vivir de su oficio y que, quizás por no poder haberle dedicado todo su tiempo, su música no ha crecido al máximo.

Una situación que habla mal de este país, ¿no?

A mí me entristece. No sé si es culpa de la sociedad o simplemente que no hemos sabido comunicar o que hay que adaptarse a los nuevos tiempos. Tampoco podemos empeñarnos en instalar en la gente nueva lo que a nosotros nos gusta o lo que creemos que es útil. Me daría mucha tristeza que esto fuese decayendo en los próximos años y que no haya un repunte de la fe en la música y en el periodismo.

Efe Eme dejó de publicarse en papel, aunque la revista se ha diversificado como editorial de libros y de los Cuadernos Efe Eme. Afortunadamente, todavía hay lectores que valoran la letra impresa.

Ese público que supera los 35 años. Parece una tontería, pero no lo es, porque nuestra audiencia crece, envejece y en algún momento desaparece. Haría falta una renovación alimentada por las nuevas generaciones, cada vez más numerosas y que no acaban de llegar a lo que hacemos. Entre los jóvenes hay mucho interés por la música en vivo, aunque no tanto por leer sobre música, o sea, por contextualizar lo que les gusta.

Y, a la vez, hay sobreinformación. Quizás sea más complicado encontrar prescriptores fiables que pongan orden a esa selva informativa.

Hay mucha confusión informativa y, al tiempo, la figura de prescriptor prácticamente ha desaparecido o no se acude a ella como en los ochenta o en los noventa, cuando tenía una gran fortaleza, antes de la aparición de la piratería y de las plataformas de escucha. Ahora, cada uno tiene que ser un buceador en medio de un mar lleno de peces. Hay que saber discernir qué tipo de especies tiene delante, lo que resulta muy difícil, porque exige un doble esfuerzo: el de buscar entre una gran oferta y, luego, el de dedicarle tiempo en esta época de urgencias. Además, en internet y en las redes hay mucho ruido.

Esto también sucede en el mercado editorial. Me quedé petrificada cuando leí en un estudio reciente que el 86% de los libros que salen al mercado venden menos de cincuenta ejemplares al año y que solo el 0,1% vende más de 3.000. Las editoriales están abriendo tanto la mano que al final publican absolutamente todo. Hay tal saturación en el mercado que las novedades duran cinco minutos en las librerías y el público no llega a conocerlas. Es un problema serio, porque podríamos cargarnos también la industria del libro, que sí tiene horizonte, pero la estamos descuidando mucho. Creo que se está editando demasiado a la ligera.

Arancha Moreno, autora del libro 'Quique González. Conversaciones'.
Arancha Moreno, autora del libro ‘Quique González. Conversaciones’. Patricia J. Garcinuño

¿Qué ingredientes debe tener para usted un biografiado?

Mis biografiados han nacido de una conexión emocional con el personaje y con su obra. En el caso del libro sobre Quique González, es un ajuste de cuentas emocional con mi propia vida. Creo que este libro empecé a escribirlo mentalmente hace veinte años.

¿A qué artista ausente le hubiese gustado entrevistar en profundidad?

A Antonio Vega. Lo entrevisté un par de veces, en su etapa final con Nacha Pop, pero no tuve la oportunidad de acercarme a su obra como solista en charlas reposadas. Y a Enrique Urquijo, aunque él murió cuando yo tenía dieciocho años. Ni me dio tiempo a disfrutarlo en directo, como sí pude hacer con Antonio Vega.

Quizás habría sido más complicado entrevistar a fondo a Antonio Vega que a Enrique Urquijo.

Hubiera sido un reto. Ojalá que hubiera nacido veinte años antes para que me diese tiempo a entrevistarlos.

Quique González se va de Madrid, se instala en Villacarriedo (Cantabria) y deja atrás los peligros. En todo caso, los demonios internos también pueden surgir cuando uno echa muchas horas en soledad.

La soledad puede ser tan peligrosa como la compañía si eres un mal compañero de ti mismo. Ahora bien, la soledad buscada no es mala. A Quique le ha ayudado a mirarse dentro de sí mismo y, con el paso del tiempo, ha sido capaz de hacer autocrítica y de entender en qué parte del camino se ha podido equivocar. Y, sobre todo, le ha servido para conocerse muy bien, porque es difícil conectar contigo mismo cuando no tienes tiempo para pensar en ello.

¿Qué ha podido lastrar o entorpecer su carrera? ¿Ha sido demasiado exigente?

La exigencia tampoco es mala. A lo mejor ha sido demasiado posesivo en algunos momentos con sus músicos, porque quizás no entendió que tuviesen otros proyectos. Por su sentido de la lealtad, alguna vez le ha dolido que se fuese algún músico o le ha costado formar un nuevo equipo. Quizá eso le ha podido pesar en algún momento. Incluso ese empeño que tiene por defender lo suyo a capa y espada. Sin embargo, lo que puede parecer un lastre, también es su virtud.

Ha sido capaz de pelear contra todo y contra todos por seguir su camino desde muy joven y con las cosas muy claras desde el principio. Algo que me sorprende, porque ha tenido épocas de inestabilidad económica en las que lo fácil hubiera sido dejar de pelear y acercarse a la industria o bajar un poco el nivel. Sin embargo, por muy complicado que fuese el momento, siempre ha peleado y seguido adelante. Y eso lo ha hecho más fuerte.

Lapido también es otro luchador que cree en lo que hace, contra viento y marea. Aunque tal vez él sea un autor más de culto.

Sin embargo, con 091 tiene un público masivo. Me llama la atención que en solitario tenga unos fans tan diferentes. ¿Porque 091 ha tenido éxito en su regreso y Lapido no ha logrado llenar una plaza de toros en solitario? Hay quien lo explica por el componente emocional que supone resucitar una banda, lo que hablábamos antes de esa juventud encapsulada. ¿Acaso los grupos tienen un atractivo especial? En todo caso, las conexiones entre ambos repertorios son evidentes, porque el autor es el mismo y hay músicos que comparten bandas, y su directo en solitario es muy bueno. Desde luego, Lapido se merece estar en primera división.

Granada es una mina musical. En lo que respecta al rock, no cabe duda de que 091 abrieron camino. ¿A qué se debe esa riqueza sonora?

Antonio Arias, el líder de Lagartija Nick, lo atribuía al agua que discurre por Granada, que genera una creatividad especial, de ahí que hayan surgido tantas bandas durante varias generaciones. Tras Madrid y Barcelona, es la tercera escena musical más puntera de España. Frente a la industria de las dos primeras, Granada tiene una cantera increíble.

 “Quique González es vecino puerta con puerta de Enrique Urquijo y de Antonio Vega”

Si nos ceñimos al rock, en su día era un páramo, pero 091 levantó el género en la ciudad. Aunque quizás hoy tenga una sangre más pop, esa escena no se ha perdido, porque a partir de los Cero han venido todos los demás. Es más fácil continuar una cadena que iniciarla.

También es una tierra fértil en poetas. Por no retroceder en el tiempo, ahí está la otra sentimentalidad, la poesía de la experiencia y, claro, Luis García Montero, quien de alguna manera rescata a Quique González de su crisis creativa con Las palabras vividas.

Quique es lector habitual de Luis García Montero desde hace muchos años. Las palabras vividas es el final de un camino que comienza mucho tiempo atrás, porque Aunque tú no lo sepas está basada en un poema de Luis [perteneciente al libro Habitaciones separadas] y fue escrita en 1998 [el músico la compuso para Enrique Urquijo, quien la grabó con Los Problemas]. Ha bebido de García Montero y, con los años, ha terminado impregnándose de sus creaciones. Las palabras vividas confirma la vena poética de Quique, cuyo talento, en gran medida, se debe a sus letras.

Arancha Moreno, autora del libro 'Quique González. Conversaciones'.
Arancha Moreno, autora del libro ‘Quique González. Conversaciones’. J. Perea

¿Un músico, en cierta medida, atormentado? ¿Sería más apropiado el adjetivo melancólico?

En algunas canciones puede haber cierto tormento y la melancolía está muy presente en su obra, aunque en sus letras también he visto luz. Él ha expresado el tormento con forma de dolor. En el disco Me mata si me necesitas y en la canción La casa de mis padres es evidente, pero escribir le sirve precisamente para exorcizar el dolor.

Un sentimiento presente desde sus comienzos en la música, porque debutó con el grupo Dick Turpin justo antes de la muerte de su madre. Dos sentimientos, ilusión y pena, encontrados.

Hay un paralelismo entre el dolor que conoció muy joven por la pérdida de su madre y el descubrimiento de la música. Quizá eso haya dejado huella en su obra, porque si le sirvió para salir del dolor o para aprender a gestionarlo, probablemente haya vuelto a hacerlo con el paso del tiempo. Por eso su obra es tan verdadera y auténtica, porque escribe desde el corazón, que puede bombear o estar herido.

¿Conviene dejar ciertos pasajes fuera de un libro si cree que pueden afectar al artista o debe ser un testamento vital sin tapujos?

Yo no busco hacer daño ni causar dolor, sino contar una historia. Los protagonistas pueden frenar el relato o pedirme que no cuente algo. Y, ante un off the record, yo no soy nadie para romper esa palabra, porque para mí es importante que haya un clima de confianza con el músico. Es la clave para poder trabajar con alguien, porque estos libros son una labor conjunta. Hay un clima de complicidad que se crea solamente si puedes confiar en quien tienes enfrente.

Más allá de los libros, en su trabajo periodístico diario, ¿cuál es para usted la entrevista perfecta?

Para hacer una buena entrevista tienes que dedicarle mucho tiempo de preparación. Además, es una forma de mostrarle respeto a la persona a la que te enfrentas. Cuando preparo una entrevista, lo hago a conciencia: escucho su música, leo, me documento y uso guiones como base para trabajar. Luego, cuando llego a la charla, hago una combinación entre lo que surge y lo que tenía planteado. Pero si un entrevistado no te da, por mucho que tú traigas, al final el contenido se desluce.

“La soledad puede ser tan peligrosa como la compañía si eres un mal compañero de ti mismo”

En todo caso, es importante que ambos estén en un momento de generosidad: uno, preparándola, y el otro, dando lo mejor de sí. Si eso se produce en un clima de confianza, de complicidad y de respeto mutuo, es cuando realmente las cosas fluyen.

Tus Conversaciones, claro, ya son palabras mayores.

Conocer al artista en diferentes momentos y lugares rema a favor de la entrevista. En realidad, escribo los libros para entender mejor a quien tengo delante y a su obra. Al viajar a Cantabria, he conocido la realidad de Quique González, por qué sus discos son como son, por qué ha cambiado su escritura, por qué mira de esa manera, por qué sus historias son otras… Todo eso forma parte de su paisaje y te da mucha información que te ayuda a entender el universo de sus canciones.

¿Qué entrevista le ha resultado más complicada?

Hay miuras de las entrevistas. Una vez entrevisté a Diego el Cigala en un escenario y me costó, porque es un tipo bastante ingobernable, aunque supimos llegar a buen puerto [risas].

Lapido es un grande sin gran público.

No en cantidad, pero sí en calidad y en fidelidad. El público de Lapido es un “contigo me voy a la guerra”. Incluso la acogida del libro fue magnífica, porque la gente le profesa una fe casi religiosa. Sus seguidores son auténticos devotos.

Coque Malla era un crío en sus inicios. A la larga, ¿pesa esa precocidad en un artista?

Si no sabe gestionar la fama, el éxito y los peligros, sí.

¿Le sorprendió la reinvención de Coque Malla tras el éxito de Los Ronaldos y su travesía en el desierto?

Los Ronaldos desaparecieron cuando su popularidad decaía. Superar la ruptura de tu banda cuando ya está en declive, construir una identidad nueva y alcanzar otra vez el éxito es asombroso. Como autor, pero también como intérprete en el escenario, porque no creo que haya una fiera escénica como Coque en este país.

¿Iván Ferreiro es el mayor enemigo de Iván Ferreiro?

Iván Ferreiro está siempre peleado con el mundo, aunque al día siguiente deja de estarlo. Es un tipo muy divertido. Él cree en la discusión y en el debate como una manera de crecer. Un provocador, pero también un tío con menos prejuicios que nadie. Iván es un hechicero.



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