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Cine de raza – El Cohete a la Luna

 

Una cosa es que haya un escandalete en el escenario y otra muy distinta es que se haya dejado de hablar de cine. En toda la historia debe haber sido la entrega de los Oscars en la que lo menos importantes fueron las películas, y a su vez el más generoso regalo para los medios que se despacharon a gusto con sus análisis banales. Porque el sopapo de Will Smith a Chris Rock, que fue solo un fuera de guión de un tipo descontrolado en el escenario más careta del mundo, dio para todo tipo de debates absolutamente oportunistas y tirados de los pelos. Se cuestionó el humor estilo bullying (una regla aceptada por todas las estrellas, a menos que se la agarren con uno), también el micro-machismo de Hollywood y el valor correctivo de una trompada. Y de todos los temas que se instalaron el que más me irrita es el referente a los afroamericanos, que según algún analista brillante coparon la ceremonia como nunca antes, lo cual trasunta en una especie de triunfo para la comunidad negra estadounidense. Es tremendamente despectivo pensar que aquella gente tantas veces postergada y humillada, y que de todos modos tanto aportó a la cultura de su país, pueda sentirse representada por una escena tan vulgar, para colmo protagonizada por dos estrellas millonarias que aunque puedan tener alguna que otra actitud bienintencionada (lo desconozco) muy lejos están de la realidad cotidiana de la gente de raza negra estadounidense.

Permiso entonces para hablar de cine, un terreno en el que la comunidad negra estadounidense, superando la falta de recursos, leyes segregacionistas y prohibiciones, supo protagonizar varios momentos virtuosos. Hoy tenemos a fuertes referentes como Spike Lee y John Singleton y aún queda el recuerdo de los gloriosos tiempos del Blaxploitation de los años ‘70. Pero mucho antes de esto, prácticamente desde la primera década del siglo XX, existieron las llamadas “race films”, es decir las películas con temática racial que en su gran mayoría fueron realizadas por gente negra. Poco de ese cine se ha conservado y la mayoría de sus nombres han sido prácticamente olvidados, a excepción de un tal Oscar Micheaux, considerado unánimemente el patriarca del cine afroamericano.

 

 

Retrato de Micheaux en su juventud.

 

 

Micheaux nació en 1884 en Metrópolis, que más allá de su pomposo nombre es apenas una pequeña ciudad del estado de Illinois que tiene como principal atractivo una tosca estatua de Superman, porque a alguien se le ocurrió que allí nació el Hombre de Acero. Se sabe que los padres de Micheaux habían emigrado desde el estado vecino de Kentucky, dejando atrás un pasado de esclavitud y portando un apellido francés seguramente heredado de sus antiguos amos.

Un hecho decisivo en la vida de Oscar Micheaux se produce cuando de adolescente abandona la vida agrícola y se muda a Chicago, donde la gran inmigración negra de las primeras décadas hacía crecer sus barrios periféricos a pasos agigantados. En su familia admiraban a Booker T. Washington, un sólido referente de la comunidad afro que sostenía que la herramienta principal para el progreso de la raza era la educación, muy por encima de la obediencia civil y de la religión. Es por eso que los padres de Micheaux procuraron que sus hijos estuvieran bien preparados y así fue que el joven Oscar pudo conseguir buenos trabajos, dentro de lo habilitado para un muchacho de raza negra. Sirviendo como mozo en trenes de larga distancia pudo amplificar su horizonte geográfico y cultural y frecuentó a gente de clases sociales más altas, gente blanca con poder e independencia económica. Se puede inferir que Micheaux vio en ellos una oportunidad a futuro más que a un pasajero a quien cargarle las maletas, y no tardó mucho en comprender que para progresar debía generar sus propios recursos. Con sus ahorros compró una granja en Dakota del Sur, allí donde prácticamente no había negros como él.

En el reciente documental Oscar Micheaux, the Superhero of Black Filmmaking, el historiador Patrick McGilligan sostiene que fue tras una intensa nevada que lo obligó a encerrarse en su casa mientras veía cómo su granja se arruinaba definitivamente que Micheaux comenzó a escribir novelas, algo que decantaría años más tarde en la realización de películas. Y lo más sobresaliente es que todo lo hizo absolutamente por su cuenta; es decir escribiendo, publicando y golpeando las puertas en los barrios negros de los Estados Unidos para vender sus libros. Fue en Los Ángeles que el dueño de una productora le ofreció llevar al cine su novela The Homesteader, que era noticia porque estaba generando una inédita identificación dentro de la comunidad afro. A Micheaux le gustó la idea, pero como ya dijimos era un feroz emprendedor, aquello que los estadounidenses idealizan como un self made man. Llegó a la conclusión de que la película debería hacerla él mismo y de que su inexperiencia total en la realización cinematográfica era un detalle menor.

The Homesteader (1919) es el punto inicial de una carrera cinematográfica que se prolongó hasta fines de los años ‘40, ya en el reino del cine sonoro, y que consta de más de 40 largometrajes. Es pertinente aclarar que Micheaux no fue el creador de las “race films”, un género que lo precedió años antes, sino que sobresale en él tanto por la calidad y temática de sus obras como por el modo en que las financiaba y distribuía. Porque para esto último debió trazar una inteligente estrategia que incluía pequeños inversores (por ejemplo, aquellos hombres de negocios a quienes les había cargado las maletas en el tren) y la generación de espacios de proyección. Micheaux logró convencer a los dueños de las salas en las grandes ciudades de que la comunidad negra estaba ansiosa de ver reflejada en el cine, como en un espejo, sus problemáticas narradas en su propio idioma, y consiguió pasar su películas en los horarios nocturnos, cuando los blancos ya estaban en sus casas y los negros habían terminado sus jornada laborales.

Hablar de Oscar Micheaux es prácticamente lo mismo que hablar de su segunda película, Within Our Gates (1919/20), la más famosa, polémica, influyente, combativa (y cuantos adjetivos se quieran añadir) de las “race films”. Tal vez no sea visual o narrativamente su mejor cinta, pero no vamos hoy a pecar de originales y hablaremos de ella, además de compartirla en esta nota.

 

 

La comunidad afroamericana frente al espejo en Within Our Gates.

 

 

El entorno político, social y cultural en el que se hizo esta película era, a grandes rasgos, el siguiente: en casi todos los Estados Unidos estaba en apogeo el “Jim Crow”, con su paquete de leyes que respaldaban la segregación racial bajo el horroroso lema “separados pero iguales”. En Chicago, la ciudad en donde Micheaux había residido y cuya comunidad negra conocía muy bien, las tensiones raciales (más bien los actos racistas por parte del poder blanco) habían desencadenado una serie de trágicos disturbios que reverberaron en el resto del país. Y como si esto fuera poco se había estrenado unos años antes El nacimiento de una nación (1915), la obra mayúscula de David Griffith y del segregacionismo que exaltaba el heroísmo del Ku Klux Klan. Por eso es que Within Our Gates de Michaux es considerada la respuesta de la comunidad afroamericana a aquel tremebundo monumento al racismo.

El personaje principal es Sylvia Landry, una maestra sureña cuyo matrimonio se frustra a causa de una traición familiar y luego se aboca a conseguir fondos para que la pobre escuela en la que trabaja no cierre. En la búsqueda de filántropos sufre un accidente de tránsito aunque con algo de suerte, ya que así conocerá a su nuevo amor, un médico, y a una mujer blanca muy adinerada que conmovida por su historia se dispone a colaborar con una buena suma. Todo esto sucede en un incesante ida y vuelta entre el Sur y el Norte (supuestamente menos hostil para la población afroamericana), porque sabiamente Micheaux plantea una problemática racial que involucra a todos los escenarios de los Estados Unidos: familiares, laborales, norteños, sureños, rurales y urbanos.

 

En Within Our Gates el sometimiento a las mujeres afroamericanas iba mucho más allá de los derechos sociales o laborales.

 

 

Alrededor de la historia de Sylvia se abroquelan múltiples situaciones, expuestas de un modo claramente explicativo y con su dimensión dramática. Habrá una serie de linchamientos de negros a manos de la turba blanca, el mestizaje se produce bajo circunstancias traumáticas, y veremos además contundentes representaciones del conservadurismo blanco reacio a que los negros y las mujeres voten. Pero aún así, lo que más interesa es la visión que tiene Micheaux de su propia raza, y de allí seguramente proviene el nombre del film, cuya traducción aproximada sería Dentro de nuestras puertas. Porque lejos de mostrar a los afroamericanos nobles y bienintencionados sin excepción, algunos de ellos son serviciales al sometimiento por miedo, pusilanimidad o puro interés. Sorprende en este caso el rol que juega un predicador, que intenta convencer a sus fieles de aceptar las reglas impuestas como si fuera un mandato de Dios. Como ya dijimos, Micheaux supo de joven que el único camino para el progreso de la gente de color es la educación, y esta película invita a posar sus miradas allí. Hay que imaginar cómo funcionaba este mensaje en las salas pobladas de espectadores de las clases bajas afroamericanas.

Es muy claro que Within Our Gates no es una obra maestra y está muy lejos de los grandes filmes del cine mudo (tal vez el punto más alto de Micheaux fue Body And soul, de 1925). Pero de todos modos está muy bien resuelta y tiene algunos recursos narrativos muy bien presentados, sobre todo teniendo en cuenta que era la segunda película de un hombre que se había mandado a hacer cine sin la más mínima experiencia previa. También debe tenerse en consideración que, tal cual sucede en tantos filmes de la era silente, las versiones que tenemos a nuestra disposición hoy en día no son las originales sino los restos seguramente desvirtuados tras años de extravío. La película se consideraba perdida hasta que apareció una copia en España retitulada como La Negra, y ni siquiera se sabe si los rótulos de dicha copia son los que dispuso Micheaux allá por 1919. A esto hay que sumarle que en diferentes lugares de los Estados Unidos, antes de cada proyección la película era revisada minuciosamente y era muy habitual que le recortaran las escenas más fuertes, es decir aquellas que podían despertar el espíritu rebelde de la comunidad negra que gracias al cine podía mirarse, ahora sí, por primera vez al espejo.

 

 

Pieza de museo: un modesto anuncio de Within Our Gates.

 

 

 

Para cerrar, corresponde decir que así como la figura de Micheaux ha sido rescatada y valorada, hay quienes aún la observan con recelo, porque la suya puede ser una de esas trilladas historias de auto-superación contra todos los obstáculos, una consumación del “todo lo puedes si te esfuerzas” con las que tanto machacan los estadounidenses y por estos pagos los amantes de la meritocracia. En Within Our Gates se pregona por la creación de un “nuevo negro”, es decir un negro que para progresar socialmente tiene que estar dispuesto a resignar algún que otro rasgo identitario, y por eso los médicos y los maestros negros tienen la piel bastante más clara que sus hermanos que trabajan en el campo, de sirvientes o fuera de la ley. Así de sencillo. Larga y válida discusión que no podremos desarrollar en esta breve nota, pero no quiero irme sin recordar que en los tiempos de Miecheaux a los negros aún los linchaban y colgaban de los árboles, y se me viene al recuerdo a Billie Holliday y la letra de Strange Fruit: “Dulce y fresco olor a magnolias y de repente el olor a carne quemada”. Qué poca cosa son dos millonarias estrellas de Hollywood sopapeándose en el escenario más deseado e hipócrita del mundo.

 

 

 

FICHA TECNICA

Título original, Within Our Gates / Año 1919-20 / Duración 79 minutos / País Estados Unidos / Guión y dirección, Oscar Micheaux / Reparto, Evelyn Preer, James Ruffin, Flo Clevens.

 

 

 

 

 

 

 

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