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detrás de la fortuna, el crimen – Rebelion

Se cumplen estos días 50 años
de uno de los accidentes laborales ocurridos en la presa de Cedillo.
El 31 de julio de 1972 perecían allí once obreros, cuando se
afanaban en la construcción del aliviadero. Otros siete trabajadores
habían fallecido en enero de 1969. Y dos más morirían, atrapados
en una hormigonera, en agosto de 1975. Veinte vidas. Veinte vidas
sacrificadas en los altares del oligopolio energético, veinte
nombres más borrados de la historia.

Pero empecemos por el principio.
Fue en 1946 cuando llegó a Cedillo la primera noticia oficial sobre
el propósito de construir una presa para la producción de energía.
Lo recoge en uno de sus libros Manuel Sánchez González, minucioso
cronista de la localidad que trabajó durante algunos años en la
central eléctrica. La Jefatura Superior de Aguas del Tajo establecía
un mes para posibles alegaciones al aprovechamiento hidráulico. Pero
para entonces ya se había producido el gran reparto del mercado
eléctrico en el suroeste de España: el río Guadiana sería para la
Compañía Sevillana de Electricidad y con el río Tajo se quedaría
Hidroeléctrica Española, la empresa de la que nacería décadas más
tarde la actual Iberdrola. Eran los vencedores de la guerra civil y
había llegado el momento de repartirse el botín. “Entre 1942 y
1943 Hidrola consiguió tener bajo su dominio la práctica totalidad
de los aprovechamientos del Tajo y sus afluentes”. Son los
historiadores Sergio Riesco y Juan Carlos López, en un reciente
estudio, quienes dan cuenta de cómo se incuba y remata el oligopolio
eléctrico en Extremadura durante el franquismo1.

Durante una década se
desarrollará una pugna sorda entre la oligarquía eléctrica y otros
sectores del régimen, más partidarios de la nacionalización de la
producción. Pero serán los primeros quienes se lleven el gato al
agua y el pulso se resolverá con la consolidación de una maciza
plutocracia, en la que las eléctricas y la banca en alianza, jugarán
un papel central desde entonces hasta nuestros días. El Tajo, el
secreto objeto de deseo del lobby eléctrico vinculado al Banco de
Vizcaya, pasará a ser el cortijo de Hidroeléctrica. En 30 años,
como señalan M ª Ángeles Fernández y Jairo Marcos, la ribera del
Tajo dejará de ser un río para convertirse en “una sucesión de
embalses hidráulicos”: Valdecañas (1964), Valdeobispo (1966),
Torrejón (1967), Azután (1970), Alcántara (1970), Cedillo (1977)
y posteriormente Gabriel y Galán-Guijo de Granadilla (1982).

El lugar elegido para la presa de
Cedillo es la confluencia de los ríos Tajo y Sever, justo en la
frontera portuguesa. Desde 1965 varias empresas como GETASA y Rodio
participan en los trabajos previos, eso sí, siempre bajo la
dirección de Entrecanales y Távora, que será la empresa
constructora principal y la encargada de levantar la presa, que se
inicia en febrero de 1968. La vida de Cedillo y de los pueblos de la
comarca cambiará a partir de entonces. La localidad pasará “de la
agricultura de subsistencia a la industria”, en palabras del
alcalde, Antonio González, más conocido por el mote, Botines.

La historia de Cedillo y la
comarca, como la de Extremadura en su conjunto, está marcada por la
durísima lucha de clases en torno a la tierra, por la perpetuación
del latifundio y por el sueño campesino derrotado de la Reforma
Agraria. Dos nombres podrían condensar ese conflicto centenario en
estos contornos: a un lado Josefa Salamanca Wall, Marquesa de
Hinojares y hermana del Conde de Campo Alange, propietaria de miles
de hectáreas en los términos municipales de Cedillo, Herrera y
Valencia de Alcántara; frente a ella, los ecos del último alcalde
republicano del pueblo, Baltasar Robledo, fusilado por los nazis en
la localidad francesa de Besançon en 1943 y reconocido allí, en el
país vecino, como Mártir de la Resistencia. A partir de los años
50, la catástrofe de la emigración desangra uno a uno a todos los
pueblos. Pronto, solo en Portugalete residirán más vecinos de
Cedillo que en su localidad de origen. Por un momento, la
construcción de este y otros pantanos en Extremadura parece que
vienen a taponar y revertir el éxodo, que conecta con las promesas
de regadío de las que hablaban los regeneracionistas y la propia
República. El espejismo se disolverá rápidamente. No son pantanos
para que la gente se quede, sino justamente para lo contrario, para
alimentar la energía de las fábricas a las que se verán obligados
a emigrar los centenares de miles de extremeños, a quienes se niega
la industrialización en su propio territorio.

“Cuando empezaron las obras de
la central eléctrica la mayor parte del pueblo de Cedillo cambió su
dedicación”, recuerda el alcalde Botines. Quienes no habían
picado ya el billete de la emigración, claro. La localidad pasó a
tener más de tres mil personas, “en aquellas fechas hasta las
pajares estaban ocupados”. Y otros muchos trabajadores llegaban en
autobuses, desde Arroyo de la Luz, Membrío, Valencia o Santiago de
Alcántara. “El pueblo se llenó de barracones de las empresas
principales y de subcontratas, como el de Nervión. E incluso había
un barracón que era todo de negros. Yo me acuerdo que éramos
muchachos y teníamos miedo de ir allí. No habíamos visto un negro
en nuestra vida. Dormían en el suelo. Era gente que venía de las
colonias”. De Cabo Verde, precisa el historiador local Manuel
Sánchez, que recuerda cómo un guardia civil montó un equipo de
fútbol integrado solo por esta población negra, “que paseaba por
Valencia de Alcántara y otras localidades”. La fiebre de la
construcción de la presa que traía dinero y también perturbaba los
hábitos sosegados de un pueblo pequeño: así, Antonio Molina o La
Niña de la Puebla acudían a un teatro provisional, organizado al
calor del nuevo enjambre. Pero, también, en la parte portuguesa, un
autobús semanal de prostitutas.

Memorias obreras ahogadas

El 14 de enero de 1969 se produce
el primer accidente con víctimas mortales. “Las aguas del Tajo, al
desbordarse la riada y alcanzar un pontón tendido en la presa de
Cedillo, en la zona portuguesa, arrastró a diez obreros”. La
propia noticia en el diario Hoy y el archivo de la RTP1, el primer
canal de la Radio y Televisión pública de Portugal, son indicios
claros de la temeridad con la que la empresa ha podido obrar,
enviando a un grupo de trabajadores a realizar tareas encima de la
pasarela de madera en plena crecida del río.

Archivo de la RTP1:
https://arquivos.rtp.pt/conteudos/acidente-na-barragem-de-monte-fidalgo/

De los diez obreros arrastrados
por el aumento del caudal, siete perecerán ahogados. Otro podrá
agarrarse a los cables que sujetan el pontón y dos más serán
salvados por el barquero Julio González Gudiño.

Aunque el accidente se produce en
la zona portuguesa, en un terreno ubicado en la freguesía de Perais
-que pertenece al término municipal de Vila Velha de Ródão- la
empresa responsable no es otra que Construcciones GETASA, abreviatura
del nombre “Gouveia Entrecanales y Távora S.A.”, una sociedad
participada y dirigida por Entrecanales, la empresa principal
responsable en la construcción de la obra.

El segundo siniestro con
consecuencias letales ocurrirá el lunes 31 de julio de 1972. Un
desprendimiento de tierras sepulta a un grupo numeroso de obreros,
mientras están realizando una excavación. La nota oficial de la
empresa cuando ya han transcurrido dos días del accidente no puede
ser más parca y elusiva: “Ha habido un desprendimiento de tierras,
cuyas causas son desconocidas y que ha sepultado a varios obreros.
Las labores de rescate exigen más medidas previas para evitar más
desprendimientos, que se están tomando con la mayor diligencia ”,
afirma. La crónica del diario Hoy durante las jornadas posteriores
al accidente, a cargo del periodista Fernando García Morales y del
fotógrafo Fernando García Múñez, será crucial para burlar la
ocultación y aproximarse a lo realmente ocurrido. En la misma
edición, unas líneas más abajo de la nota corporativa, el
reportaje del periódico sostiene: “El lugar del accidente ha sido
en la ladera izquierda de la presa, donde se construía, a cielo
abierto, un cajero para uno de los aliviaderos de la misma. Se trata
de un enorme cortado, con más de cuarenta o cincuenta metros de
altura, cuyas tierras al desprenderse han sepultado a los hombres que
se encontraban trabajando en la ladera baja, tanto los que estaban a
su pie como a otros que parece ser que trabajaban sobre una
plataforma a media ladera”.

La noticia de la tragedia corre
como la pólvora. “Yo tenía trece años pero lo recuerdo como si
hubiera ocurrido ayer mismo. Empezamos a escuchar el griterío cuando
llegaron los autobuses. De aquí iban todos los días dos autobuses
llenos, como mínimo. Los obreros se bajaban llorando aquella tarde:
¡Ha habido un derrumbe, ha habido un derrumbe! Y las mujeres y los
hijos, preguntando por quién faltaba. Y la voz de uno de los obreros
templada, pero temblando, hablando de un chaval, de un joven que era
aguador y casi se escapa pero que al final le cogió el alud, rogando
inútilmente: ¡No se lo digáis a la madre!”. Es Antonio, de
Santiago de Alcántara, recordando hace dos días aquella fecha
maldita, con lágrimas en los ojos, hablando de la gran herida que
ha marcado el pueblo desde entonces. Cinco muertes en un pueblo que
entonces tenía 1.600 habitantes son muchas muertes. Un hachazo
invisible y homicida, un empujón brutal lo ha derribado.

Desde el primer momento la
empresa y las autoridades políticas se dedicarán a minimizar las
dimensiones de la catástrofe. Actuarán con la mala conciencia de
quienes se saben responsables pero con la brutalidad y sangre fría
de quienes intuyen que nadie se atreverá a incriminarles. José
María de Oriol Urquijo, dueño de Hidroeléctrica, primer alcalde
franquista de Bilbao, procurador en Cortes, en activo; José
Entrecanales Ibarra, dueño de Entrecanales y Távora, al que hace
apenas tres años, el 18 de julio de 1969, se le ha concedido la Gran
Cruz de la Orden Imperial del Yugo y las Flecha: ¿quién sería el
loco de reclamarles alguna responsabilidad? Además, se han esmerado
en prever y reprimir cualquier atisbo crítico en la empresa. En la
inauguración de la presa de Valdecañas, en 1965, Oriol declaraba
ufano, delante de Franco, presumiendo de paz social: “Desde el año
1941 hasta nuestra fecha, en que hemos pasado por diversos momentos
más o menos fáciles o difíciles, no hemos tenido en Hidroeléctrica
Española ni un solo día de conflicto laboral”.

En la crónica antes mencionada, los enviados del diario Hoy, apuntan que “la empresa no dio muchas facilidades informativas a los periodistas”, señalan que no se les proporcionó el nombre del único fallecido que se reconoce hasta el momento ni tampoco se les permite acercarse a las ambulancias, situadas a doscientos metros, y a las que se condujeron tres cuerpos muertos. Mucho años después, en abril de 1994, el fotógrafo Fernando García Múñez, en una entrevista que le hace Pablo Calvo, recordará aquellos hechos de este modo: «Cuando los obreros muertos en las obras de la presa de Cedillo un guardia de seguridad me intentó tirar por un barranco en presencia de las autoridades para que no fotografiara aquello. Tuvo que intervenir mi compañero Fernando García Morales para salvar el carrete y salvarme a mí”.

El miércoles 2 de agosto se
realizan funerales en Santiago de Alcántara, Valencia y Arroyo de la
Luz por las ocho primeras víctimas y al día siguiente se recuperan
por fin los tres últimos cadáveres. Pese a que se preveía muy
ardua la tarea, el hedor que emana de los cuerpos permitirá
localizarlos fácilmente. La lista definitiva de damnificados la
componen 5 trabajadores de Santiago de Alcántara (Antonio
Batalla Guillén, de 32 años, casado y con dos hijos; Francisco
Pablo Flores Flores, de 26 años, soltero; Juan Manuel Flores Vital,
de 36 años, casado y tres hijos; Graciano Rico Batalla, de 46 años,
casado y con cuatro hijos; y Juan Guillén Galavís, de 46 años,
casado y con tres hijos), 3 de Valencia de Alcántara (Fernando
Araujo Sierra, 41 años, casado y con tres hijos; Francisco Jaroso
Coronel, casado y con un hijo; y Manuel Fernández Núñez, soltero),
dos de Arroyo de la Luz (Ildefonso Márquez Holguín, de 49 años,
casado y con tres hijos; y Julio Bonilla Berrocal, casado) y uno de
Salorino (Eduardo Mendo
Cañas, casado).

Las autoridades están visitando
a las familias afectadas y anuncian la entrega de cantidades para
socorrerlas. El secretariado de Asuntos Sociales ha acordado conceder
a cada una de las familias 15.000 pesetas, pero alguien debe
advertirles sobre la inconveniencia de mostrar cicatería en estas
circunstancias y al día siguiente la Mutualidad de la Construcción
eleva las cantidades a 200.000 pesetas por viuda y 150.000 para los
padres de los obreros solteros, una “ayuda graciable” dicen,
atendiendo a la trascendencia del caso. Y con celeridad, junto a la
ayuda económica a las familias, establecen medidas para los hijos en
lo relativo a empleo y educación. “El futuro de los huérfanos de
Cedillo, resuelto”, rezan los titulares de la prensa el domingo 6
de agosto.

El alcalde Antonio Botines cree
se advirtió por parte de los responsables técnicos “de que no se
debía excavar aquello en esas condiciones, en un terreno de pizarra
como ese, bastante inestable”, pero no tiene ninguna constatación
oficial de ello. Pero “se tapó, se indemnizó a las familias y se
dijo corrramos todos un tupido velo”.

El 21 de agosto de 1975 se
produce el tercer accidente mortal en la construcción de la presa de
Cedillo. Dos trabajadores pierden la vida en otro espantoso
siniestro: son destrozados por la hormigonera que intentaban reparar,
cuando esta no había sido previamente desconectada. Felipe Martín
Hernández, de 51 años, natural de Almenara de Tormes (Salamanca) y
Santos Villarinos Marcos, oficial de primera, de 26 años, natural de
Fermoselle (Zamora) fallecían a pesar de los intentos de sus
compañeros de trabajo por salvarles.

La presa terminará de
construirse en 1976 y empezará a funcionar sin que sea inaugurada
oficialmente. Son años ya de intensa movilización popular y en la
retina crítica de la sociedad ha quedado desacreditada la imagen de
“Paco, el rana” y su proverbial frase de propaganda: Queda
inaugurado este pantano. La esperanza de una ruptura democrática que
cuestionara la política energética y el poder de las familias del
régimen franquista tardaría poco tiempo en esfumarse. Las nuevas
raíces en la energía nuclear, el giro atlantista de los gobiernos
de Felipe González y las puertas giratorias sentarían las bases de
un reforzamiento del oligopolio eléctrico.

En nuestros días desazona comprobar la impunidad de Iberdrola y la soberbia con la que exhiben sus beneficios mientras millones de personas sufren la escasez. Produce rabia constatar qué barata cuesta la traición, con la facilidad que las puertas giratorias se convierten en paisaje, y el garbo con el que se visten de verde los mayores depredadores del planeta. Quizás el descaro con el que se muestran persigue precisamente reforzar aún más nuestra impotencia, aquella paradoja de nuestro tiempo de la que hablaba Marina Garcés: Lo sabemos todo, pero no podemos nada.

***

Este escrito quiere ser una pequeña contribución a la memoria, contra la impunidad y contra la impotencia. Necesitamos juntar la fuerza para que un día, más temprano que tarde, nos atrevamos a desafiar su poder, a nacionalizar los bienes públicos que parasitan y nos han robado. Memoria contra el crimen de las eléctricas, coraje para recuperar lo colectivo.

En homenaje a todos los trabajadores fallecidos en la construcción de la presa de Cedillo.

Para escribirlo me he valido de
textos elaborados por Mª Ángeles Fernández y Jairo Marcos, Sergio
Riesco y Juan Carlos López, Manel Márquez, Andrés Bilbao y Manuel
Sánchez, así como de noticias relacionadas con los accidentes en
Cedillo aparecidas en los periódicos Hoy, Abc y El País. Agradezco
su colaboración a Carlos Bermejo Castro, de Valencia de Alcántara;
a Antonio Botines, Rufo López y Manuel Sánchez, de Cedillo; y a
Antonio y demás vecinos de Santiago de Alcántara. La
responsabilidad de lo que se afirma en el artículo es, claro está,
exclusivamente mía.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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