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El Centro de Estudios sobre América (CEA): Apuntes para su historia | by La Tizza | La Tizza Cuba | May, 2022

Algunos de los contenidos de este escrito forman parte de un libro que aún estoy escribiendo con el título provisional La Revolución Cubana: una interpretación desde sus utopías. Por consiguiente, son una ampliación de mi artículo «The Centro de Estudios sobre América: Notes on a Little-Known History» que fue incluido como parte del libro The Cold War and Latin American Studies (Los estudios latinoamericanos durante la Guerra Fría) coordinado y editado por Ronald H. Chilcote, así como publicado, a comienzos de este año, por la editorial estadounidense Rowman & Littlefield.

Aunque este texto es de mi absoluta responsabilidad, agradezco los aportes y las sugerencias de contenido y forma que les realizaron a sus primeras versiones los ex investigadores del CEA Alfredo Prieto, Aurelio Alonso, Juan Valdés Paz, Julio Carranza, Rafael Hernández y Tania García Lorenzo. También el ex embajador de Cuba en la República Bolivariana de Venezuela, Germán Sánchez Otero; quien, desde las responsabilidades que tuvo durante casi una década en el Departamento América del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (dirigido hasta 1992 por el comandante Manuel Piñeiro Losada), participó activamente en los orígenes y en la definición de las principales tareas emprendidas por el CEA entre 1980 y 1986.

A la memoria de Manuel Piñeiro Losada,

Hugo Azcuy, Fernando Martínez Heredia y

Juan Valdés Paz.

Como se podrá ver en los Anexos 1 y 2, el pasado 25 de mayo se cumplió el 26 aniversario del mensaje que, a través del integrante del Comité Central (CC) del Partido Comunista de Cuba (PCC), Manuel Piñeiro Losada, les envió el entonces segundo secretario del Buró Político (BP) y vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros (CCEMM), General de Ejército Raúl Castro, a los ex integrantes del Consejo de Dirección del CEA.

Anexo 1: Mensaje transmitido por Raúl Castro, a través de Manuel Piñeiro Losada, a los ex integrantes del Consejo de Dirección del CEA.

En ese mensaje él les indicó que «en veinticinco años» les había dado «dos tablazos» y nunca se había «reunido con ellos». Y agregó que él tenía «conciencia de que si le daba un infarto» los iba a dejar «condenados políticamente a ellos, a sus esposas y [sic] hijos» (Castro, R., 1996). Asimismo, luego de referirse a otros asuntos que no tenían que ver con el CEA, señaló:

Que sigan discutiendo hasta la saciedad, con plena confianza y diciendo lo que piensan y digan todo lo que piensan con confianza, que al final se reunirá con ellos. Sus [ilegible] argumentos [son] los que aparecen en la publicación. Tengan la seguridad de que, si alguna injusticia he cometido, de forma inteligente y públicamente se reparará. Que no tengan preocupaciones (Castro, R., 1996).

¿Qué era el Centro de Estudios sobre América? ¿Cuál era su historia? ¿Por qué Raúl (como comúnmente lo denomina el pueblo cubano) les había enviado ese mensaje? ¿Por qué había utilizado el conducto de Piñeiro y no otra vía para hacérselo llegar? ¿A qué «dos tablazos» y a cuál publicación se refería? ¿Qué ocurrió en los meses inmediatamente anteriores y posteriores al mencionado mensaje? ¿Se repararon o no de «manera inteligente y públicamente» las potenciales o reales «injusticias» que él había cometido?

A tratar de responder esas y otras interrogantes van dirigidas las páginas que siguen; pero antes de hacerlo es imprescindible precisar que la publicación a la que se refería Raúl había aparecido en el órgano oficial del CC del PCC, el diario Granma, en su edición del 27 de marzo de 1996. En esta se había difundido el informe que, cuatro días antes y en representación del BP, él le había presentado al 5to. Pleno del CC del PCC.

En este se había realizado un profundo análisis de los cambios socioclasistas, generacionales e ideológico-culturales que se estaban produciendo en la sociedad cubana. Asimismo, se habían explicado, con lujo de detalles, las acciones que había emprendido el liderazgo político-estatal de nuestro país para tratar de solucionar los serios problemas sociales existentes como consecuencia de la profunda crisis económica que se había producido desde comienzos de la década de 1990 a causa de la implosión, en 1991, de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

En adición, se había denunciado y documentado el incremento exponencial de la agresividad de sucesivos Gobiernos de Estados Unidos contra Cuba y, en específico, el presidido desde comienzos de 1993 por el demócrata William Clinton (1993–2001). Entre las expresiones de esta agresividad, los nítidos objetivos contrarrevolucionarios de los «carriles uno y dos» de la denominada Enmienda Torricelli (refrendada a fines de 1992 por la saliente administración republicana presidida, desde 1989, por George H. Bush) y de la Ley Helms-Burton.

Esta había sido promulgada por Clinton el 12 de marzo de 1996 con el propósito expreso de ensanchar el carácter extraterritorial del genocida bloqueo impuesto contra nuestro pueblo desde 1962, así como para provocar «un estallido social que podría desembocar en una agresión estadounidense con pretextos aparentemente más válidos» que los esgrimidos por los «elementos de la contrarrevolución externa» (Castro, R., 1996a, p. 5).

En ese contexto, Raúl había reiterado el carácter «revisionista» de la revista Pensamiento Crítico, clausurada un año después de un discurso que él pronunció el 25 de septiembre de 1970 (Castro, R. [1970] 1988, pp. 182–197). Igualmente, y relacionándola de manera implícita (y, en mi opinión, indebida) con esa extinta publicación,[1] realizó severas críticas a la que definió como «amarga experiencia del CEA». Al respecto indicó:

Comenzaremos por exponer la situación de los Centros de Estudio adscriptos al Comité Central del Partido Comunista de Cuba. En 1976 se comenzaron a crear, lo que estaba y está justificado. Pero sin que reaccionáramos a tiempo, dando un paso hoy y otro mañana, en que se entremezclan ingenuidad con pedantería, abandono de principios clasistas con la tentación de viajar y editar artículos y libros al gusto de los que pueden financiarlos, diversos compañeros fueron cayendo en la telaraña urdida por los cubanólogos extranjeros, en verdad servidores de Estados Unidos en su política de fomentar el quintacolumnismo. Así ha ocurrido con el Centro de Estudios sobre América. Por supuesto, debemos distinguir, y lo hacemos en dicho centro y en todas partes, entre el investigador cubano que puede pensar de modo diferente al vigente en torno a cualquier asunto, pero desde posiciones del socialismo, y en los marcos apropiados para ello, de aquel que de hecho se ha vuelto un cubanólogo con ciudadanía cubana y hasta con el carné del Partido, divulgando sus posiciones con la complacencia de nuestros enemigos (Castro, R., 1996a, p. 5, énfasis propio).

Todo lo antes dicho tuvo un estremecedor e inmediato impacto entre todas y todos los trabajadores e investigadores del CEA y en los de otras instituciones académicas y centros de investigación de ciencias sociales. También en algunas organizaciones profesionales y de masas, así como no gubernamentales, que se habían relacionado con esa institución.

Esto lo pudimos constatar en el funeral del Investigador Titular, secretario general del Núcleo del PCC e integrante del Consejo de Dirección Ampliado (CDA) del CEA, Hugo Azcuy; quien, en razón de su destacada participación en las luchas clandestinas contra la dictadura de Fulgencio Batista se había hecho merecedor del reconocimiento como Combatiente de la Revolución cubana. Él había fallecido a fines de la tarde del 28 de marzo a causa de un sorpresivo infarto cardíaco.

En su velatorio — realizado en la Funeraria de Zapata y 2 — acompañaron a sus familiares todos los trabajadores del CEA que en esos momentos estaban en Cuba, al igual que decenas de amigos y colegas cubanos y latinoamericanos que, en uno u otro momento lo habían conocido; incluidos varios de los que antes habían estado vinculados con las labores internas o internacionales que, desde 1980 hasta marzo de 1996, había venido realizando esa institución.

Entre ellos, Manuel Piñeiro Losada; quien había sido uno de los partícipes en la fundación de ese Centro y que durante buena parte de los 18 años que dirigió el Departamento América (DA) del CC del PCC (1974–1992) y durante «su laborioso retiro» había orientado y/o contribuido a definir los objetivos estratégicos de ese centro de estudios e investigación sobre el continente americano.

Este, estatutariamente había estado subordinado a los cinco secretarios de Relaciones Internacionales (SRI) del CC del PCC que se habían sucedido entre 1978 y 1996: Raúl Valdés Vivó, Jesús Montané, Jorge Risquet, Carlos Aldana y José Ramón Balaguer. Este último, entre mediados de 1994 y 1995, había sido provisionalmente sustituido por el miembro del Buró Político y secretario de Organización del CC del PCC, José Ramón Machado Ventura.

Por consiguiente, en uno de los espacios de la funeraria antes mencionada, en la madrugada del 29 de marzo pudimos informarle a Piñeiro los cuestionamientos que tenían los investigadores y los demás trabajadores del CEA — en su mayoría militantes del PCC o de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) — y, en particular, los 11 integrantes de su CDA acerca de la manera injusta en que Raúl había evaluado nuestra multifacética proyección política e ideológica interna e internacional.

Según le reiteramos a Piñeiro, esas interrogantes eran mayores y para nosotros sorpresivas porque en la reunión que, 17 días antes, Balaguer había sostenido con el CDA para informarles la sustitución del autor de este artículo por el entonces miembro del CC del PCC, Darío Machado, en ningún momento había realizado críticas con esas descalificadoras connotaciones a las tareas que, bajo su aprobación y supervisión, se habían realizado entre 1993 y los dos primeros meses de 1996.

Por el contrario, en la comunicación en la que el 2 de marzo de ese año había aprobado con escasos cambios las directivas para el trienio 1996–1998 y el Plan de Trabajo para el primero de esos años, había reiterado, con su siempre respetuoso lenguaje, que, «con la intención de aprovechar al máximo la capacidad científica del CEA» era necesario orientar su «esfuerzo investigativo hacia la problemática regional». Además, nos había sugerido «revisar atentamente todos los diseños de investigación que se proyecten, para que aquellos objetivos que sean de interés y no respondan a esta orientación se trasladen a otras instituciones o centros especializados del país que le pudieran dar respuestas» (Balaguer, 1996).

Ese mismo espíritu había tenido la información que 11 días después les había trasladado a todos los trabajadores del CEA el jefe del Área de América del Departamento de Relaciones Internacionales (DRI) del CC del PCC, José Arbezú Fraga — quien atendía directamente esa institución — cuando fue a presentarles a su nuevo director y, en presencia del mismo, expresó su positiva evaluación de las tareas que esa institución había cumplido en los años precedentes.

De esa manera confusa y no exenta del dolor causado por la muerte de Hugo Azcuy, se inició el que el Núcleo del PCC del CEA posteriormente calificó como «el complejo proceso político» que se desarrolló en esa institución entre el antes referido informe de Raúl Castro y fines de 1996.

La narración sintética del transcurso y resultados de ese sumario aparecerá en el último acápite de este artículo; pero, antes de llegar allí, se referirán de manera condensada y aún incompleta las diversas tareas cumplidas entre 1980 y los primeros meses de 1996 por esa institución de las ciencias sociales cubanas que, según algunos tratadistas de otros países, fue sui generis en comparación con otras de igual carácter que entonces existían en países de América Latina y el Caribe e incluso en los Estados Unidos.[2]

Dicha condición sui generis respondía — entre otras razones que se verán después — a que desde los presupuestos políticos e ideológico-culturales del pensamiento crítico y descolonizado latinoamericano,[3] desde los conceptos teóricos-metodológicos sobre las interrelaciones que deben existir «entre la investigación y la acción»,[4] así como desde sus correspondientes lecturas heterodoxas del marxismo (incluido el que, en 1998, el Teólogo de la Liberación de origen italiano Guilio Girardi denominó «marxismo cubano»), sus investigadores nos propusimos elaborar y difundir en Cuba — al igual que en otros lugares del mundo — nuevos conocimientos sobre la sociedad, así como sobre la política interna y externa de los Estados Unidos.

Por igual, sobre los cambiantes procesos económicos, sociales, políticos y geopolíticos que en esos tres lustros se desarrollaron en diferentes Estados del ahora llamado «sur político del continente americano». Y, desde esas comprensiones, abordar algunos aspectos de la proyección externa y la política interna desplegada por la que la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC) ha denominado «Revolución cubana en el poder».

En particular, las que se implementaron inmediatamente antes y durante el primer lustro del Periodo Especial en tiempo de Paz que se configuró después del derrumbe de los «falsos socialismos europeos» (Rodríguez [1991] 1992) y de la autodestrucción, en agosto de 1991, de la URSS.

A todo lo antes dicho se volverá más adelante; pero antes es necesario precisar que, sobre la base de un acuerdo del Secretariado del CC del PCC, el CEA comenzó a estructurarse en el segundo semestre de 1977 con el propósito expreso de «realizar investigaciones de carácter económico y social sobre América Latina y el Caribe, Estados Unidos y Canadá y, según lo determinen las propias necesidades de su trabajo, sobre el imperialismo, el norteamericano en particular» (CEA, 1977).

Asimismo, de contribuir «mediante su propio desarrollo, a estimular, coordinar y planificar las correspondientes actividades académicas» que entonces se realizaban en Cuba y «utilizando colaboración internacional, […] lograr su conversión paulatina en una institución especializada de alto nivel», que imprimiera «el necesario dinamismo a los estudios científicos sobre el fenómeno imperialista y sobre el continente americano» y ayudara a que se estableciera «ese enfoque en similares estudios de otros organismos» (CEA, 1977).

Su primera actividad pública fue la celebración, entre el 20 y el 22 de noviembre de 1978, de un Seminario Nacional dirigido a conmemorar el 35 Aniversario de la publicación del libro Los fundamentos del socialismo en Cuba y a festejar el 70 Aniversario del nacimiento de su autor: el ex secretario general del Partido Socialista Popular y entonces miembro del BP del CC del PCC y presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), Blas Roca.

La trascendencia política de esa actividad se remarcó porque su inauguración fue realizada por el entonces secretario de Relaciones Internacionales del CC del PCC, Raúl Valdés Vivó (Granma, 1978, p. 1), y sus conclusiones estuvieron a cargo del integrante del BP del CC del PCC y vicepresidente de los CCEMM, Carlos Rafael Rodríguez (Granma, 1978a, p. 5).

Aproximadamente un año después, el CEA auspició y realizó en La Habana su primer seminario internacional. Este estuvo dedicado a analizar las diversas expresiones del imperialismo contemporáneo y, vinculado con ellas, las políticas hacia diferentes regiones del Tercer Mundo emprendidas por la administración estadounidense presidida, entre enero de 1977 y de 1981, por el demócrata James Carter.

Al igual que en otras dimensiones de su política externa, esta había emprendido de manera vacilante algunas acciones orientadas a avanzar en la que, años más tarde, el autor de este artículo denominó «anormalización de las relaciones oficiales de Estados Unidos con Cuba» (Suárez, 2003, pp. 297–336).

En los debates de ese evento participaron destacados científicos sociales de Estados Unidos, de la URSS, así como de América Latina y el Caribe, incluidos el director y los ocho investigadores cubanos que laboraban en el CEA. Asimismo, especialistas de otras instituciones académicas de ese país y funcionarios del CC del PCC. Igualmente, de los Organismos de la Administración Central del Estado (OACE) especializados en el análisis y en el enfrentamiento a las agresivas políticas de Estados Unidos contra Cuba, contra otros países de América Latina y el Caribe, así como de otras regiones del mundo subdesarrollado y dependiente.[5]

Por consiguiente, la realización de la primera de las actividades antes referidas y la fundación, a fines de 1979, del Centro de Investigación de la Economía Mundial (CIEM) puede definirse como «la primera etapa» del CEA; ya que su director fundador, el economista cubano Oscar Pino Santos, asumió la conducción de la primera de esas instituciones y en la última solo permanecieron cuatro investigadores.

En esas condiciones, y siguiendo los procedimientos políticos previamente establecidos en sus Estatutos, a comienzos de 1980, a propuesta de Manuel Piñeiro, el entonces secretario de Relaciones Internacionales del CC del PCC, Jesús Montané, nombró como director del CEA al economista Santiago Díaz Paz. Este permaneció en ese cargo hasta que, a comienzos de 1984, fue designado como embajador de Cuba en Argentina.

En el ínterin se fue completando su pequeña plantilla de investigadores y, de manera convergente, definiendo los temas de investigación que debía emprender esa institución. A causa de su escaso potencial científico, entre estas estuvieron la elaboración de conocimientos vinculados a algunas dimensiones escasamente estudiadas en Cuba y en los demás países latinoamericanos y caribeños sobre la situación interna y la política externa de Estados Unidos,[6] sobre la comunidad cubana radicada en ese país (Valdés y Hernández, 1983, pp. 5–35; Valdés, [1984] 1987, pp. 160–218) y, en contraste, la desventajosa situación económica, social y política de las comunidades negra, chicana, nativa norteamericana, puertorriqueña, caribeña y asiática que cohabitan en Estados Unidos.

Con tal fin el CEA coauspició con la que llamábamos nuestra «hermana mayor» (Casa de las Américas) dos seminarios internacionales en los que participaron cerca de un centenar de especialistas estadounidenses y de reconocidos activistas de esas comunidades. El primero de ellos se realizó en noviembre de 1981 y el segundo a comienzos de diciembre de 1984.

Previamente, ese tema también había estado presente en la Mesa Redonda Internacional «Estados Unidos en los 80», organizada por el CEA entre el 14 y el 16 de marzo de 1983. En esta, entre otros temas, se analizó la agresiva política de la reaccionaria administración estadounidense encabezada por Ronald Reagan (1981–1989) contra las revoluciones granadina y nicaragüense, al igual que contra Cuba.

De manera convergente, esa institución había priorizado el análisis de los fundamentos económicos, políticos, ideológico-culturales endógenos de las políticas de esa potencia imperialista hacia y contra América Latina y el Caribe desplegadas por la antes mencionada administración estadounidense (Valdés, et al, 1982). E, interactuando con estas, los agudos conflictos económicos, sociales, políticos y geopolíticos que se estaban desplegando en Centroamérica y el Caribe en los años posteriores a las victorias de las revoluciones granadina y nicaragüense, en marzo y julio de 1979 respectivamente (Valdés, 1984, pp. 60–77; Carranza, 1984, pp. 205–227; Jaramillo, 1984, pp. 78–106).

Para abordar esos estudios e investigaciones, el CEA se estructuró en tres Departamentos, cuyos correspondientes jefes integraron, junto a Santiago Díaz Paz, sus órganos colectivos de dirección científica y editorial. El primero de estos, bajo la dirección del politólogo Rafael Hernández, se encargó de los estudios e investigaciones sobre América del Norte. El segundo, especializado en Centro América, fue conducido por el sociólogo Juan Valdés Paz. Y, el tercero, dirigido por la también socióloga Ilya Villar.

Este último asumió los estudios sobre el llamado «Caribe insular» (Villar, Dilla y Jaramillo, 1984, pp. 8–59); incluida la enmascarada dominación colonial establecida por Estados Unidos sobre Puerto Rico desde la institucionalización en 1952 del mal llamado Estado Libre Asociado (Villar y Dilla, 1983, pp. 5–35).

Por otra parte,

con el propósito de estimular los escasos estudios sobre el Caribe insular que en aquellos años se realizaban en Cuba, en abril de 1984 el CEA organizó el primer Taller Científico Nacional sobre el Caribe en el que, coauspiciado por el ahora llamado Instituto Superior de Relaciones Internacionales «Raúl Roa García» (ISRI), se analizaron los principales aspectos de la crisis económica, política y social de esa región, así como sus posibles alternativas tras la brutal intervención de Estados Unidos en Granada del 23 de octubre de 1983.

Para recordar ese acontecimiento, un año después, el Departamento del Caribe realizó su primer evento internacional: el Encuentro de Intelectuales Antimperialistas del Caribe «Maurice Bishop in memoriam», coauspiciado por la prestigiosa Casa del Caribe de Santiago de Cuba, entonces dirigida por el destacado antropólogo Joel James.

La relevancia política de ese evento se hizo mayor porque fue inaugurado por el entonces miembro del BP del CC del PCC y ministro de Cultura, Armando Hart Dávalos, así como por la participación en sus deliberaciones del miembro del CC del PCC y entonces presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC): el Poeta Nacional Nicolás Guillén (Cuadernos de Nuestra América [CNA], 1985, pp. 297–307).

Por su parte, entre 1981 y 1984, el Departamento especializado en los estudios sobre Centroamérica creó las condiciones académicas y científicas necesarias para que sus investigadores participaran activamente en la organización y el exitoso desarrollo del Seminario Internacional «Centroamérica: crisis, revolución y contrarrevolución» realizado en México entre el 11 y el 16 de junio de 1984, con el coauspicio de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (CNA, 1984, pp. 304–308).

Dándole continuidad a esas experiencias, todos los investigadores de los tres Departamentos antes mencionados participaron activamente en la organización y el desarrollo de los 23 eventos científicos nacionales e internacionales que organizó o coauspició el CEA entre 1981 y 1990. De estos, 14 versaron sobre diferentes temas vinculados a los procesos económicos, sociales y políticos que en aquellos años se estaban desplegando en América Latina y el Caribe. Y los restantes estuvieron vinculados al análisis de la situación interna y de la política exterior de Estados Unidos.

Entre ellos, considero importante resaltar el Simposio Malcolm X habla en los 90’, coauspiciado por la Casa de las Américas, que se efectuó entre el 22 y el 24 de mayo de 1990. Entre otras razones, porque todos los participantes en ese evento fuimos invitados por el primer secretario del CC del PCC y presidente de los CCEMM, Fidel Castro, a una recepción en el Palacio de la Revolución.

En esta, a solicitud de varios académicos y activistas estadounidenses, realizó una disertación sobre las acciones internacionalistas desplegadas por Cuba en África. En particular, de aquellas que contribuyeron a fines de 1988 a la derrota definitiva de las tropas racistas sudafricanas que habían ocupado parte del territorio de la República Popular de Angola y propiciado la independencia, así como la fundación, en 1989, de la República de Namibia.

Como se verá en los próximos acápites, todo ese quehacer académico y científico se reflejó en la implementación del que, en 1990, el CDA calificó como un «plan editorial, modesto en recursos, pero ambicioso en propósitos» que se había emprendido desde 1980 (CDA, 1990). Asimismo, contribuyó a sentar las bases del salto cualitativo que, entre 1989 y 1995, se produjo en las articulaciones internacionales del CEA con diversas instituciones académicas y científicas, al igual que con diversas Fundaciones y Organizaciones no Gubernamentales (ONG) del continente americano y de algunos países de Europa Occidental (CDA, 1995).

Antes de ampliar lo antes indicado, es necesario precisar que, unas semanas antes de que Santiago Díaz Paz saliera para Buenos Aires, y siguiendo los ya mencionados procedimientos políticos establecidos, fue sustituido por el autor de este escrito; quien dirigió el CEA hasta el 12 de marzo de 1996 y fue suplido por Darío Machado quien, como se verá en el acápite final de este artículo, cohonestó la «liberación» de los más experimentados investigadores que hasta el 26 de abril de 1996 habían integrado su CDA: Aurelio Alonso, Haroldo Dilla, Juan Valdés Paz, Rafael Hernández y Julio Carranza. Este último, desde hacía varios años, había sido nombrado como subdirector de esa institución.

En el espacio destinado a este artículo resulta imposible referir todas las tareas cumplidas por esa institución en su «segunda etapa», para diferenciarla de la que se desarrolló entre abril de 1996 y la desactivación del CEA, al igual que de los demás centros de investigación adscritos a la Secretaría de Relaciones Internacional CC del PCC a fines del 2010.[7] En las semanas posteriores se fundó el Centro de Investigaciones de la Política Internacional (CIPI), subordinado al Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX).

Sin embargo, puede afirmarse que esos tres quinquenios entre 1980 y comienzos de 1996 el CEA fue transformándose paulatinamente en una institución de alto nivel académico y científico que contribuyó a dinamizar, así como a coordinar los estudios e investigaciones sobre Estados Unidos y sobre el ahora llamado «sur político del continente americano» que, hasta comienzos de la década de 1980, se habían venido desarrollando en diferentes instituciones subordinadas a la Universidad de La Habana (UH): el Departamento de Historia, el Centro de Investigaciones de la Economía Internacional (CIEI) y el inicialmente denominado Departamento de Investigaciones sobre Estados Unidos (DISEU). Asimismo, en el ahora denominado Instituto Superior de Relaciones Internacionales «Raúl Roa García» (ISRI), adscrito al MINREX.

También puede aseverarse que,

a diferencia de la mayor parte de las otras instituciones similares entonces existentes en el continente americano, el CEA contribuyó a elaborar y/o a difundir en algunos sectores de la sociedad civil y política cubana, así como en diversas instituciones académicas del norte y el sur del continente americano, de la URSS, de la República Democrática Alemana (RDA) y de algunos países de Europa Occidental nuevos conocimientos sobre la situación interna y las políticas emprendidas por Estados Unidos contra América Latina y el Caribe.

Igualmente, sobre los complejos procesos económicos, sociales, políticos y geopolíticos que en aquellos años se desarrollaban en algunos de sus Estados y en ciertos territorios del Caribe insular y continental sometidos a diferentes formas de dominación colonial o neocolonial por Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Holanda.

En ese contexto, algunos de los investigadores del CEA abordaron el estudio de las conflictivas relaciones de Estados Unidos con Cuba y/o los multifacéticos vínculos con los gobiernos y con otras fuerzas políticas y sociales de esa región desplegados por el liderazgo político-estatal de nuestro país, encabezado por Fidel Castro (Suárez, 1986, pp. 137–180; Valdés, 1992, pp. 96–110). También ciertas dimensiones económicas, sociales y políticas internas de la transición socialista cubana que no habían sido suficientemente abordadas por otras instituciones académicas y científicas del país.

Tal fue el caso del proyecto de investigación Participación y Desarrollo en los Municipios Cubanos, emprendido desde 1989 por Haroldo Dilla y por otros tres investigadores del CEA; incluido, en una de sus etapas, Aurelio Alonso; quien, desde su incorporación al CEA en los primeros meses de ese año, cumplió importantes tareas.

Entre otras que se verán después, la ocupación provisional de una de las dos subdirecciones funcionales de esa institución y las acciones dirigidas a lograr que la Asociación de Estudios del Caribe (CSA, por sus siglas en inglés) aprobara que Cuba fuera la sede de la conferencia prevista para 1991.

Asimismo, logró concretar el apoyo financiero a algunos proyectos del CEA por parte de la ONG francesa Comité Católico contra el Hambre-Tierra Solidaria (CCFD) y, de manera simultánea, emprendió un proyecto de investigación sobre la convulsa situación económica, social y política existente en Haití en los años inmediatamente posteriores al derrocamiento de la dictadura de Jean-Claude Duvaliers (1971–1986), así como previos a la victoria electoral, en 1991, del candidato de las fuerzas populares Jean-Bertrand Aristide (Alonso, 1992, pp. 158–176).

Cabe indicar que la antes mencionada investigación sobre los Municipios cubanos formó parte de un proyecto financiado por IRDC de Canadá y por la Coordinadora Regional de Investigaciones Económica y Sociales de Centro América y el Caribe (CRIES), así como que esa indagación tuvo como último propósito realizar una comparación entre las fecundas experiencias democrático-participativas de la Revolución cubana (y, en especial, de los Órganos Locales del Poder Popular) con los limitados y antidemocráticos ordenamientos políticos de la mayor parte de los demás Estados de la Cuenca del Caribe (Dilla, 1993).

Cada vez que se organizaban actividades científicas o eventos nacionales e internacionales dirigidos a analizar esas y otras dimensiones de la realidad cubana y/o de su proyección externa, sistemáticamente se solicitaban las contribuciones de los investigadores de las instituciones académicas y científicas de nuestro país especializadas en los asuntos que se debatieran, al igual que de los funcionarios de las instituciones políticas y estatales vinculadas a los objetivos específicos de cada uno de esos eventos.

En el cumplimiento simultáneo y convergente de todas las tareas antes mencionadas, al igual que en las articulaciones mutuamente enriquecedoras con diversas instituciones académicas y científicas canadienses, estadounidenses, latinoamericanas y caribeñas que se verán en el próximo acápite, tuvo una gran influencia el sistemático incremento de la cantidad, la profesionalidad y la transdisciplinariedad de la plantilla de investigadores del CEA. Igualmente, la estructuración de un selecto grupo de colaboradores cubanos y de otros países latinoamericanos entonces residentes en Cuba.

Entre estos últimos, Isabel Jaramillo (especializada en temas vinculados a la «seguridad interamericana») y los destacados sociólogos Tomás Vasconi e Inés Reca. Estos últimos, antes de su regreso a Chile en 1991, contribuyeron a la formación teórico-metodológica de los investigadores que, entre 1986 y 1990, se habían incorporado al CEA provenientes de otras instituciones académicas o científicas cubanas o inmediatamente después de concluir sus correspondientes estudios universitarios. Esto último, posibilitó la incorporación de algunos investigadores jóvenes que, en la mayor parte de los casos, permanecieron en esa institución durante su «segunda etapa».[8]

Todos ellos también habían venido ampliando sus conocimientos sobre las regiones o países objeto de sus correspondientes investigaciones, gracias a la práctica establecida desde 1980 de invitar a ofrecer conferencias o conversatorios en los locales del CEA a destacados científicos sociales del continente americano, así como a dirigentes políticos de diversos países latinoamericanos y caribeños que visitaran Cuba, ya fueran invitados por otras instituciones académicas cubanas, por la Casa de las Américas o por el Departamento América del CC del PCC.

Entre otros muchos conferencistas cuya nómina es imposible mencionar, deben destacarse el prestigioso historiador argentino Gregorio Selser, autor de la cronología más completa de las intervenciones de Estados Unidos contra América Latina desde 1776 hasta 1990 que se haya publicado hasta la actualidad (Selser, 2010). También algunos de los artífices de la Teoría de la Dependencia y de la Teología de la Liberación; cuales fueron los casos de Ruy Mauro Marini, Theotonio dos Santos, François Houtart, Leonardo Boff y Frei Betto (Betto, 1985).

De manera simultánea se implementó un exigente plan de superación individual y departamental. Asimismo, se decidió que todos los proyectos y los resultados de sus estudios e investigaciones, luego de ser analizados en sus correspondientes Departamentos, fueran sometidos al análisis colectivo de todos los investigadores de la institución. Para sistematizar esa práctica, a partir de los primeros años de la década de 1990, se organizaron anualmente Jornadas Científicas Internas (JCI).

Estas propiciaron el intercambio de saberes entre todos los investigadores del CEA y la creación de una cultura y un ambiente de debates de puntos de vistas teórico-metodológicos diferentes que se siguieran reflejando en el incremento de la calidad e interdisciplinariedad de los resultados de las investigaciones sobre Estados Unidos, América Latina y el Caribe, así como sobre algunas dimensiones de la compleja situación económica, social y política existente en Cuba durante los primeros años del Periodo Especial en tiempo de Paz.

Las Jornadas Científicas Internas eran convocadas por el Consejo Científico, cuyos integrantes, sobre las bases de las normativas existentes en nuestro país, eran electos por todos los trabajadores del CEA directamente vinculados a la investigación.

A fines de 1995, estos eran 26 investigadores, incluidos los colaboradores latinoamericanos que habían permanecido en Cuba en los años posteriores a la llamada «redemocratización de América Latina». Estos eran asistidos por los especialistas de la Sección de Información Científico-Técnica del CEA (SIC-CEA), fundada en 1989.

Después de varias estructuras funcionales orientadas a emprender algunos estudios e investigaciones sobre Suramérica, al igual que otros temas de carácter continental que no se habían podido abordar en los años previos, estos habían quedado organizados en dos Departamentos: uno especializado en el estudio de Estados Unidos y de las relaciones interamericanas y el otro en América Latina y el Caribe.

El primero de ellos continuó bajo la dirección de Rafael Hernández y, a partir del segundo semestre de 1994, asumió la dirección del segundo Haroldo Dilla; quien, previamente, había sustituido a Ilya Villar en la coordinación de los estudios e investigaciones sobre el Caribe insular y, como ya se dijo, coordinado la investigación sobre la participación política de la población en algunos municipios cubanos.

Cabe recordar que, antes de esas definiciones, casi todos los investigadores adscritos a ambos Departamentos habían realizado estancias de investigación en diferentes países del continente americano (en especial, en Estados Unidos y en México), así como participado de manera individual o acompañados por investigadores y especialistas de otras instituciones cubanas, en algunos de los más de 300 eventos internacionales realizados en diversos países del continente americano y, en menor medida, en la URSS.

En este último caso, los organizados por el Instituto de Estudios de Estados Unidos y Canadá, así como por el Instituto de América Latina; ambos adscritos a la Academia de Ciencias de ese, ahora extinto, Estado multinacional.

Por otra parte, la mayoría de los investigadores del CEA también habían participado en los congresos de la Asociación de Estudios Latinoamericanos de Estados Unidos (LASA, por sus siglas en inglés) y/o de las Asociaciones Centroamericana y Latinoamericana de Sociología (ACAS y ALAS, respectivamente), así como de la Asociación de Estudios del Caribe (CSA, por sus siglas en inglés), al igual que en las labores del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), de la Red de Estudios de las Relaciones Internacionales de América Latina (RIAL), fundada en Chile a fines de la década de 1980, y de la CRIES.

Esta última, con la participación de varios investigadores del CEA, se había fundado en Nicaragua en 1982, bajo la conducción del prestigioso sacerdote jesuita Javier Gorostiaga; quien, más de una vez, ofreció conferencias o conversatorios en el CEA. Lo mismo hicieron otros investigadores adscritos a CRIES, cual fue el caso del economista argentino Carlos Vila, autor de un documentado libro sobre la Revolución Nicaragüense (Vila, 1984) que se había hecho merecedor del Premio de Ensayo histórico-social otorgado por Casa de las Américas.

A través de esa coordinadora, el CEA estableció relaciones con las redes Policy Alternative on Central American and Caribean (PACA) de Estados Unidos, con la Asociación Europea de Investigaciones sobre Centroamérica y el Caribe (ASERCA) y con la Canadian Alternative Policy on America (CAPA).

A las interrelaciones con CAPA y otras instituciones y fundaciones de Canadá había contribuido la coordinación por parte del CEA de la representación cubana que, luego de ser aprobada por Fidel Castro, participó en la Conferencia Internacional XXX Aniversario de la Revolución Cubana efectuada en Halifax, Nueva Escocia, Canadá, entre el 1 y el 4 de noviembre de 1989.

Esta había sido auspiciada por la Asociación Canadiense de Estudios Latinoamericanos y Caribeños (CALAS, por sus siglas en inglés) y en ella habían participado un destacado grupo de académicos de Estados Unidos, Canadá, América Latina (incluyendo Cuba), de algunos países de Europa Occidental y Oriental, así como varios cubano-estadounidenses radicados en Estados Unidos.

Esto convirtió a ese evento en el más importante foro internacional sobre la historia y las realidades de Cuba organizado fuera de sus fronteras nacionales en medio del inicio del derrumbe de los «falsos socialismos europeos». Por consiguiente, se debatieron desde diferentes perspectivas académicas y posiciones políticas — incluidas las de algunos prominentes adversarios de la Revolución cubana — ciertos aspectos de su historia; pero, sobre todo, los desafíos — debilidades internas y amenazas externas — que esta tendría que enfrentar en la última década del siglo XX.

Sin embargo,

gracias a las exposiciones de los investigadores de diferentes instituciones cubanas — incluidos los del CEA — y de algunos altos funcionarios estatales de Cuba — cual fue el caso del experimentado diplomático, Ricardo Alarcón de Quesada — prevaleció el criterio — confirmado por la práctica en los años posteriores — de que, tal como había adelantado Fidel Castro en el discurso pronunciado el 26 de julio de 1989 (Castro, F. [1989] 2008, p. 474), la transición socialista cubana tenía suficientes fortalezas endógenas y oportunidades exógenas para resistir las nuevas embestidas emprendidas por la entonces recién estrenada administración estadounidense, presidida por George H. Bush (1989–1993). Igualmente, para lograr su reinserción independiente y soberana en «la globalización» y en el que, poco después, comenzó a denominarse «mundo unipolar», presuntamente surgido después de la desintegración de la URSS.

En ese contexto, es imprescindible recordar que, a pesar de las grandes dificultades económicas que desde los últimos años de la década de 1980 comenzaron a producirse en Cuba a causa del acentuado deterioro de sus interrelaciones económicas y políticas con la URSS (Castro, F. [1991] 1992, pp. 11–71), el CEA pudo mantener sus diversas tareas de investigación y editoriales, al igual que sus ensanchadas articulaciones internas e internacionales gracias a los recursos aportados por el CC del PCC y al financiamiento directo o indirecto recibido de diversas fundaciones de Estados Unidos, Canadá, Alemania, así como de algunas ONG de Francia, Italia y España solidarias con la Revolución cubana.

Las posibilidades de solicitar, recibir y gestionar esos recursos se crearon después que, sobre la base de la Ley de Asociaciones de la República de Cuba promulgada en 1985 y luego de conocer los criterios del Secretariado del CC del PCC y de la Presidencia de la Academia de Ciencias de Cuba (ACC), en 1988 el Ministerio de Justicia le confirió al CEA, así como a otros Centros adscritos a la Secretaría de Relaciones Internacionales del CC del PCC, el estatus de Asociaciones Científicas de carácter no gubernamental.

En el caso del CEA, la recepción de esos recursos externos y la comercialización en moneda nacional y en divisas libremente convertibles de sus publicaciones contribuyó a incrementar el autofinanciamiento de todas sus actividades, cumpliendo lo que se nos había demandado en esos años por el Departamento de Administración del CC del PCC. Igualmente, a seguir auspiciando o coauspiciando en Cuba o en otros países del continente americano nuevos eventos científicos nacionales e internacionales.

Entre ellos, y luego de recibir la aprobación de Fidel Castro, la organización sucesiva en la segunda quincena de mayo de 1991 y por primera vez en Cuba, del XVI Congreso de la CSA, de la Cuarta Asamblea General de CRIES y del XXVIII Congreso de ALAS (Suárez, 2019, pp. 311–336).

La relevancia cultural, académica, científica y política que tuvieron esos eventos — en los que predominaron las posiciones de los científicos sociales propugnadores del pensamiento crítico y descolonizado latinoamericano y caribeño, incluido el de factura cubana — fueron resaltadas en las palabras inaugurales que pronunció, en el primero de ellos, el miembro del Buró Político del CC del PCC y ministro de Cultura, Armando Hart Dávalos. Y, en el último, la conferencia magistral que ofreció Carlos Rafael Rodríguez en la apertura de ese congreso (Rodríguez, [1991] 1992). Este fue clausurado por la entonces presidenta de la Academia de Ciencias de Cuba, la doctora Rosa Elena Simeón (Simeón, [1991]1992, pp. 351–355).

Todo lo antes dicho, al igual que la sistemática difusión interna y externa de los resultados del trabajo de sus investigadores, contribuyó a incrementar el prestigio del CEA en los medios académicos de Estados Unidos, Canadá, de diversos países de América Latina y el Caribe (incluido nuestro país), al igual que de Europa Occidental.

A tal grado que, según un inventario realizado a fines de 1995, el CEA mantenía diferentes formas de intercambio con 286 instituciones académicas y científicas de varios países del mundo, así como con un número apreciable de las instituciones de ciencias sociales cubanas.

A lo antes dicho también había contribuido la decisión que, en la segunda mitad de la década de 1980, habían adoptado las autoridades políticas y estatales cubanas competentes — en particular Carlos Rafael Rodríguez — acerca de que el CEA se encargara de coordinar la representación cubana a los congresos de LASA; lo que, gracias a las capacidades organizativas de Rafael Hernández, propició el funcionamiento sistemático de 10 Grupos de Trabajo LASA-Cuba en los que participaron especialistas de diversas instituciones cubanas, estadounidenses, latinoamericanas y caribeñas.

Como aporte a tales intercambios, Rafael continuó publicando el resultado de sus estudios e investigaciones sobre el desarrollo de las conflictivas interrelaciones oficiales de Estados Unidos con Cuba. Entre sus diversos artículos y ensayos merecen destacarse «La lógica de la frontera en las relaciones EE.UU.-Cuba» (Hernández, 1987, pp. 6–54); «El ruido y las nueces: ¿hacia un ciclo de baja intensidad en la política cubana de los Estados Unidos?» (Hernández, 1988, pp. 66–92); «Sobre las relaciones con la comunidad cubana en los Estados Unidos» (Hernández, 1991, pp. 149–160); «Aprendiendo de la guerra fría: la política de Estados Unidos hacia Cuba y Vietnam» (Hernández, 1993, pp. 99–113) y «Cuba y los cubano-americanos: el impacto del conflicto EE.UU.-Cuba en sus relaciones presentes y futuras» (Hernández, 1995, pp. 4–23).

De manera convergente, como parte de su pertenencia y de sus compromisos con CLACSO, así como sobre la base de su adscripción a los ya referidos métodos de investigación-acción, el CEA comenzó a articularse con las redes de ONG latinoamericanas y, en menor medida, caribeñas anglófonas que participaron en las labores preparatorias y en los eventos de las ONG que se desarrollaron en la Conferencia Mundial de Derechos Humanos (realizada en Viena, en junio de 1993) y en la Cumbre sobre el Desarrollo Social (efectuada en Copenhague en 1995). En esa ocasión, la labor desplegada por las diversas ONG cubanas participantes en la misma fue reconocida en el encuentro que sostuvimos con Fidel Castro en uno de los salones del hotel donde estaba alojado.

Por otra parte, una de las investigadoras del CEA (Tania García Lorenzo), a solicitud de la Dirección Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), fue incorporada a la delegación oficial que, encabezada por la integrante del Buró Político del CC del PCC y presidenta de esa organización de masas, Vilma Espín, participó en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en Beijing en septiembre de 1995.

Con esos y otros avales, la dirección del CEA se había implicado exitosamente en las gestiones emprendidas por otras Asociaciones Científicas u ONG cubanas con vistas a que, en mayo de 1996, se le confiriera un status consultivo en el Consejo Económico y Social de la ONU (ECOSOC); lo que, de ocurrir, le habría permitido que los resultados de sus estudios e investigaciones se conocieran y a la vez se enriquecieran con las cosmovisiones de sus colegas de otras regiones del Tercer Mundo con los que no habíamos logrado establecer interrelaciones sistemáticas.

Mucho antes de que todo eso ocurriera, su proyecto editorial — conducido durante casi diez años por el entonces joven editor, Alfredo Prieto; quien después se incorporó como investigador al Departamento de Estudios sobre Estados Unidos (Prieto, 2020) — había editado o coeditado con editoriales cubanas o extranjeras más de tres decenas de libros, cuyos títulos y contenidos resulta imposible mencionar en el espacio de este artículo.

En sus inicios, su luego llamada Sección Editorial (SE) había comenzado a socializar en formatos rústicos los primeros resultados del trabajo de su colectivo de investigadores. Asimismo, a difundir los escritos de otros estudiosos cubanos o extranjeros de los diversos problemas que afectaban al norte y al sur del continente americano, al igual que a las relaciones interamericanas, incluidas las agresivas políticas de Estados Unidos contra Cuba.

También

a publicar algunos documentos imprescindibles — cual fue el caso del Informe de Santa Fe I — para comprender los fundamentos endógenos de la proyección internacional y hemisférica de la «nueva derecha» estadounidense que se había estructurado previa o posteriormente a la victoria de Ronald Reagan en las elecciones presidenciales de noviembre de 1981.

Con todos esos fines se habían publicado 62 títulos de las series Avances de Investigación, Cuadernos Económicos Trimestrales y Documentos y Lecturas (CDA, 1990). También se habían preparado y enviado a la imprenta los dos primeros números de su revista semestral Cuadernos de Nuestra América.

El primero de esos números, identificado con el Vol. I, №0, correspondiente al segundo semestre de 1983, fue presentado públicamente el 30 de agosto de 1984 en una concurrida actividad a la que asistieron los representantes de diversas instituciones académicas, sociales y políticas cubanas, al igual que los participantes cubanos y extranjeros en el Seminario Internacional Elecciones en Estados Unidos y política hacia América Latina, efectuado entre el 31 de agosto y el 3 septiembre de ese mismo año (CNA, 1984a, pp. 344–350).

Desde esa fecha hasta el segundo semestre de 1995 se editaron y publicaron 24 números de Cuadernos Nuestra América; incluido un número especial totalmente dedicado a reflexionar sobre los significados del 30 aniversario del triunfo de la Revolución cubana (CNA, 1990).

Además de otros trabajos de investigadores cubanos y latinoamericanos, en todos esos volúmenes se incluyeron 92 artículos escritos por los investigadores del CEA (Suárez, 1996); algunos de los cuales tuvieron como objetivo central reflexionar sobre ciertas dimensiones del llamado «proceso de rectificación de errores y tendencias negativas» que se había iniciado en Cuba en 1986 (Martínez, 1987, pp. 76–115). Asimismo, sobre los desafíos que estaban afectando a la sociedad y a la economía cubana en el primer lustro de la década de 1990.

Por orden de aparición, y tomando en cuenta los objetivos de este escrito, creo importante resaltar los ensayos de Fernando Martínez Heredia «El socialismo cubano: perspectivas y desafíos» (1990, pp. 27–52) y el de Pedro Monreal (1991, pp. 36–68) «Cuba y la nueva economía mundial: el reto de la inserción en América Latina y el Caribe». Asimismo, el de Juan Valdés Paz (1992, pp. 96–110) «La política exterior de Cuba hacia América Latina y el Caribe en los años 90: el nuevo escenario internacional» y el de Aurelio Alonso (1992a, pp. 159–174) «La economía cubana: los desafíos de un ajuste sin desocialización».

Igualmente, el de Julio Carranza (1992, pp. 131–158) «Cuba: los retos de la economía» y del propio autor «Los cambios económicos en Cuba: problemas y desafíos» (Carranza, 1994. pp. 26–40). También el artículo de Fernando Martínez (1993, pp. 46–64) «Desconexión, reinserción y socialismo en Cuba» y el de Pedro Monreal y Manuel Rúa (1994, pp. 159–181) «Apertura y reforma de la economía cubana: las transformaciones institucionales (1990–1993)».

Por su parte, Hugo Azcuy había publicado tres ensayos sobre las implicaciones de los cambios que se habían emprendido desde 1992 en el sistema jurídico-político y en su subsistema electoral en los años inmediatamente posteriores a la Reforma de la Constitución cubana de 1976, que había sido aprobada por la ANPP efectuada entre el 10 y el 12 de julio de 1992 (Azcuy, 1993, pp. 4–20; Azcuy, 1994, pp. 41–52; y Azcuy, 1995, pp. 145–155). Previamente, el autor de este escrito había publicado su ensayo «Crisis, reestructuración y democracia en Cuba» (Suárez, 1993, pp. 65–82).

En adición, los investigadores más reconocidos del CEA continuaron difundiendo sus escritos en libros compilados por otros autores y en diversas publicaciones académicas o en revistas periódicas fundadas por algunos movimientos o partidos políticos de la heterogénea izquierda social, política e intelectual latinoamericana y caribeña.

Entre ellas, la revista América Libre, publicada con el auspicio del Partido Comunista Argentino (PCA) y dirigida, desde su fundación, a fines de la segunda mitad de la década de 1980, por Frei Betto. De inmediato, y luego de conocer los criterios de la dirección del CEA y de la ya denominada Área de América del Departamento de Relaciones Internacionales del CC del PCC, Fernando Martínez Heredia se incorporó al Consejo de Redacción de esa publicación.

Como ya se indicó, Betto, al igual que otros intelectuales de diferentes denominaciones religiosas, previa o posteriormente habían sido invitados a ofrecer conferencias en el CEA y, en los años posteriores, a impartir algunos cursos sobre la Sociología de la Religión, cual fue el caso de François Houtart (1992). En estas y estos habían participado especialistas en esos temas o activistas de ONG cubanas. Entre ellas, el Centro Martin Luther King Jr., fundado por el prestigioso reverendo protestante cubano Raúl Suárez.

En la organización y el desarrollo de esas actividades desempeñó un destacado papel Fernando Martínez Heredia; quien, un año después de incorporarse a la planta de investigadores y a los órganos colectivos de dirección del CEA, en 1986 había publicado un documentado ensayo sobre los aportes que, en los años previos, habían realizado o que en aquel momento estaban realizando los cristianos, sacerdotes o laicos, a las multiformes luchas populares, democráticas y antimperialistas que se estaban desarrollando en diversos países de América Latina y el Caribe (Martínez, 1986, pp. 51–98).

Sobre la base de esos conceptos, así como en coordinación con el Área de América del Departamento de Relaciones Internacionales del CC del PCC, en enero y junio de 1989 el CEA auspició o coauspició el Encuentro entre teólogos y dirigentes políticos latinoamericanos y el III Encuentro sobre compromiso cristiano y actuación política, respectivamente.

A lo antes dicho, hay que agregar el importante papel que desempeñó Aurelio Alonso en las vinculaciones del CEA con sectores de la Iglesia Católica cubana. En particular con Monseñor Carlos Manuel de Céspedes; quien durante muchos años fue el secretario ejecutivo de la Conferencia Episcopal cubana. Igualmente, con algunos intelectuales católicos de ese país; entre ellos, los ya fallecidos Raúl Gómez Treto y Enrique López Oliva.

Sobre la base de los conocimientos adquiridos en esas relaciones y de sus propias investigaciones, Aurelio publicó dos sugerentes artículos titulados «Fe católica y revolución en Cuba: contradicciones y entendimiento» (Alonso, 1990: pp. 122–136) e «Iglesia Católica y política en Cuba en los noventa» (Alonso, 1994: pp. 53–72). Tres años después, esos y otros artículos sobre el tema fueron incluidos en su libro Iglesia y política en Cuba revolucionaria; el cual fue prologado por Frei Betto (Alonso, 1997).

Todas esas acciones tuvieron una positiva acogida entre los cristianos cubanos, tanto protestantes, como católicos, que, a pesar del «ateísmo científico» entonces predominante en la mayor parte de las organizaciones políticas de nuestro país — el PCC y, en menor medida, en la UJC — ,[9] al igual que en sus instituciones educacionales (en especial, las universitarias), estaban identificados con los objetivos económicos, sociales y políticos de la Revolución cubana, al igual que con su proyección solidaria e internacionalista.

Y, dentro de ellos, los teólogos protestantes que, en las condiciones de Cuba, estaban elaborando la Teología de la Revolución; cual fue el caso del entonces rector del Seminario Evangélico Teológico de Matanzas, Sergio Arce, con quien manteníamos vínculos a través del Consejo de Iglesias de Cuba (Arce, 2015: 337–339).

Previamente, Fernando Martínez también se había implicado (junto a uno de los jefes de Sección del Área de América del Departamento de Relaciones Internacionales del CC del PCC, Germán Sánchez Otero, y al autor de este artículo) en la dinámica del seminario mensual que, entre julio de 1987 y noviembre de 1988, impulsó el CEA con el propósito de estudiar y difundir en Cuba y en otros países del continente americano las vigencias del multifacético, creador y antidogmático legado del comandante Ernesto Che Guevara; tanto con relación a la construcción simultánea del socialismo y el comunismo en Cuba, como a las multiformes luchas antidictatoriales, por la liberación nacional y social que, antes o después de su asesinato en Bolivia (9 de octubre de 1967), se habían desplegado y se estaban desplegando en diversos países africanos y latinoamericanos.

Como fruto de las enriquecedoras discusiones que sistemáticamente se realizaron entre la mayoría de los 24 autores cubanos y argentinos que participaron en ese seminario o en otros eventos internacionales realizados en 1988 en Argentina, Cuba y Nicaragua, un año después, el CEA coeditó con la Editorial José Martí los dos tomos del libro Pensar al Che.

Este fue considerado por el autor de su Prefacio, Armando Hart Dávalos (Hart, 1989: pp. 14–25), por sus editores y por su coordinador, al igual que coautor como el «primero en su tipo sobre la obra del Che» que, hasta entonces, se había publicado «en Cuba y en el mundo» (Suárez, 1989: pp. 9–13 y 1989a: pp. 135–192).

Cabe resaltar que tres años antes, la Casa de las Américas y el CEA habían decidido convocar un Premio Especial Extraordinario dedicado a conmemorar el vigésimo aniversario de la desaparición física del Che.

Las dos obras premiadas fueron dadas a conocer en febrero de 1987. Y, en el acto realizado el 10 de abril en Casa de las Américas, sus autores (Belarmino Elgueta, Pedro Vuskovic y Carlos Tablada) anunciaron su decisión de donar el monto dinerario de sus correspondientes premios a las organizaciones chilenas que estaban combatiendo contra la criminal dictadura fascista chilena, encabezada por Augusto Pinochet y al Frente Farabundo Martí para la Liberal Nacional de El Salvador (FMLN) (CNA, 1987, pp. 301–310).

En ese contexto, es conveniente recordar que la antes mencionada actividad de presentación del número 0 de Cuadernos de Nuestra América había sido presidida por Armando Hart, así como por los miembros del CC del PCC Nicolás Guillén, Felipe Carneado y Manuel Piñeiro.

Este último, luego de vindicar el legado del Che y de acentuar el tiempo que siempre le había dedicado Fidel Castro a comprender y a tratar de transformar la realidad latinoamericana y caribeña, al igual que a lidiar con las agresivas políticas estadounidenses contra esa región, expresó sus calificados y antidogmáticos criterios con relación a los objetivos estratégicos que, en los próximos años, debía cumplir el CEA, en conjunción con las otras instituciones académicas y científicas cubanas que ya estaban desarrollando o que en el futuro emprendieran estudios e investigaciones sobre el continente americano (Piñeiro, 1984, pp. 347–350). Y, así seguramente asesorado por Germán Sánchez, agregó:

El compañero Fidel reafirmó hace pocos días, en su discurso sobre el aniversario del ataque al Cuartel Moncada, que «a las instituciones (de investigación) y a su desarrollo hay que prestarles toda la atención necesaria», ya que, según sus palabras, son decisivas para el propio desarrollo de nuestro país. El Partido confiere un importante lugar a la investigación científica, que se diferencia del análisis coyuntural, la evaluación de decisiones o la propaganda. Cada actividad tiene su especificidad e incluso su propia esfera de realización. Las ciencias sociales tienen sus propios requerimientos y no podemos esperar que las investigaciones económicas, sociológicas, ni aún políticas respondan inmediatamente a la diaria necesidad de emitir criterios y tomar decisiones sobre la coyuntura del momento. No le queremos, ni podemos, pedirle peras al olmo. Pero en su función rectora el Partido demanda que las ciencias sociales aporten ese análisis objetivo, ese diagnóstico consciente — políticamente hablando — de utilidad para la elaboración, la proyección y la ejecución de nuestra política y para la orientación de nuestro pueblo (Piñeiro, 1984, p. 349, énfasis propio).

Como se reconoció en la actividad que se organizó el 22 de diciembre de 1993 para celebrar el XV aniversario de la fundación del CEA y el X Aniversario de Cuadernos de Nuestra América, esas indicaciones habían guiado todas las labores que hasta esa fecha había desarrollado esa institución, incluidas las vinculadas al estudio de algunas dimensiones de la realidad de nuestro país (Suárez, 1993a).

Aunque él no habló en esa ocasión, en nuestra comprensión, esos conceptos de Piñeiro habían sido refrendados por José Ramón Balaguer (Granma, 1993, p. 1); quien había presidido esa festividad, en la que participaron buena parte de sus fundadores, al igual que el ex secretario de Relaciones Internacionales del CC del PCC, Jorge Risquet; quien — junto a Piñeiro — habían aprobado y supervisado todas las actividades realizadas por el CEA en la segunda mitad de la década de 1980 y adoptado decisiones dirigidas a potenciar el trabajo de esa institución.

Por tanto,

los criterios de Piñeiro sobre el papel de las ciencias sociales y los conceptos de Fidel que él había mencionado en su antes referido discurso guiaron los objetivos y los planes de trabajo que desarrolló el CEA entre 1985 y 1995; y, en particular, los aprobados por Balaguer en los tres últimos años de ese decenio, con excepción del correspondiente a 1995 que, por las razones ya indicadas, había sido refrendado por el miembro del Buró Político del CC del PCC Machado Ventura.

Esos planes estuvieron dirigidos a darle continuidad a los estudios e investigaciones interdisciplinarias que, entre 1991 y 1992, se habían venido desarrollando con el propósito de tratar de esclarecer el impacto que habían tenido en las relaciones interamericanas (incluidas las relaciones de Estados Unidos con Cuba) los abruptos cambios mundiales ocurridos después del «fin de la guerra fría».

También, a tratar de dilucidar las complejas y multifacéticas mutaciones producidas en los Estados y gobiernos de América Latina y el Caribe después de la «crisis de la deuda externa», de su aceptación de las llamadas «reformas neoliberales» impulsadas por las instituciones financieras internacionales controladas por los Estados Unidos — el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial — y de la contigua institucionalización, en 1991, de las Cumbres Iberoamericanas.

A lo antes dicho se agregó el análisis del impacto que había tenido la derrota político-electoral a comienzos de 1991 de la Revolución Sandinista en la llamada «nueva izquierda social, política e intelectual» que, desde un año antes, había comenzado a congregarse en el denominado Foro de Sâo Paulo.

Como se ha documentado, este había sido fundado mediante un acuerdo entre Fidel Castro y el máximo dirigente del Partido de los Trabajadores de Brasil, Luis Inácio Lula Da Silva (Regalado, 2008). Sus tres primeros encuentros anuales se realizaron en Brasil, México y Nicaragua, y el cuarto se efectuó en La Habana entre el 21 y el 24 de julio de 1993.

En consecuencia, buena parte de los investigadores del CEA contribuyeron a la elaboración y difusión de las posiciones asumidas por la representación del PCC que participó en ese encuentro del Foro de Sâo Paulo, al igual que en las deliberaciones de las organizaciones sociales y de masas cubanas que participaron en el Cuarto Encuentro de Movimientos Sociales por la solidaridad antimperialista de América Latina y del Caribe, efectuado en La Habana a fines de enero de 1994.

En esa ocasión, el autor de este artículo coordinó un Taller con los directivos o representantes de otras publicaciones periódicas de «la izquierda política, social e intelectual» latinoamericana y caribeña que asistieron a ese evento.

Previamente, varios investigadores del CEA comenzaron a estudiar las implicaciones que tendría en las relaciones interamericanas la realización en Miami, entre el 9 y el 11 de diciembre de 1994, de la Primera Cumbre de las Américas, convocada por el entonces presidente estadounidense William Clinton. El resultado de esas investigaciones se sintetizó en un Informe Especial titulado La Cumbre de las Américas: apuntes para una redefinición de la posición cubana que se hizo llegar a las máximas autoridades político-estatales de nuestro país en mayo de ese año (CEA, 1994).

Según nos informó su entonces secretario personal, Felipe Pérez Roque, algunas de las recomendaciones incluidas en ese informe fueron incorporadas al breve discurso que pronunció Fidel Castro en la sesión inaugural de la IV Cumbre Iberoamericana realizada en Cartagena de Indias, Colombia (Castro, F. [1994] 1995, pp. 108–111).

Esas y otras recomendaciones elaboradas por la investigadora del CEA, Tania García Lorenzo (1994, pp. 83–95), también sirvieron como insumos para la preparación de la representación cubana que asistió a la reunión de los jefes de Estado y/o representantes de los 25 países de la Gran Cuenca del Caribe que, en julio del mismo año, firmaron el Convenio Constitutivo de la Asociación de Estados del Caribe (AEC).

También,

a los análisis críticos que se realizaron en Cuba y en otros países de América Latina y del Caribe sobre las implicaciones negativas que tuvo la institucionalización de las Cumbres de las Américas en el ulterior desenvolvimiento de las relaciones interamericanas (Suárez, 1995, pp. 9–26; Monreal, 1995, pp. 37–45; García, 1995, pp. 46–62; Hernández, 1995b, pp. 71–79).

Como ya está dicho, en los años previos, algunos de los más calificados investigadores del CEA también emprendieron estudios e investigaciones sobre los complejos cambios que se estaban produciendo en la economía, la sociedad y el sistema político-jurídico cubano, así como en su proyección externa, inmediatamente antes o después de la celebración en octubre de 1991 del IV Congreso del PCC.

Ello aumentó la magnitud relativa de esas indagaciones en su correlación con las que se emprendieron en los dos quinquenios anteriores sobre Estados Unidos, América y el Caribe (Suárez, 1996). Para satisfacer las demandas de los investigadores del CEA, así como de otras instituciones cubanas y extranjeras, desde comienzos de la década de 1990 los especialistas de la SIC-CEA comenzaron a elaborar y después a comercializar el boletín Cuba en el mes y varios Dossiers sobre diversas facetas de la realidad cubana.

Luego de varias negociaciones, esas compilaciones contaron con el respaldo financiero de la Universidad de Nuevo México, Estados Unidos. Esta las utilizó para enriquecer los servicios informativos sobre la realidad cubana que les ofrecían a diversas instituciones o investigadores estadounidenses.

A pesar de la positiva recepción que los resultados de esos estudios e investigaciones tuvieron en diferentes instituciones académicas y estatales de nuestro país — cuales fueron los casos de la Presidencia de la ANPP, de algunas de sus Comisiones de Trabajo y de algunos altos funcionarios de la Secretaría del CCEMM — , al igual que en ciertas organizaciones sociales y de masas cubanas — en especial, en la Central de Trabajadores de Cuba — , no siempre encontraron la misma acogida en algunos dirigentes y funcionarios de la ahora denominada «estructura auxiliar del Secretariado del CC del PCC».

Mucho menos porque, desde comienzos de la década de 1990, algunos de ellos habían comenzado a cuestionar la pertinencia de que el CEA continuara desarrollando estudios e investigaciones sobre la situación interna cubana.

Tal fue el caso del entonces secretario de Relaciones Internacionales del CC del PCC, Carlos Aldana; quien, a fines de 1990, le había enviado al autor de este escrito una comunicación indicándole que «estaba persuadido de que el CEA» no debía «dedicar sus esfuerzos [a] investigaciones de carácter interno, cuyo estudio corresponden a otras entidades que disponen de la experiencia y las condiciones necesarias» y que, por consiguiente, el CEA debía «concentrar su trabajo en estudiar los problemas de América, y en particular los de América Latina» (Aldana, 1990).

Ante esas afirmaciones, y luego de analizarlas con algunos de los integrantes del CDA, se le respondió indicándole que, sin negar lo que él señalaba sobre la misión principal del CEA, si sus investigadores no estudiaban los aspectos relevantes de la situación interna cubana vinculados a sus correspondientes temas de investigación, sería como suponer que Cuba no formaba parte de la que José Martí había denominado Nuestra América.

A esas afirmaciones se le agregaron las diferentes razones académicas, científicas y políticas que determinaban que un centro de estudios especializado en América Latina y el Caribe tuviera una reflexión profunda de algunas de las más importantes dimensiones de la realidad interna y/o sobre la proyección externa de la Revolución cubana (Suárez, 1990).

Como en una reunión posterior Aldana no cuestionó la validez de esos argumentos, con vistas a tratar de garantizar la calidad científica y la oportunidad política de los resultados de esos estudios e investigaciones, el CDA adoptó la decisión de formar un Grupo de Estudios sobre Cuba.

Este quedó integrado por todos los investigadores del CEA que, desde sus correspondientes especialidades y articulándolos con las demás tareas científicas y académicas sobre Estados Unidos, América Latina y el Caribe incluidas en sus planes de trabajo individuales, decidieran ejercer su derecho a investigar ciertas dimensiones de la realidad de su país, así como cumplir su deber de defenderlas en los eventos nacionales e internacionales en los que participaran.

Mucho más porque habíamos recibido la orientación de que nuestros investigadores contribuyeran, en la medida de sus posibilidades, al llamado «Plan de influencia de la Revolución cubana en el exterior», elaborado por diversas instancias político-estatales de nuestro país y, en nuestro caso, por el Área de América del Departamento de Relaciones Internacionales del CC del PCC.

En esa lógica, en noviembre de 1993, el CEA organizó el Taller Nacional La participación en Cuba y los retos del futuro en el que participaron 15 destacados investigadores cubanos especializados en el tema. Entre ellos, los investigadores de esa institución Armando Fernández Soriano, Haroldo Dilla, Juan Valdés Paz y Rafael Hernández.

Aunque por diferentes razones, que trascienden el objetivo de este escrito, las ponencias presentadas en ese Taller no pudieron publicarse hasta comienzos de 1996, sus deliberaciones contribuyeron a la preparación del Taller Internacional La democracia en Cuba y el diferendo con los Estados Unidos que se efectuó en el CEA entre el 3 y el 5 de mayo de 1994.

En este presentaron sus correspondientes ponencias siete investigadores de diferentes países del continente americano, incluidos tres «cubanólogos» estadounidenses (Jorge Domínguez, Robert White y Wayne Smith), así como los investigadores del CEA Haroldo Dilla (1995, pp. 169–189), Hugo Azcuy (1995a, pp. 72–78), Juan Valdés Paz (1995, pp. 95–116), Rafael Hernández (1995a, 79–94) y el autor de este escrito (Suárez, 1995a, pp. 190–215).

Estas y las intervenciones de otros investigadores cubanos posibilitaron un intenso debate en el que también participaron otros colegas estadounidenses y latinoamericanos invitados a ese evento. Entre ellos, William Robinson, Jorge Rodríguez Beruf y Lilia Bermúdez. Al igual que los investigadores del CEA, en sus correspondientes ponencias e intervenciones estos realizaron diversas críticas a las falacias sobre la «promoción de la democracia» consustancial a la política exterior estadounidense y en particular a sus políticas hacia América Latina y el Caribe, incluida Cuba.

Sin embargo, por razones financieras ese debate no pudo transcribirse y publicarse en el libro sobre el evento que en 1995 publicó el CEA con el apoyo financiero de la fundación alemana Buntstift y de CRIES (Dilla, 1995a, pp. 5–8).[10]

En ese mismo año, la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana había publicado el libro de los investigadores del CEA Julio Carranza, Luis Gutiérrez y Pedro Monreal titulado Cuba: La reestructuración de la economía, apuntes para un debate.

Los originales de ese libro habían sido valorados previamente de manera positiva por el entonces director del Instituto Nacional de Investigaciones Económicas (INIE), adscrito al Ministerio de Economía y Planificación de Cuba, Arturo Guzmán Pascual (1994). Asimismo, esa obra se había hecho merecedora de uno de los premios anuales otorgados en 1995 por la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba (ANEC).

Fueron precisamente esos dos libros, al igual que los resultados de algunas de las investigaciones sobre la realidad interna cubana antes mencionadas, así como ciertas deficiencias en el funcionamiento del CEA que ya habíamos sometido a un análisis crítico y autocrítico interno

los que estuvieron en la base del que, en una de sus frecuentes conversaciones con Piñeiro en las semanas posteriores al 5to. Pleno del CC del PCC, el autor de este escrito había comenzado a calificar como «un debate asimétrico entre dirigentes y militantes del PCC», con diferentes criterios con relación al papel analítico, crítico, prospectivo y propositivo que, en las difíciles condiciones de nuestro país, debían desempeñar las ciencias y los científicos sociales revolucionarios.

Sin embargo, no fue hasta casi dos años después que él plasmó algunos de esos criterios en un artículo titulado «Ni pugnas, ni purgas: un debate entre revolucionarios» (Suárez, 1998), que no pudo publicar en ningún medio de prensa cubano, a pesar de que su declarado propósito era ripostar el artículo que el 4 de mayo de 1998 había publicado uno de los más conspicuos redactores de El Nuevo Herald, Pablo Alfonso, con el amañado título «Cuba hizo purga contra académicos», en el que había anunciado la presentación en Miami del mal intencionado libro de Mauricio Giuliano, estridentemente titulado El caso CEA: intelectuales e inquisidores en Cuba. ¿Perestroika en la Isla?

Cuando por diferentes vías llegaron sus primeros ejemplares y, sobre todo, luego de una nueva visita que Giuliano realizó a Cuba después de la publicación de ese libelo, algunos de sus ejemplares comenzaron a circular de mano en mano entre diversos investigadores sociales e intelectuales cubanos; incluidos los ex integrantes del CDA del CEA.

Fue en ese momento que nos enteramos que — como presunto sustento a sus antojadizas conclusiones — Giuliano había colocado como anexos algunos de los principales documentos del complejo y ríspido proceso político que — como se adelantó en la introducción de este escrito — se había desarrollado en esa institución en las semanas siguientes al 5to. Pleno del CC del PCC.

La nunca probada presunción de que esos documentos (que nunca habían sido clasificados como secretos) se los habían facilitado a Giuliano alguno de los integrantes del Núcleo del PCC del CEA, quedó en entredicho porque en su libro también referenció las discusiones — desconocidas para nosotros — sobre el antes mencionado Informe del BP del CC del PCC que se habían realizado en dos reuniones efectuadas en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) el 29 de marzo y el 10 de mayo de 1996 (Giuliano, 1998, pp. 101–104).

Adicionalmente, en su libro, Giuliano develó las instrucciones que había dado el nuevo director del CEA, Darío Machado, para que se realizara una impresión en soporte papel y luego fueran eliminadas de las computadoras donde estaban guardadas todas las actas y documentos vinculados a las reuniones que se habían desarrollado en el CEA o en algunos locales del CC del PCC entre los primeros días de abril y fines de agosto de 1996. Tal acción pudo evitarse gracias a las oportunas decisiones adoptadas por la dirección del Núcleo del PCC de esa institución.

Como se documentará en los próximos párrafos, su secretario general, Pedro Monreal — quien había sido electo después de la muerte de Hugo Azcuy — mantuvo sistemáticamente informados a todos sus militantes, al igual que a los de la UJC y, por intermedio de ellos, a todos los trabajadores del CEA sobre el desarrollo de las reuniones que se efectuaron en los locales de esa institución el 12, el 15 y el 26 de abril de 1996. Los participantes en las mismas fueron los 11 integrantes de su CDA y los de la Comisión del BP del CC del PCC (en lo adelante, «la Comisión»), presidida por José Ramón Balaguer.

Esta estuvo integrada por seis altos funcionarios del Departamento Ideológico, del Área de América del Departamento de Relaciones Internacionales y del Departamento de Administración del CC del PCC, así como por el antes mencionado director del CEA. Igualmente, por una funcionaria del Comité Provincial del PCC de La Habana y por dos dirigentes del Comité del PCC del municipio Playa.

En la primera de esas reuniones, uno de ellos recordó que, a su solicitud y cumpliendo adecuadamente las tareas encomendadas al Núcleo del PCC del CEA, varios de sus investigadores habíamos emprendido diversas tareas vinculadas al trabajo político-ideológico que se realizaba en algunos centros productivos y de servicios en ese municipio habanero.

Aunque no lo dijeron, ellos también sabían que, a solicitud del entonces miembro del Buró Político del CC del PCC y secretario general de la CTC, Pedro Ross Leal, el 18 y 26 de enero de 1996 el Núcleo del PCC del CEA, encabezado por Hugo Azcuy, había organizado sendas reuniones con todos los trabajadores de la institución para analizar las Tesis que iban a discutir los delegados al XVII Congreso de esa organización sindical que se efectuó entre el 27 y el 30 de abril de ese año. Luego de participar activamente en ambas reuniones, en sus conclusiones, Ross había expresado su satisfacción por la calidad y pertinencia política de todas las intervenciones y sugerencias que se habían realizado (PCC-CEA, 1996).

A pesar de que Balaguer había insistido en casi todas sus intervenciones que los integrantes de la Comisión no tenían dudas acerca de que todos los miembros del CDA del CEA eran revolucionarios y comunistas,[11] en la última de esas reuniones informó su decisión de «liberar» de sus correspondientes responsabilidades a todos los investigadores que integraban ese órgano de dirección colectiva; con excepción de Pedro Monreal.

En esa intervención, Balaguer también había indicado que luego se iba reunir con todos los militantes de ese núcleo; pero que antes, y atendiendo a lo que se había planteado en una de esas reuniones, la Comisión se reuniría de manera individual con todos los investigadores integrantes del CDA que habían sido liberados de sus cargos, al igual que con el autor de este artículo; quien todavía no había concluido la transferencia de todas sus responsabilidades y tareas a Darío Machado.

A diferencia de las tres primeras, esas reuniones se efectuaron entre el 7 y el 11 mayo en el salón de reuniones de la Secretaría de Relaciones Internacionales del CC del PCC. Sin embargo, por diferentes razones ajenas a la voluntad de la dirección del núcleo del PCC del CEA, la reunión con todos sus militantes no se efectuó hasta el 14 de agosto.

En el ínterin se efectuaron varias reuniones extraordinarias y ordinarias en las que todos sus militantes — que, unidos a los de la UJC, eran poco más del 60 por ciento de todos los trabajadores del CEA — fueron informados sistemáticamente del desarrollo y de los aún inconclusos resultados del proceso y, a partir de ellas y de sus propias experiencias de trabajo, comenzaron a elaborar sus correspondientes posiciones individuales y/o colectivas para cuando finalmente se desarrollara la susodicha reunión con la Comisión.

El 10 de julio, estas se plasmaron en un documento titulado «Posición del Núcleo del PCC del CEA acerca del proceso de análisis efectuado en el Centro por la Comisión designada por el Buró Político a raíz de los señalamientos del V Pleno del CC del PCC», en el que, entre otras cosas, se afirmó:

El Núcleo del PCC del CEA expresa su coincidencia esencial con los análisis contenidos en el Informe del Buró Político al V Pleno en relación con los peligros y amenazas, tanto internos, como externos, que caracterizan a la presente situación política y social de nuestro país. El núcleo del CEA ratifica su confianza en la dirección del Partido y la Revolución.

Sin embargo, el colectivo de militantes comunistas del Centro rechaza enérgicamente — por considerarlas erróneas e injustas — las críticas al CEA hechas en el citado Informe que implican duda o negación de la actitud revolucionaria de sus trabajadores, el balance negativo sobre el CEA que resulta del texto de ese Informe y la descalificación política pública en que deja a sus trabajadores.

La militancia del Partido del CEA considera que las críticas realizadas a nuestro colectivo deben ser rectificadas y en consecuencia demanda que las conclusiones del proceso sean informadas por los canales del Partido y de manera pública a toda la sociedad.

El Núcleo del PCC del CEA ha manifestado de manera unánime en tres ocasiones (17 de mayo, 3 de julio y 10 de julio) su plena coincidencia con el análisis efectuado por el disuelto Consejo de Dirección del Centro, donde se realiza un análisis ponderado y objetivo del trabajo de la institución, incluyendo el reconocimiento autocrítico de deficiencias existentes en el trabajo del CEA.

En el inventario de esas consideraciones críticas se incorporaron elementos derivados de señalamientos hechos por la Comisión, en su mayoría coincidentes con criterios existentes en el Centro. Desde finales de 1995, por acuerdo del Núcleo del Partido y del Consejo de Dirección, se realizaba un amplio proceso de autoanálisis que tenía por objetivo evaluar los resultados de nuestro trabajo e identificar y rectificar las deficiencias existentes. Ese proceso quedó interrumpido por el cambio de dirección del Centro y el carácter de la crítica presentada en el Informe del V Pleno.

Después de conocer en detalle las actas de las tres reuniones efectuadas entre el Consejo de Dirección y la Comisión, los dos informes del Consejo de Dirección, así como el informe rendido por el secretario del Núcleo [el 23 de mayo] respecto al desarrollo y resultados de las entrevistas individuales del disuelto Consejo de Dirección, el Núcleo del PCC del CEA considera que no existen fundamentos para cualquier interpretación que derive de esas deficiencias una ruptura del compromiso político con la Revolución y con el socialismo cubano actual.

La militancia comunista de nuestro Centro no identifica en el actual colectivo del CEA — incluyendo las deficiencias aludidas — ningún caso que justifique la descalificación política ni las severas críticas señaladas en el Informe del Buró Político al V Pleno.

En las actuales condiciones del proceso de discusión, el Núcleo asume el papel de interlocutor con la Comisión o con la instancia política pertinente y manifiesta a la vez su plena disposición a colaborar con la conclusión de este proceso (PCC-CEA, 1996a).

Sería ética, historiográfica y políticamente inadmisible dejar de señalar que esa y otras posiciones asumidas en las semanas posteriores por los militantes del PCC y de la UJC del CEA fueron estimuladas por el mensaje que, como se indicó al comienzo de este artículo, le había hecho llegar Raúl el 25 de mayo a través de Piñeiro; quien, ratificándonos su confianza en nuestro compromiso con la Revolución, en todo momento se mantuvo al tanto del desarrollo y los resultados del complejo proceso antes reseñado.

Ese mensaje nos demostraba que Raúl estaba informado de las discusiones con la Comisión que hasta entonces se habían efectuado. Aunque en nuestra opinión, él no había sido debidamente informado acerca de las múltiples tareas que, en los años más recientes había desplegado el CEA, su mensaje nos hizo suponer que, a partir de las informaciones que había recibido, ya nos había incluido entre los investigadores cubanos que — según lo que había indicado en su antes referido informe al 5to. Pleno — podíamos «pensar de modo diferente al vigente en torno a cualquier asunto, pero desde posiciones del socialismo, y en los marcos apropiados para ello» (Castro, R., 1996a, p. 5).

Sin embargo, según pudimos constatar después, los integrantes de la Comisión no pensaban de la misma manera; ya que en la reunión con todos los militantes del núcleo del PCC del CEA que en aquel momento estaban en Cuba, que se efectuó el 14 de agosto en uno de los salones de reuniones del CC del PCC, después de escuchar las 26 intervenciones individuales de casi todos ellos, así como de referir otros criterios imposibles de reproducir en el espacio de este artículo, Balaguer, en nombre de la Comisión, expresó que no le habían agradado «una serie de reuniones» que presuntamente habíamos estado planificando para acordar lo que íbamos a decir y, sobre todo, «quién lo iba a decir» (PCC-CEA, 1996b).[12]

Asimismo, agregó que a los integrantes de la Comisión les «hubiera gustado que esta reunión tuviera más sustancia» y nos sindicó de haber adoptado una «actitud oportunista» frente al mensaje que nos había enviado Raúl (PCC-CEA, 1996b).[13]

No obstante, según las notas que pudimos tomar del informe que había elaborado la Comisión, en este, a pesar de reiterar algunas críticas que no habíamos aceptado en las reuniones anteriores, se indicó: «Estamos en las condiciones factibles de que dondequiera que haya ruido y criterios en contra de ustedes aclararles que son revolucionarios» (PCC-CEA, 1996b).

A pesar de que varios militantes del núcleo habíamos solicitado la palabra para expresar nuestras discrepancias o solicitar aclaraciones con relación al informe de la Comisión y a los comentarios adicionales que él había hecho durante su lectura, Balaguer, a diferencia de todas las reuniones anteriores en las que, varias veces, había actuado como mediador o moderador en los más ríspidos momentos, de manera abrupta dio por terminada la reunión y, junto a los demás integrantes de la Comisión — que todo el tiempo se habían mantenido en silencio — abandonó el salón donde estábamos reunidos.

A causa de lo antes dicho, luego de reclamar reiterada e infructuosamente el texto del Informe que había elaborado la Comisión y lo que había dicho Balaguer, el 27 de agosto el núcleo del PCC del CEA y el Comité de Base de la Unión de Jóvenes Comunistas decidimos por unanimidad enviarle una carta a Fidel y a Raúl.

En esta se apelaba a «su sabiduría y espíritu de justicia» para encontrar «una solución adecuada al proceso de discusiones, que la Comisión nombrada por el Buró Político inició en nuestro Centro […] después de los acuerdos del V Pleno del Comité Central del PCC» (PCC-CEA, 1996c).

Esa apelación se fundamentó en la preocupación que teníamos «acerca de la posibilidad de que se arribe a irreparables conclusiones y acciones, que sean aún más lesivas a la vida política, laboral y personal de nuestro colectivo, si se parte de los enfoques reduccionistas y parciales que nos presentó la Comisión en la reunión efectuada con todos nosotros el día 14 de agosto del presente año» (PCC-CEA, 1996c).

A esto se agregó la reiteración de «nuestro firme desacuerdo con el contenido […] de lo que nos fue leído y comentado» por Balaguer. En primer lugar, porque desconocía «el caudal de opiniones que de manera respetuosa expusimos allí, reafirmando y enriqueciendo las posiciones acordadas por el núcleo» (PCC-CEA, 1996c).

En segundo, porque se reiteraban «varias de las acusaciones que de manera clara [habíamos] rechazado a lo largo de este proceso». Y, en tercero, porque habían sido añadidos «elementos que parecían haberse esclarecido satisfactoriamente en las reuniones con el Consejo de Dirección, y otros que no habían sido manifestado en las reuniones precedentes» (PCC-CEA, 1996c).

Aunque nunca recibimos respuestas a esa carta, ni se efectuó la reunión que nos había anunciado Raúl en el mensaje ya referido, sobre la base de «la reconceptualización» del trabajo del CEA que había venido planteando Balaguer a lo largo del proceso antes referido, el 16 de octubre Darío Machado les informó a los investigadores ex integrantes del CDA la decisión que se había adoptado de trasladarlos, de manera separada uno de otro, a varias instituciones académicas y científicas cubanas.

Así, Aurelio Alonso fue trasladado para el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas de la Academia de Ciencias de Cuba; Haroldo Dilla fue ubicado en el Instituto de Filosofía de esa Academia; Juan Valdés Paz, en el Instituto de Historia de Cuba, adscrito al CC del PCC; Pedro Monreal en el Centro de Investigaciones de Economía Internacional y Julio Carranza en el Centro de Estudios de la Economía Cubana, ambos adscritos a la Universidad de La Habana.

Por su parte, Rafael Hernández fue ubicado en el ahora denominado Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello y asumió a tiempo completo la dirección de la revista Temas que, en los meses previos, había ejercido a la par de todas sus labores en el CEA, sobre la base de una solicitud que Armando Hart nos había realizado en 1994. Incluso, los primeros números de esa revista se habían maquetado en los medios automatizados que ya disponía la Sección Editorial de nuestra institución.

A su vez, el autor de este escrito fue trasladado al Ministerio de Justicia de la República de Cuba, donde, a partir de enero de 1997, asumió la dirección del Grupo de Investigaciones Jurídicas y, desde esa responsabilidad, la Secretaría Ejecutiva del Centro Coordinador para el Desarrollo de las Investigaciones Jurídicas y del Primer Programa Ramal de Investigaciones Jurídicas aprobado por la Academia de Ciencias de Cuba. Hasta fines del 2001 — en que decidió dejar de trabajar en ese Ministerio — , tal tarea la simultaneó con la coordinación del Grupo de Planeación Estratégica de ese Organismo de la Administración Central del Estado.

Cabe destacar que,

en todas las instituciones referidas, fuimos recibidos con el respeto y la consideración que merecían nuestras correspondientes trayectorias laborales y políticas, así como nuestros aportes, más o menos significativos, según el caso, al desarrollo de las ciencias sociales y económicas latinoamericanas y caribeñas, incluidas las cubanas.

Mucho más, porque ya se conocía que

ninguno de nosotros habíamos sido sancionados ni administrativa, ni políticamente, a pesar de que nunca renegamos de las firmes posiciones académicas, políticas e ideológicas que habíamos defendido en todas las reuniones individuales o colectivas que se habían sostenido entre el 12 de abril y el 14 de agosto con los integrantes de la Comisión.

Lo mismo ocurrió con los investigadores del CEA que, por voluntad propia, se fueron trasladando entre 1996 y 1997 a otras instituciones académicas o estatales. Entre ellos, los que se han ido mencionando a lo largo de este artículo: Alfredo Prieto, Fernando Martínez Heredia y Tania García Lorenzo.

Esta última, a pesar de las objeciones de Darío Machado, fue nombrada directora de la Tesorería del Ministerio de Cultura. Por su parte, Fernando se incorporó al ahora llamado Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello — donde fundó la prestigiosa Cátedra Gramsci — y Alfredo como editor de la revista Temas. Esta siguió siendo auspiciada por el Ministerio de Cultura, ya encabezado por el miembro del Buró Político del CC del PCC, Abel Prieto.

A lo dicho debe agregarse que, según el criterio del autor de este artículo, a pesar de que actuaron simultáneamente como los que, en el lenguaje jurídico se denominan «Fiscales y Jueces de primera y última instancia», los integrantes de la Comisión no pudieron demostrar que en el CEA trabajara ningún investigador que, «de hecho, se hubiera vuelto un cubanólogo, con ciudadanía cubana y hasta con el carnet del Partido divulgando sus posiciones con la complacencia de los enemigos de la Revolución cubana».

Tampoco pudieron demostrar que en las diversas auditorías que había realizado el Departamento de Administración del CC del PCC se hubiera detectado la utilización inadecuada de los recursos financieros que, en los años previos, les había asignado al CEA, ni de los cerca del medio millón de dólares que, directa o indirectamente, desde 1989 hasta 1995, había recibido esa institución de diversas fundaciones y ONG extranjeras, al igual que, en menor medida, de la comercialización de sus productos editoriales o servicios documentales.

En consecuencia, todos los investigadores — ex integrantes o no del CDA del CEA — previamente mencionados, pudimos continuar nuestras correspondientes trayectorias científicas, académicas, políticas o laborales en Cuba o en algunos otros países. Estos fueron los casos de los actuales Premios Nacionales de Ciencias Sociales Aurelio Alonso, Fernando Martínez Heredia y Juan Valdés Paz.

Por su parte, en el 2008, Rafael Hernández se hizo merecedor del Premio de la Sección Cuba de LASA. Julio Carranza y Pedro Monreal, después de cumplir varias tareas académicas y científicas en Cuba, sin abandonar sus reflexiones y estudios comprometidos con la Revolución cubana, ocuparon (y aún ocupan) altas responsabilidades en la Organización para la Educación, la Ciencia y la Cultura de la ONU (UNESCO, por sus siglas en inglés).

Por su parte, Tania García, después de concluir exitosamente sus responsabilidades en la Tesorería del Ministerio de Cultura, en el 2003 solicitó su traslado al Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, y cinco años después se hizo merecedora de la Mención Anual de Investigación Cultural que entrega esa institución. Previamente, su tesis para obtener el doctorado en Ciencias Económicas había recibido una de las Menciones Anuales conferidas por la Comisión Nacional de Grados Científico de la República de Cuba.

A lo dicho hay que agregar que el autor de este escrito, después de asumir a comienzos del 2002 el estatus de creador literario independiente y comenzar a ejercer como Profesor Titular (a tiempo parcial) del ISRI, ha recibido varios reconocimientos internacionales y nacionales. Entre los vinculados a sus labores académicas y científicas, uno de los que más lo honra es el Diploma Emilio Roig de Leuchsenring otorgado por la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC) en virtud de su «notable contribución a la investigación histórica, la formación de valores y la conciencia antimperialista del pueblo cubano».

Como expresa el dicho popular, «la única excepción que confirma la regla» es Haroldo Dilla; quien en los años posteriores decidió residenciarse en República Dominicana y que, desde cualquier lugar en los que desde entonces ha vivido y trabajado fuera de Cuba, fue asumiendo progresivamente posiciones cada vez más contrarias al ordenamiento económico, social y político-jurídico sistemáticamente respaldado por la absoluta mayoría del pueblo cubano.

Y, desde esas posturas, periódicamente publica sus propias versiones sobre la historia de la «segunda etapa del CEA». En estas, cada vez más, ha utilizado un lenguaje estridente, escasamente académico y no pocas veces irrespetuoso al referirse a algunos de sus antiguos compañeros de trabajo y a los actuales dirigentes político-estatales de nuestro país. En particular, sobre aquellos que, de una forma u otra, estuvieron implicados en el controvertido proceso que se desenvolvió en esa institución de las ciencias sociales cubanas entre abril y noviembre de 1996.

Como ya se indicó en los prolegómenos de este artículo, su autor tiene previsto incorporar algunas partes de este texto al libro que está escribiendo sobre la historia de la Revolución cubana en el poder. En la medida de lo posible, en esa obra se propone documentar el impacto negativo que tuvieron la clausura de la revista Pensamiento Crítico y el proceso que se desarrolló en el CEA en el ulterior desarrollo de las ciencias sociales cubanas.

En esa perspectiva, adelanta que, al igual que en otros de los libros que ha publicado o coordinado sobre la historia, la actualidad y la futuridad de la Revolución cubana (Suárez, 1996a; Suárez, 2000 y Suárez (coord.), 2018 y 2019a), su relato estará inspirado en las vigentes palabras expresadas en 1949 por el prestigioso intelectual, profesor universitario y, entre 1959 y 1976, Canciller de la Dignidad de la República de Cuba y vicepresidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Raúl Roa García:

En ningún terreno, como en el de nuestras Ciencias Sociales son tan múltiples y variados los criterios, las perspectivas y las soluciones propuestas […] El espíritu científico y la intolerancia son incompatibles. El espíritu científico se nutre y enraíza en la libertad de investigación y de crítica. La intolerancia […] intoxica la inteligencia, deforma la sensibilidad y frustra la actividad científica, que es un impulso libérrimo hacia la conquista y la posesión de la verdad […]. En esta apetencia insaciable de apresar y reducir la verdad que enfebrece la vida del pensamiento, ni siquiera son inútiles los errores. «No hay error por grande que sea — sentenció Shakespeare — que no contenga una brizna de verdad» (Roa, [1949] 2001, pp. 24 y 25).

Conceptos que, en mi consideración, deberán seguir guiando la labor de todos los científicos sociales cubanos y la relación con los mismos de las diversas instancias políticas y estatales de nuestro país. Mucho más porque — como indicó en el 2020 el presidente de la República y ahora primer secretario del CC del PCC, Miguel Díaz-Canel Bermúdez — «los aportes de la inteligencia colectiva no se reducen al área vital de la Medicina y los servicios de Salud Pública» (Díaz-Canel, 2020).

Y, luego de agradecer «que algunas de las mentes más brillantes de nuestro país permanecieran atentas y aportando, desde las plataformas digitales, con agudeza crítica, a los análisis científicos» de los disímiles problemas internos y externos que actualmente están afectando a nuestro país, así como

con la mirada puesta en el futuro, nos convocó a todos los que «desde la economía y las ciencias sociales e históricas» seguimos pensando «como país» a seguir bregando para «dotar a la nación de un cuerpo teórico indispensable a este momento preñado de urgencias» (Díaz-Canel, 2020).

La Habana, 19 de mayo de 2022

Luis Suárez Salazar (Guantánamo, Cuba, 14 de mayo de 1950). Licenciado en Ciencias Políticas, postgrado en Filosofía. Doctor en Ciencias Sociológicas y Doctor en Ciencias. Actualmente, es Profesor Titular e integrante del Comité Académico de la Maestría que imparte el Instituto Superior de Relaciones Internacionales «Raúl Roa García» (ISRI), así como de la Sección de Literatura Histórico-Social de la Asociación de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). También forma parte del Consejo Consultivo de expresidentes de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS) y es Miembro de Mérito e integrante de la Junta de Gobierno de la Sociedad Económica de País (SEAP). Fue director del CEA y de su revista Cuadernos de Nuestra América, entre junio de 1984 y comienzos de marzo de 1996.

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