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El choque de reyes o la última operación para salvar la monarquía

“Los nietos muy bien”, respondía ayer el rey emérito a la miríada de periodistas que aguardan cualquiera de sus ya torpes movimientos en Sanxenxo, primera parada en España tras su autoexilio en Abu Dabi. Sobre si tiene ganas de ver al resto de la familia prefirió no responder. O, más clarificador todavía, contestó con la retranca que tanto caracteriza a Galicia. “Pregunta, pregunta tú. Yo estoy aquí en Sanxenxo“, le dijo el exmonarca a la periodista que se interesaba sobre su visita de este lunes a Zarzuela. Después subió a duras penas al Volvo que le lleva de excursión por su perdido reino, acompañado de su amigo Pedro Campos, presidente del Real Club Náutico, y bajo la mirada de los vecinos que se agolpaban en las vallas, y marchó libre para embarcar en el Bribón, cuyo nombre siempre invitó a los chistes y, ahora, más que nunca.

Un almuerzo y una foto de familia. Y “muchos abrazos”, ha dicho este domingo Juan Carlos I, aunque explicaciones “¿de qué?”, ha zanjado. Es lo único que se sabe del próximo y, seguramente, incómodo encuentro entre los dos reyes de España y la distante Sofía. El emérito, Juan Carlos I, y el heredero, Felipe VI, volverán a verse en persona después de al menos dos años, cuando Juan Carlos le comunicó su “meditada” decisión de abandonar el país para no perjudicar la imagen de la Casa Real.

Huyó cuando se conocían cada vez más escándalos sobre su fortuna oculta en Suiza, sus fraudes con Hacienda, sus encuentros y oscuros negocios con su amante Corinna Larsen y las comisiones entonces presuntamente ilegales por la construcción del AVE a La Meca, que investigaba la Fiscalía del Tribunal Supremo.

Padre e hijo, rey y rey, tienen previsto reencontrarse en el Palacio de la Zarzuela, donde el emérito residió 57 años, pero que ya no es su casa. Desde su marcha, la relación entre ellos es escasa y distante, o eso es lo que la Casa Real ha tratado de proyectar. Pocas veces se han puesto en contacto, al menos públicamente, si no es para informarse el uno al otro de decisiones incómodas que afectan a la reputación de ambos y la institución que representan.

La última vez que se hablaron, el pasado 15 mayo, fue por teléfono, a pesar de que Felipe VI había viajado a Abu Dabi, en los Emiratos Árabes Unidos, donde se refugió su padre en 2020. Acudía en visita institucional al funeral del emir, Jalifa bin Zayed al Nahyan, y no pareció lo más apropiado escenificar un encuentro en persona que restara protagonismo al duelo de la familia real emiratí. Lo que sí trascendió es que padre e hijo conversaron sobre la inminente visita a Madrid del próximo lunes.

Fuera del guion

No parece que estuviera en el guion de la Casa Real ni del propio Gobierno la mediática regata de Sanxenxo de este fin de semana. Un cálido baño de masas que Juan Carlos ha recibido antes del encuentro en la Zarzuela con un hijo que le retiró la asignación presupuestaria y que renunció a su envenenada herencia económica, y con una mujer, la reina Sofía, a la que no ve desde hace años y con la que, según se cuenta en la prensa, la seria y la rosa, no se habla ni por teléfono. De hecho, Sofía se fue de visita institucional a Miami justo cuando su marido aterrizaba en Vigo.

Es evidente que Felipe y Juan Carlos tienen muchas cosas que decirse de las que nadie va a enterarse, aunque el principal objetivo del encuentro parece, a todas luces, negociar la frecuencia y el formato de las excursiones del emérito a la España que desfalcó. Algo que Juan Carlos trata de imponer por la vía de los hechos consumados y con mensajes de descontento sobre el formal repudio de su hijo a su nada honorable trayectoria.

Hay quien ve un Juan Carlos descontrolado y enfadado, aunque otros solo interpretan su actitud en el marco de la eterna estrategia comunicativa de Zarzuela para salvar una monarquía manchada, por la que el CIS no se atreve a preguntar a los españoles en sus encuestas desde hace más de un lustro. La estrategia del rey bueno frente al rey malo ha sido la constante desde Felipe VI inició su “renovador” reinado.

Su presencia en España, a la vista de la actitud del exmonarca, no pasa —como quiere el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez— por dar explicaciones sobre sus escándalos ni por una disculpa pública al estilo del célebre “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá ocurrir”.

Pero en este caso, la bola de nieve de sus chanchullos es más grande que el elefante que abatió en Botsuana antes de romperse la cadera. Aún hay una causa abierta en Reino Unido —donde el rey, que solo es nuestro rey, no goza de inviolabilidad— por un presunto acoso a su examante Corinna Larsen. Aun así, el emérito tiene previsto volver a Sanxenxo el próximo junio para participar en otra regata, pero la noticia se ha conocido por el alcalde de la localidad, Telmo Martín, y no por un comunicado oficial de Zarzuela. Es evidente que la comunicación entre Borbón padre y Borbón hijo no es el punto fuerte de su relación, que empezó a convertirse en un problema para Felipe VI no mucho después de su coronación, en 2014.

El retorno de un rey exonerado por la Justicia 

Antes de su llamada telefónica en Abu Dabi, el rey emérito le escribió una carta a su hijo. Aunque más bien, fue una carta que redactó la Casa Real para todos los españoles. En ella le anunciaba su intención de volver a España, aunque fuera de visita, una vez que la Fiscalía del Tribunal Supremo había archivado las investigaciones sobre la procedencia de su enorme fortuna oculta en el extranjero. Eso no exculpaba a Juan Carlos I de todas las causas, ya que varias de ellas simplemente habían prescrito y otras no tenían recorrido por su inmunidad ante la ley.

Felipe VI no ha querido o podido reprender públicamente a su padre

“En este sentido, tanto en mis visitas como si en el futuro volviera a residir en España, es mi propósito organizar mi vida personal y mi lugar de residencia en ámbitos de carácter privado para continuar disfrutando de la mayor privacidad posible”, decía Juan Carlos I en su misiva. En ella también se hacía cargo de “la trascendencia para la opinión pública de los acontecimientos pasados” de su “vida privada”, aunque la redacción, intencionada o no, no dejaba claro si lo que “lamentaba sinceramente” era la trascendencia de esos acontecimientos o los acontecimientos mismos.

En cualquier caso, diga lo que diga el comunicado oficial de la Casa Real, más que una reunión familiar, el encuentro se asemeja más a un choque de reyes que, sea real o propaganda, es lo que suele ocurrir cuando no se cumple el refrán de “a rey muerto, rey puesto”. La rémora de las aventuras y corruptelas del emérito lleva persiguiendo a su sucesor desde hace demasiado tiempo. Quizás desde que Felipe VI no se atrevió a retirarle el título honorífico de rey emérito cuando suprimió su asignación económica, le orilló de la agenda institucional y rechazó su herencia o “cualquier activo, inversión o estructura financiera cuyo origen, características o finalidad puedan no estar en consonancia con la legalidad o con los criterios de rectitud e integridad que rigen su actividad institucional y privada y que deben informar la actividad de la Corona”. Una decisión que tomó cuando trascendió que el rey actual era beneficiario de la Fundación Zagatka, con la que el primo de su padre, Álvaro de Orleans, pagaba los vuelos privados de Juan Carlos cuando todavía era jefe del Estado.

Pero más allá de esto, Felipe VI no ha querido o podido reprender públicamente a su padre, ni siquiera esbozar una disculpa pública en su nombre o en el del emérito. Lo más parecido a una bronca televisada fue durante el discurso de Navidad de 2020, cuando la explosión ya era solo una humareda lejana en el desierto de Abu Dabi. “Los principios morales y éticos que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas nos obligan a todos sin excepciones”, dijo en rey entonces. “Están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales y familiares”. Pero a la vista está que no es del todo así.

La pompa y el lujo que Juan Carlos I ha exhibido en su desembarco no ha gustado ni a la Casa Real ni al propio Gobierno, según han reconocido fuentes del Ejecutivo. Hablan de un emérito “fuera de control”, como si alguna vez alguien lo hubiera controlado. Por eso Zarzuela ha decidido tratar el retorno del exrey como un acto privado, familiar y no institucional. Todo lo que se sabe es que el encuentro o, mejor dicho, la presencia del emérito en palacio durará unas seis horas. Quizás no haya foto de familia, aventuran fuentes de Zarzuela. Lo sí habrá serán más viajes, porque si algo ha dejado claro Juan Carlos I es que, sin cuentas que saldar con la Justicia, sigue siendo el rey.



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