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El diablo en un móvil

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Los análisis simplistas y de click rápido sobre fenómenos complejos nunca vuelven, porque siempre han estado ahí. Las violaciones en grupo por parte de adolescentes, dicen hoy los expertos consultados, tienen su causa en la pornografía, a la que nuestros jóvenes tienen un acceso casi total y que al parecer es cada vez es más violenta. Hace unos años se puso de moda echar la culpa de todo a los videojuegos o a los juegos de rol, y ahora el porno tiene que compartir espacio en los periódicos con el reguetón. 

La clave en esto de los fenómenos sociales y sus causas es el periodista, que es quien elige los culpables. Lo siguiente es fácil, porque siempre hay seis o siete expertos dispuestos a confirmar cualquier idea interesada. Y desde luego siempre hay periodistas dispuestos a llamar ‘experto’ a cualquiera que confirme su conclusión. Si preguntamos a la directora de algún observatorio de violencia machista, dirá que es habitual que en España los chavales hagan planes para salir a violar en grupo. Si preguntamos a una experta en educación sexual, dirá que lo que pasa es que hay poca educación sexual. Y si se le pregunta a alguien que organiza cursos para “desintoxicarse” del porno, dirá que el principal responsable es el porno. 

A quien tiene un martillo todo le parecen clavos y estos observatorios son fábricas para producir martillos en serie. La pornografía y el reguetón son ahora el blanco de moda y hasta ahí llega el análisis, porque sus sueldos dependen de que no intenten entender el fenómeno.

Los que no tenemos la suerte de dirigir un observatorio sí podemos ponernos creativos. Veamos. En 2021 se concede el indulto a varios políticos que dan un golpe de Estado fallido. Unos meses después se indulta a Juana Rivas, condenada por sustracción de menores. Y la semana pasada el Gobierno concede el indulto a otra condenada por fugarse con su hijo, María Sevilla. Podríamos proponer una hipótesis diferente a las habituales: ¿Y si los adolescentes están aprendiendo que en España delinquir es algo que no tiene consecuencias demasiado graves? La hipótesis es claramente débil, no hay ninguna prueba que la confirme, pero ocurre lo mismo con la música y el porno y sin embargo ahí siguen, en periódicos y tertulias como si fueran algo más que ocurrencias interesadas.

De vez en cuando se menciona con mucho cuidado otra hipótesis maldita: “La influencia de culturas menos respetuosas con las mujeres que las occidentales”. Pero resulta que llevamos años enseñando que no hay culturas mejores que otras, que hay que respetar la diversidad moral, que defender que existe lo correcto -y lo incorrecto- es etnocéntrico, patriarcal y posiblemente supremacista. Por alguna razón pienso en Tarrasa, en dos hermanas que residían allí y en Pakistán. Y releo las palabras de una sexóloga a la que se citó hace poco en el periódico: “Las personas de otras culturas también deben entender que el consentimiento es algo que necesita de ambas partes”. Qué horrible mezcla de estupidez y soberbia intelectual. 

La cultura de la violación no sólo existiría en España en el ámbito de lo real, sino que además sería algo en lo que participamos todos los hombres

Los juicios sobre “otras culturas” se manejan con alfileres, pero en cambio hay una a la que se le ponen todas las letras, que sí concita mensajes claros y grandes palabras: la cultura de la violación. Hace menos de una semana la delegada del Gobierno en Valencia dirigía, hinchada de énfasis, un mensaje a la mitad de la población de España: “¿Qué os está pasando a los hombres, que estamos retrocediendo a esta cultura de la violación que creíamos desterrada?”. La cultura de la violación no sólo existiría en España en el ámbito de lo real, sino que además sería algo en lo que participamos todos los hombres. Y lo más importante: algo que defienden los partidos políticos “negacionistas”, porque el porno y el reguetón eran sólo la primera etapa del viaje. 

Esa acusación general fue superada por Ana Pardo de Vera, directora de un periódico, cuando para justificar el indulto a María Sevilla dijo -en TVE– que la entonces pareja de la mujer indultada era un pederasta. Pero aún más graves fueron las palabras de Irene Montero, quien insinuó que la pareja de la mujer condenada por sustracción de menores era un maltratador. La gravedad, evidentemente, no está sólo en sus palabras sino en el hecho de que Irene Montero es la ministra de Igualdad de este Gobierno.

Se ha normalizado, en fin, que el Ejecutivo tenga la última palabra sobre las causas de los crímenes, sobre los culpables y sobre las sentencias judiciales

Se han normalizado demasiadas cosas en España en los últimos años. Tras la moción de censura, los arúspices del progreso y la razón -los expertos, los académicos, los periodistas imparciales, los investigadores no afiliados- se apresuraron a señalar que lo que venía era una nueva era nunca antes conocida en España. Un Gobierno técnico, no ideologizado, barrera frente al populismo y la polarización. Después de cuatro largos años ya no hay duda de que aquel Gobierno luminoso ha sido exactamente todo aquello que los expertos dijeron que iba a erradicar. Se ha normalizado el secuestro de un niño si quien secuestra es una madre que denuncia malos tratos del padre, y se ha normalizado que la denuncia sea suficiente para probar el maltrato. Se ha normalizado que una directora de un periódico llame pederasta a un hombre inocente en RTVE. Se ha normalizado, en fin, que el Ejecutivo tenga la última palabra sobre las causas de los crímenes, sobre los culpables y sobre las sentencias judiciales. Llevamos demasiado tiempo advirtiéndolo: el gran objetivo no es acabar con la derecha o la ultraderecha, con el machismo y las agresiones sexuales; el gran objetivo es acabar con los límites al poder, porque ellos tienen una misión y cualquier arma debe ser legítima en la lucha contra el Diablo. 

Alarmismo, dirán los arúspices. Invocarán todas las palabras rituales: populismo, polarización, negacionismo. Muchos de ellos ya están trabajando en alguna oficina gubernamental. Otros, los menos espabilados, seguirán sorprendiéndose cada vez que el Gobierno haga aquello que lleva haciendo desde el primer día.

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