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El feminismo de Nadia Calviño y los ‘ministros díscolos’

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Siempre hay que desconfiar de quienes reciben alabanzas constantes por parte de la prensa. Suelen ser traidores, tontos útiles o tipos a los que conviene tratar bien por alguna razón económica. No hace falta tener una buena memoria para recordar lo que ocurrió con Iker Casillas cuando, entre defender a su equipo y ponerse del lado de su rival, optó por lo segundo. Por abrazar a Xavi Hernández, el resentido. El politólogo catarí. Varios de los más reputados periodistas deportivos aplaudieron el gesto y situaron al portero del Real Madrid a la altura del ‘yerno perfecto’. Dejó vendidos a los de su equipo, pero se llevó el aplauso mayoritario de la prensa.

Casillas fue un díscolo de los que le gustan a la prensa, del mismo modo que lo es Nadia Calviño. Habrá quien piense que la comparación carece de sentido, pero se equivoca. Su relato es igual. Se sustenta en la simpleza o la necesidad de rellenar páginas de tantos escribientes patrios. Son los que consideran que, como su perfil es distinto al de la mayoría del grupo -nocivo- al que pertenecen -llámese Real Madrid o llámese Gobierno de España-, pueden ser vitoreados. Por eso, hay quien se ha empeñado en definir a la ministra de Economía como el contrapunto a la izquierda radical. Como la ministra ortodoxa y juiciosa que pugna, como Juana de Arco, contra la corriente mayoritaria del Consejo.

Pero Calviño ahí sigue. Lleva en el mismo lugar desde 2018 y nunca ha dicho ‘esta boca es mía’ ante todo aquello que supuestamente repudia de sus compañeros. Tampoco ha dimitido, algo que haría cualquier persona que estuviera guiada por la luz de la razón, pero a la que constantemente torpedearan quienes consideran legítimo, e incluso positivo, que el país cada vez esté más cerca de la bancarrota, dado el nivel de su deuda.

Es lo que defienden quienes levantan la mano cada martes para apoyar escudos sociales y demás paparruchas propagandísticas. Ojo, no sólo pertenecen a Podemos.

De vez en cuando, algún periodista publica algún artículo sobre el profundo malestar de Calviño… o de Escrivá; e incluso cava trincheras en el Consejo de Ministros. Su relato está exagerado, como poco. De lo contrario, cabría hacerse una pregunta: ¿A qué viene el espíritu numantino de los dos ministros? ¿Qué necesidad tienen de situar su nombre, semana tras semana, junto a decisiones catastróficas, tanto en su campo como en los de otras carteras ministeriales?

Nadia Calviño y la otra díscola

Calviño realizaba a principios de esta semana un gesto para la posteridad, al negarse a aparecer en una fotografía porque el resto de los integrantes eran hombres. Pocas veces se cae la coartada de un político y su alma queda tan al desnudo como en esa ocasión. La ministra de perfil más tecnócrata -según han cacareado una y otra vez-, de larga carrera en Bruselas, cometió un desplante en un acto que exigía diplomacia y protocolo. Como cualquiera que abandere un representante institucional de su talla.

La acción seguramente le haya reforzado frente a ese feminismo desnortado que considera que los gestos publicitarios sirven para moldear la realidad. Esto resulta muy definitorio de estos tiempos, en los que las maniobras publicitarias -vacías de contenido- son suficientes para contentar al personal. Por eso, Bono se fue a Kiev a dar un concierto para hacer el paripé. Y por eso hay tanto imitador de Rosa Park y sucedáneos entre la clase privilegiada. A la que siempre ha pertenecido Calviño.

¿Ayudará lo que hizo a que las mujeres tengan más representación en los puestos de mando? Desde luego, lo que no lo hará es el nuevo proyecto de ley ‘morada’. Me refiero al que establece mayores facilidades para que aquellas que sufran de menstruaciones dolorosas soliciten la baja laboral.

La consecuencia para las trabajadoras será negativa, por descontado, pues flaco favor hará esa normativa a las que busquen un empleo. Hay mucho neanderthal suelto. También caraduras con una enorme capacidad para inventar problemas de salud en momentos en los que se requiere una elevada productividad.

Ni que decir tiene el efecto que tiene sobre los inversores el hecho de encontrarse con una legislación en España que cada vez es más presa de la sinrazón. Cualquier economista ‘ortodoxo’ -como definen a Calviño- agarraría una caja y se llevaría sus cosas de Moncloa ante tales decisiones. Calviño no lo hace. Tampoco sale en la foto. Viva la heroína del pueblo.

No deja de ser curioso que la misma semana en la que Calviño se ha retratado lo haya hecho también Margarita Robles, una ministra bien relacionada con algunos de los periodistas conservadores más reputados -aunque actualmente son más oportunistas que otra cosa- a la que también colgaron en su día la etiqueta de guerrera por las diferencias que le separan con el presidente del Gobierno. O eso dicen…

El pasado lunes, Robles daba la cara para confirmar la decapitación de la directora del CNI; y lo hacía sin rubor y aparentes problemas éticos. Con sus palabras, intentó travestir una realidad lacerante, y es que Pedro Sánchez se había quitado de en medio -en mitad de un conflicto internacional- a la responsable de los servicios de inteligencia para que no se rompiera su alianza con los independentistas, tras el escándalo de Pegasus.

La ministra díscola -de principios intachables para algunos escribidores- dijo Sí, bwana y aceptó. No ha dimitido, como tantos otros supuestos renegados cuyas alabanzas son cantadas por periodistas que escriben páginas que, de tan tóxicas que son, podrían ser cubiertas con un sarcófago para que no contaminaran la atmósfera.

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