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El hambre se cierne sobre África

Gerardo Elorriaga

Ojalá llueva. En África, la diferencia entre una estación húmeda abundante y otra tacaña en precipitaciones es hoy una cuestión de vida o muerte, literalmente. A lo largo de los últimos cuatro años, desde el Océano Atlántico al Índico, esa escasez de agua ha arruinado cultivos, aniquilado la cabaña ganadera y disparado los precios de alimentos básicos. Pero sería un grave error suponer que nos hallamos ante una crisis coyuntural o que asistimos a problemas ajenos a la mano del hombre y, especialmente, a la del ciudadano de Occidente. La tormenta perfecta que se abate sobre el continente es la consecuencia del cambio climático y de conflictos locales y globales (la guerra de Ucrania), de estrategias erróneas, de la violencia como modo de vida y de la insolidaridad en un planeta plenamente capaz de alimentar a todos sus habitantes. Voces de varias organizaciones humanitarias nos previenen sobre la catástrofe que viene.

La Niña no es la única culpable. Sí, este fenómeno climático ha influido en la falta de recursos hídricos que asola el Cuerno de África, pero las penurias de la región son deudoras del fracaso político. La democracia no ha encontrado raíces en esta parte del planeta y, en este periodo, las guerras han causado la devastación especialmente en la región abisinia de Tigray, arrasada por una contienda interna y aislada de la ayuda internacional. La corrupción también es otro factor negativo. El portal Risk and Compliance, que mide el riesgo país, asegura que la malversación del caudal público es una práctica habitual de la elite gobernante somalí, encargada de recuperar un Estado que se derrumbó hace tres décadas.

Contiendas regionales

Los motivos para la catástrofe abundan y se yuxtaponen. La concatenación de desastres como la irregularidad pluviométrica, inundaciones y plagas de langosta, ha generado inseguridad alimentaria en escenarios carentes de recursos públicos. «La sequía severa afecta al 90% del territorio y han diezmado cultivos y reses, disminuyendo la capacidad de la gente para afrontarla», asegura Abdiaziz A. Adani, responsable de incidencia política de la ONG Oxfam en Somalia, territorio fundamentalmente ganadero. «Algunas familias que poseían 600 animales, conservan 4 o 5. La falta de agua y pastos ha debilitado al ganado y el precio de los animales ha caído».

La crisis tiene lugar en escenarios desolados. No es casual y las razones apuntan culpables. El régimen de Etiopía intenta impulsar su tendencia centralizadora a costa de contiendas regionales y, a ese respecto, Amnistía Internacional habla de la probable comisión de crímenes de lesa humanidad y el desplazamiento de millones de personas por motivos bélicos. Al otro lado, grupos armados como Al Shabaab obstaculizan el reparto de ayudas, intentan hacerse con parte de los fondos para su propio provecho o asumen directamente su reparto en aquellas zonas bajo su dominio para obtener la legitimidad que ansían.

La degradación no es un proceso súbito. La inflación se disparó con las restricciones comerciales impulsadas por la lucha contra el Covid-19 y se ha agudizado tras el impacto de la guerra de Ucrania y el bloqueo comercial. «El 92% de las importaciones de trigo procede de ese país y de Rusia», afirma el portavoz somalí. «Esto ha empujado los precios a niveles estratosféricos y la población no puede acceder a ellos». Según explica, veinte litros de aceite costaban 20 dólares en enero y hoy, 52, mientras que el saco de 50 kilos de harina de trigo ha pasado de 26 a 32 o más en las áreas rurales, por el aumento de los carburantes.

La supervivencia de 7,7 millones de habitantes de Somalia depende de la ayuda humanitaria y 350.000 niños se hallan en peligro de muerte según Naciones Unidas. La Unión Europa, la FAO y la ONU han anunciado programas de ayuda, pero los recursos económicos no llegan. «Tan sólo se ha cubierto el 28% de los fondos demandados», lamenta Adani.

La pérdida de 2,2 millones de cabezas de ganado ha provocado un éxodo generalizado entre las comunidades agropastoriles de Etiopía. La inseguridad afecta ya a 25 millones de abisinios, casi una cuarta parte de la población, en opinión de la U.S Agency from International Development (USAID). Desde el terreno, Inés Lezama, coordinadora del clúster de alimentación de Unicef, lanza un mensaje de esperanza. «Hay respuestas de bajo coste y escala importante cuando se aplica la detección temprana», alega. «Podemos promover acceso a la alimentación adecuada, vacunas, agua potable y mecanismos de protección social».

La insensibilidad del Norte parece el mayor obstáculo para llevar a cabo esa acción de urgencia. «No nos informamos lo suficiente, no nos interesa qué sucede y por qué, o aquello que no nos provoca un impacto directo. Valoramos lo similar, lo que afecta a personas con modos de vida como el nuestro y nos olvidamos del resto del planeta», denuncia. «Pero se trata de algo que tiene que ver con nosotros y de cómo hemos modificado el clima. El mundo está cambiando y preferimos cerrar los ojos».

La exótica Kenia también resulta afectada por el desastre. El sacerdote y médico José Luis Orpella lleva treinta y dos años en el condado noroccidental de Garissa, la zona más desértica. «El combustible ha aumentado un 60% y la inflación es del 14%. Las comunidades sufren mucho debido a esta situación y el gobierno tanto local como nacional no hacen mucho para paliarlo, puede que porque se les ha ido de las manos y es mucha población a atender o por el clima político, ya que han elecciones generales en agosto», explica y lamenta: «La gente se queja pero no hace nada».

Más matrimonios concertados

El hambre provoca consecuencias inimaginables desde Europa. «La falta de alimentos está deteriorando la salud de 1,5 millones de personas que viven en este país con el VIH», advierte. Otras son irreversibles. Niñas de tan sólo doce años están siendo forzadas a sufrir la mutilación genital femenina y el matrimonio infantil para que la familia se beneficie de su dote. Las nupcias obligadas se han incrementado un 119% en esta región, según estadísticas de Unicef. Además, los jóvenes cogen las armas para conseguir un salario, independientemente de credos e ideologías. «Siempre ha sido así», advierte el misionero, que cuenta con el apoyo de la ONG Manos Unidas. «La pobreza y la corrupción favorecen que Al Shabaab intente reclutar adeptos».

El verano es tiempo de angustia en el Sahel, esa franja situada entre el desierto del Sahara y la sabana. La anterior cosecha ya se ha consumido y la próxima se recogerá en octubre. Mientras tanto, los hombres emigran en busca de un sustento de transición y las mujeres permanecen en la aldea, con una media de 7 hijos y sin recursos, a la espera de remesas que, quizás, nunca llegarán.

Este año, la situación es aún más grave. Andrés Conde, director ejecutivo de Save The Children, acaba de regresar de Níger. «Estamos ante el primer estadio de una crisis alimenticia descomunal», afirma. «Ya llegan muchos niños con desnutrición aguda a los centros de atención».

El precio de los fertilizantes, generalmente importados, se ha duplicado y su inaccesibilidad supone la crónica de un desastre anunciado. «Sin ellos, la tierra, muy pobre, será mucho menos productiva. La anterior ya fue escasa, pero es que la próxima está rodeada de una mayor incertidumbre», alerta. «El ganado, que se alimentaba con sobras, está muriendo porque no queda nada para el mantenimiento de cabras y gallinas».

Enrolarse en las bandas criminales o las guerrillas radicales es, de nuevo, una forma de subsistencia. «El hambre es la mecha de los conflictos y la escasez dispara la violencia. No olvidemos que no quedará impune la muerte a gran escala de tanta población inocente», indica Conde. Buena parte de las acusaciones apuntan a milicias étnicamente asociadas a los peul o fulani, una etnia nómada extendida por toda la región que ha accedido al tráfico ilegal de armas, otro de los desencadenantes de la inseguridad.

El año próximo, peor

Las cifras del desastre son abrumadoras. En el Sahel 38 millones se hallan en situación de inseguridad alimentaria y 6,3 millones de niños menores de cinco años sufren desnutrición aguda. Paloma Martín de Miguel, responsable regional de Acción contra el Hambre, aboga por la implementación de la Resolución 2417 de Naciones Unidas, aprobada hace cuatro años, y que pretende documentar el uso del hambre como arma de guerra y promover el auxilio a los afectados independientemente de la lucha antiterrorista y las políticas de control migratorio. «Que se respete el trabajo de las ONG más allá de quien ejerza la autoridad en el territorio».

Pero el visor no se detiene ante África. «Ucrania está monopolizando la atención y a los donantes», aduce y señala que los fondos comprometidos no llegan al 20% de los programados. «Tememos que el año que viene las necesidades serán todavía mayores y la financiación, menor», señala y reprocha que no haya respuesta ante un problema perfectamente asumible. «Debemos abordar las causas y las maneras de combatir esta amenaza. Tenemos que garantizar servicios y dotar a los actores locales de una capacidad mayor de resiliencia ante la adversidad. El hambre es predecible».

A Ramata Santo solo le queda una cabra

Ramata Santo sólo conserva una de sus cabras, aunque llegó a poseer doce, y únicamente mantiene diez de las veinticuatro gallinas que alborotaban su corral. Resulta aún más dramático que hayan sobrevivido, hasta la fecha, tres de sus siete bueyes. Unos han perecido, otros los ha malvendido para sobrevivir. Pero es que esta campesina de Burkina Faso ha perdido sus pastos, carece de alimentos y ya no puede pagar las tasas escolares de sus hijos. Mientras tanto el grano se ha disparado un 40% por la escasa producción local y el riesgo para abastecerse en un país en guerra. «Nuestra región encara la peor hambruna en una década», asegura Assalama Dawalack Sidi, directora regional de Oxfam para África Occidental.

Las medidas políticas impulsan, a su juicio, el drama de Santo y de millones como ella. «El Fondo Monetario Internacional ha utilizados los préstamos Covid para imponer agresivamente a los Estados de África Occidental un plan de austeridad por valor de 69.800 millones de dólares en los próximos cinco años». Además, las normas impuestas para contener la pandemia implicaron la prohibición de la trashumancia y la concentración del ganado en pequeñas áreas.

La desigualdad se amplía con otras iniciativas públicas no menos injustas, en su opinión. «El 38% de la fuerza laboral de la región son agricultores, pero no tienen acceso a créditos, seguros y al registro de la propiedad», alega. «Los programas estatales favorecen a los grandes terratenientes que cultivan para la exportación». El resultado es la ruptura del sistema de autoconsumo y la veleidosa dependencia de la adquisición de grano extranjero. «La guerra de Ucrania ha acelerado su devastador impacto».

La especialista apunta que la llamada urgente de la ONU para socorrer a Sahel Central y la cuenca del Lago Chad tan sólo ha obtenido, hasta la fecha, el 20% de los recursos solicitados. «Por el contrario y escandalosamente, los billonarios de la industria de la alimentación han aumentado su fortuna en 38.200 millones de dólares en los dos últimos años».

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