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Fosa La Puebla de Cazalla: “Nunca encontrarán la fosa”: el entierro digno a víctimas del franquismo que rompe el maleficio falangista

“Nunca encontrarán la fosa”, dijo el jefe falangista local, Manuel Barroso. Erró. Aunque apuntaba con el desafío la dificultad de la faena. La exhumación del enterramiento ilegal con víctimas del franquismo en La Puebla de Cazalla (Sevilla) sumó ocho años de trabajos arqueológicos, y dificultades, que ofrecen resultado positivo. Ahora, 86 años después de los asesinatos, 75 personas reciben entierro digno.

Abril arranca con el traslado de los restos óseos al mausoleo construido en el cementerio de San José. El mes que cumple 91 años la II República Española asiste al emotivo sepelio. Las manos sostienen las cajas, repletas de huesos, en un peregrinar con destino a cerrar duelos, a curar heridas. El total de exhumaciones –desde 2006 a 2014, en la antigua cantera conocida como El Carnero, que había sido convertida en vertedero– ascendió a 77 cuerpos. Dos víctimas fueron identificadas mediante ADN y entregadas a sus familiares en 2020.

“Sentimos que se cierra un proceso muy largo, muy dificultoso a nivel técnico y político”, precisa la presidenta de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica Romance de Juan García, María del Carmen España, en declaraciones a Público. Un reto pionero, “que fue rompiendo silencios”, y quiebra la tierra en 2006 como una de las primeras grandes fosas abiertas al sur de Europa. “Si los eliminaron nombre a nombre, nosotras los vamos a recordar nombre a nombre”, subraya.

Los golpistas suman en el pueblo más de 200 ejecuciones, convertidas en desapariciones forzadas, desde el 31 de julio de 1936. Las calles moriscas sufren la embestida del paradigma del terror fascista en España: el ataque conjunto de legionarios hermanados con mercenarios rifeños. La carnicería exporta la táctica de violencia extrema cumplida en la guerra colonial del norte de África, conquistando a sangre cada plaza.

Víctimas del franquismo en la fosa de La Puebla de Cazalla.
Víctimas del franquismo en la fosa de La Puebla de Cazalla. Juan Manuel Guijo/Equipo arqueológico

Táctica de violencia extrema

La empresa genocida deja en Andalucía un tercio de las muertes de civiles en todo el país. Con una cifra que alcanza al menos 708 fosas comunes y 45.566 asesinados, según el mapa de fosas oficial. Y más desaparecidos, por tanto, que el terrorismo de Estado de las dictaduras de Argentina y Chile juntas. Aunque en provincias como Sevilla, Cádiz y Huelva, el rápido triunfo sublevado evita el desarrollo de una guerra convencional.

Las III Jornadas sobre Memoria Histórica de La Puebla de Cazalla enmarcan los actos, organizados por la delegación de Cultura del Ayuntamiento morisco “con el objetivo de poner en valor la historia de nuestro pasado más reciente”, apuntan en una nota. Tras la inauguración de la sepultura, el cierre cae a manos del periodista Juan José Téllez y la cantautora Lucía Sócam con el concierto y recital Desexiliados. Antes, una mesa de debate analiza el complejo trayecto de búsqueda y exhumación bajo el título El proceso de la fosa de La Puebla de Cazalla (2006-2022) con las voces de María del Carmen España, José Santos y la arqueóloga Elena Vera.

En aquella Guerra del Rif se foguean generales golpistas como Emilio Mola, Juan Yagüe, José Sanjurjo y Francisco Franco, entre otros. O el propio Gonzalo Queipo de Llano, que dirige la matanza de civiles en el sur de la península, con miles de nombres anónimos en su lista de asesinados y otros ilustres, desde el poeta Federico García Lorca al padre de la patria andaluza, Blas Infante. El golpista sigue enterrado con honores en la basílica de La Macarena, en Sevilla.

En La Puebla de Cazalla, como en la comarca, los rebeldes actúan arropados por el denominado Ejército de África. Con especial énfasis ofensivo en la Legión y los Regulares marroquíes, auténticas fuerzas de choque. La columna Figuerola, para atacar esta población, suma además compañías de caballería, infantería, zapadores, guardias de asalto, requetés, una sección de armas automáticas y dos piezas de artillería.

El pueblo morisco no puede más que ofrecer una tibia resistencia. Las humildes escopetas de los lugareños no dan para más. La toma del lugar, más la represión posterior, supera los dos centenares de personas asesinadas por el fascismo español. Entre los muertos hay vecinos de municipios cercanos como Lantejuela, Morón de la Frontera, Marchena o Villanueva de San Juan.

Desaparecidos forzados

El retrato de los sucesos queda escrito en libros como La represión militar en La Puebla de Cazalla (1936-1943), del historiador José María García Márquez. O En el camino de la Memoria: la fosa de La Puebla de Cazalla, de María del Carmen España Ruiz. “En todos los pueblos es la misma forma de matar, una represión sistemática contra la población civil”, apunta España.

Cable eléctrico con el que los fascistas ataron a algunos asesinados.

Cable eléctrico con el que los fascistas ataron a algunos asesinados. Juan Manuel Guijo/Equipo arqueológico

“No podían matar a todos porque hacían falta campesinos para recoger las cosechas, pero los golpistas aplicaron un porcentaje de terror y era un plan preparado con listas negras desde la proclamación de la República“, explica. La prueba criminal está en la tierra. “Hay muchas vainas de fusiles Mauser en la fosa”, dice. Y huesos rotos. Los informes antropológicos forenses certifican fracturas en las manos, en la cara, en extremidades… todos a golpe de culata.

“El hecho de que existan fosas en España y desaparecidos forzados a estas alturas de la democracia es una vergüenza, como lo es la Ley de Amnistía que deja impunes los crímenes del franquismo”, lamenta la presidenta de la ARMH Romance de Juan García. “Es necesaria la voluntad del Estado de sacarlos a todos, no pueden estar enterrados como perros, y sí como cualquier ser humano”, concluye.

“Son enterramientos ilegales”, incide. Todos. Centenares repartidos por todo el país. “Y son el resultado de 80 y pico años de la sombra del franquismo que sigue siendo muy alargada”, según España. Las “dificultades” siguen cercenando el derecho de los familiares, dejando en carne viva las “debilidades que nuestra débil estructura” memorialista y democrática mantiene ante los crímenes contra la humanidad cometidos durante “la mal llamada guerra civil“.

Como ha ocurrido en La Puebla de Cazalla. “Ha sido un proceso muy largo que arrancó en 2006 en la cantera de extracción de áridos conocida como El Carnero, que había sido usada como vertedero, y esta fue una de las primeras causas que camuflaban de manera vergonzosa la fosa”, resume. Y la dureza de los aplazamientos, de la recurrente “falta de financiación”, de los obstáculos, completada con la identificación genética de solo dos de las 77 personas exhumadas: Miguel Rodríguez Arroyo y Jesús Contreras Angorilla.

Una flor, una bandera republicana, un cuerpo.
Una flor, una bandera republicana, un cuerpo. Juan Miguel Baquero

El trabajo arqueológico

Las excavaciones en el cementerio suman cuatro campañas desde 2006. La primera ya localiza víctimas de la represión golpista. Dos años más tarde toma el relevo la Sociedad de Ciencias Aranzadi y otro equipo arqueológico al ejercicio siguiente. La última intervención está fechada en 2014 y delimita el espacio de la antigua cantera de El Carnero.

Un agujero de casi cinco metros de profundidad deja asomar los huesos apilados. Hay ocho mujeres entre los 77 cuerpos recuperados de la tierra. Las edades oscilan entre 17 y 60 años. Asociadas a las víctimas afloran monedas, mecheros de yesca, un botón con forma de rosa, anillos, cinturones… y proyectiles de fusil Mauser y de arma corta.

La tarea arqueológica está desarrollada “en un vertedero de escombros del propio cementerio”. El lugar, también usado como osario, provoca que los restos arrojados en los procesos funerarios y la mecánica de uso habitual del camposanto, estén mezclados con las víctimas. Un proceso, al cabo, “que rompe barreras” y, por la época, “va abriendo caminos como catalizador del movimiento de la memoria histórica“.

Las pruebas de identificación genética resultan otro traspié. “Los familiares, ante esos exiguos resultados, sentimos tristeza”, manifiesta la presidenta de la ARMH local, “pero nos tenemos que conformar, la ciencia nos para hasta que podamos avanzar”. Cada una de las 75 víctimas yace en el mausoleo “en una cajita, con un número, en estantes y los informes están en manos del antropólogo forense”, dice Juan Manuel Guijo, arqueólogo de la Sociedad de Ciencias Aranzadi. “Hablar de números me da sentimiento de impotencia pero es así, están ahora con un número”, resalta.

“Nunca encontrarán la fosa”, decía el líder falangista local poco antes de fallecer. Se equivocó. El tesón de las familias torció el desafío, rompió el maleficio. “Con nueve años me enteré de que mi abuelo, Manuel España Gil, estaba desaparecido, fue como un pacto que hice con él y ahora es como decirle: Abuelo, he hecho todo lo posible para buscarte. Y quizás él quiere que siga buscando a otras víctimas, a otros desaparecidos forzados, como así seguimos haciendo”, en palabras de María del Carmen España.



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