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«Ir de galán acorta la vida»

Jorge Sanz posa con su placa como vendimiador de honor de los vinos mallorquines Pla i Llevant. / R. C.

Jorge Sanz, nombrado vendimiador de honor en Mallorca. «Ya soy abuelo, lo mío ahora es la moderación»

Ha llegado a Mallorca como un niño con zapatos nuevos. «Yo es que me apunto a un bombardeo y los reconocimientos de este tipo me entusiasman. Ya soy cofrade de la anchoa de Santoña, fallero de la falla más golfa de Valencia…». Y desde el jueves por la noche, Jorge Sanz es también vendimiador de honor de los vinos mallorquines Pla i Llevant. El actor, tras cortar los primeros racimos de la vendimia 2022 en las bodegas Vi Rei de Llucmajor, participó en una fiesta al aire libre organizada por su amigo Tommy Ferragut, conocido relaciones públicas mallorquín. «Llego perfecto a esta campaña -declaró Sanz- porque lo mío ahora es la moderación. Lo que me gusta es beber muy buen vino pero poquito, lo justo».

Desde que se ha sacudido de encima al famoso con el que ha cargado desde niño, Jorge Sanz ha ganado en alegría, en soltura y, como él dice, en salud… «Lo de ir de galán acorta la vida, es mucha tensión y los días se te hacen eternos. Vivir con Jorge Sanz ha sido agotador. Uf, tú no sabes lo que es vivir con ese tío», bromea el intérprete de películas como ‘Amantes’ y ‘Bélle Epoque’. No huye de su pasado. «Hay que alimentar la leyenda». Pero aclara que lleva años retirado. «Yo he pasado a mucha mejor vida».

En esa nueva vida, que no excluye el teatro (está de gira con ‘El premio’, junto a María Barranco y Ana Turpin), ni el cine (tiene varias películas por estrenar), Sanz es un tío que vive feliz en el campo y que se ha reinventado como horticultor. «Cultivo todos los ingredientes del gazpacho, para tenerlos a mano. Tengo un ciruelo y otros frutales. Lo de las flores se lo dejo a mi chica, Auri, lo mío es la huerta y los bichos. Tengo ocas francesas y gallinas araucanas que ponen huevos azules. Mis huevos son espectaculares», proclama justo antes de caer en el doble sentido y estallar en una carcajada… «Creo que después de esto todo lo que diga en esta entrevista ya no va a tener valor».

«Los paparazzi no me preocupan, lo único que tengo que ocultar es la tripa»

Sanz vive además rodeado de familia, con su pareja, la francesa Aurélie Domingues, el hijo de ambos, Lope, «que tiene siete años y se ha criado subido a una encina»; su hijo Merlín, de 19, que trabaja como especialista y es fruto de su relación con la actriz Paloma Gómez, y Marta, la mayor, que le ha dado a su primera nieta. «Estoy disfrutando una barbaridad. Ser abuelo me ha colocado en un sitio para mí maravilloso. Me ponen a la niña encima y me echo la siesta con ella. No ha cumplido todavía un año y nos ha unido mucho a todos».

Agobio en la ciudad

Tiene tres perros, y ahora la ciudad le agobia. «Vivo cerca de Madrid pero ya solo voy como turista y al tercer semáforo estoy de los nervios». Haber seguido a estas alturas de eterno galán, en mitad de la metrópoli y en un piso de soltero… «Uf, solo de imaginármelo me entran ganas de echarme la siesta -bromea-. Yo he exprimido la vida, Madrid y todo lo que se podía exprimir y he sobrevivido».

Mallorca tiene para él una connotación especial porque allí, a través de la Fundación Natzaret, tuteló a un chaval que todavía sigue en su vida. «Ha estado hace unos días en casa. Tenemos una relación fantástica. Es un tipo estupendo, noble, leal, ya tiene su trabajo… Duermo muy tranquilo por las noches».

También está metido el actor en un negocio de botas moteras y sacará su nueva colección en octubre. Pero estos días ha aprovechado para descansar en Mallorca. «Los paparazzi no me preocupan, no tengo nada que ocultar más que la tripa, y ya eso me da igual». Su 1,69 de estatura nunca le ha acomplejado. «Los mejores actores suelen ser más bien bajitos. Es que los grandes aparecen en el cine deslavazados», se cachondea. Este es Jorge Sanz a sus casi 53 años (los cumplirá el 26 de agosto). Un tipo divertido que se declara «feliz y en paz conmigo mismo, con el mundo y con Hacienda». Y como él dice: «No se puede pedir más».

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