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«La mayor de todas las violencias es el silencio» | by La Tizza | La Tizza Cuba | May, 2022

Entrevista con la filóloga Teresa de Jesús Fernández

Por Sara Más

Obra: Silencio, de Facundo González Luján.

Filóloga de formación y humanista por esencia, Teresa de Jesús Fernández es, ante todo, una mujer que se compromete profundamente con lo que cree.

Apasionada de la literatura y el arte, ha vivido repartida entre la isla de Cerdeña, en Italia, y su entrañable Habana natal, donde ha vuelto a residir de forma permanente, luego de 25 años, desde 2011.

Profesora universitaria, escritora, editora y traductora, su biografía depara un continuo de viajes, retornos, encuentros y rupturas que terminan por situarla, cada vez, en las esencias más humanas, incluida su labor de 2012 a la fecha como coordinadora de la Red de Mujeres Lesbianas y Bisexuales del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex).

Hace mucho tiene clara conciencia de quién es, pero de niña pensó, alguna vez, que había nacido equivocada. Le atraían los «juegos de varones», las historietas de Batman y Superman, los patines y las bicicletas. Nada de muñecas ni conversaciones de niñas, asegura. «Quizás por eso, según iba creciendo, pensaba que era rara y algo estaba equivocado», confiesa.

Desde muy joven tuvo la convicción de que había que exponerse en primera persona para tratar de influir un poquito, lo mínimo que se pueda, en modificar lo que necesita cambiarse. «Si uno no se expone, no se hace nada», sostiene esta mujer de 58 años.

Pero quizás lo más valioso para ella fue entender, desde joven, que podía hacer sus propias elecciones. «Y lo mejor fue descubrir que, siendo mujer, yo podía enamorarme de una mujer».

La entrevista aparece en el volumen «Libres para amar», publicado en 2020 por la Editorial Caminos y SEMlac.

De niña no tanto porque fantaseaba mucho con quien creía ser y eso me entretenía. Fui muy afortunada, tuve padres maravillosos que me dejaron ser yo misma. El conflicto empezó cerca de los 13 años, en la secundaria. Oía a mis compañeros de clase hablar con rechazo de las personas homosexuales — les decían maricones y tortilleras — , de una manera tan desagradable y con un desprecio tan grande que empecé a preocuparme de poder ser nombrada también así, sin estar consciente. Sí notaba que mi objeto del deseo era más una muchacha que en un muchacho y cuando tenía algún noviecito, le decía que sí para después decirle que no; pues nunca en la vida me interesaron.

Ni en la secundaria ni en el pre tuve problemas. Mi grupo era muy sano y no sufrí, realmente. Me di cuenta de que, si me enamoraba, era de una muchacha, pero jamás pensé que eso pudiera realizarse. Elegía ciertas amistades mayores y, andando el tiempo, descubrí que eran personas homosexuales, pero nunca me lo dijeron. Yo era la más pequeña, me cuidaban y protegían. Desde los 14 años andaba con lesbianas y no lo sabía. No tuve ninguna experiencia de acoso, ni de nada.

En el preuniversitario, de vez en cuando, tenía noviecitos que no iban más allá de besos, cogernos las manos y esos escarceos. Eran relaciones fugaces, nunca llegaban a nada, y así mantenía una apariencia de ser como las demás.

Me fascinaba una amiga del pre, pero yo era muy tímida. Iba a su casa, estudiábamos, salíamos. Un día, repasando para los exámenes, me senté en el quicio de una ventana. Ella se paró frente a mí y me dio un beso; me impactó, quedé impresionada. Enseguida me dijo: «esto no ha pasado ni va a volver a pasar». Y algo que habría tenido que entristecerme muchísimo, en realidad me alegró; me di cuenta de que a mí podía besarme una mujer, que dos mujeres podían acercarse. Si no me dije conscientemente «soy una mujer lesbiana» o «una persona homosexual», sí me alegré muchísimo.

Recuerdo que llegué a mi casa y me miré en el espejo para ver si se me notaba en los labios que una mujer me había besado. Fue de las cosas más lindas que me pasaron.

Por supuesto, no tuvimos ninguna relación, fue como ella me dijo: «esto no ha pasado». Pero supe entonces que algo así iba a suceder en algún momento y, en efecto, en primer año de la carrera tuve mi primera relación.

Con 13 años, en la secundaria, un muchacho se me declaraba todos los días y le dije sí para que me dejara tranquila. Le pregunté: «¿si te digo que sí, no te me declaras más?»; él respondió: «¡claro!». El problema fue luego, cuando quiso visitarme, llevarme a pasear… en fin, ser mi novio; y yo no tenía ningún interés en tener un novio. Él iba a mi casa a buscarme y yo mandaba a decir que no estaba; me encerraba en mi cuarto a leer.

Mi papá un día me dijo: «¿por qué eres su novia, si yo estoy más enamorado del croto del jardín que tú de él?» Le expliqué y mi padre me dijo algo que en ese momento no entendí: que no estaba obligada a hacer lo que no quería y que en la vida había otros caminos, solo que eran más difíciles y si los elegía, tenía que hacerlo de manera que nunca sufriera por esa elección.

Evidentemente, mi padre me estaba diciendo: tú eres una niña homosexual y no tienes por qué hacerte esa violencia de tener un novio. De eso me di cuenta después, pero esa fue la única conversación que mi papá y yo tuvimos al respecto. Cuando tuve mi primera relación, fue lo más normal del mundo. Fue muy positivo para mí porque después, cuando viví cosas muy desagradables, tuve a mi familia de mi lado, que me protegía. La primera vez que sentí lo que es el acoso fue estando en segundo año de la carrera.

Estudiaba Licenciatura en Pedagogía. Desde la secundaria era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y en 12 grado era la Secretaria General del Comité de Base de mi aula. En 1978 se hizo una campaña para que jóvenes preuniversitarios y militantes se formaran en el Instituto Superior Pedagógico como maestros profesionales. Solicité esa carrera para poder decirles a los militantes de mi Comité de Base que era necesario inscribirse en el pedagógico. Quería Sociología, pero entonces la carrera estaba cerrada; después pensé en Filología porque toda la vida he sido una lectora impenitente y también me gustaba. En el Pedagógico pedí Español y Literatura, para que el sacrificio fuera la mitad.

En segundo año era la representante de Cultura, Deporte y Recreación por la UJC a nivel de Facultad. Pero

en 1979 inicia el Proceso de profundización de la conciencia comunista, liderado por Luis Orlando Domínguez, entonces Secretario General de la UJC a nivel nacional. Como resultado, fueron expulsados estudiantes de las aulas y de la UJC bajo sospecha de ser homosexuales, o catalogados como problemáticos, o por cualquier acusación que pusiera en tela de juicio su integralidad revolucionaria.

Ser religioso u homosexual significaba tener problemas ideológicos, esa espada de Damocles que durante décadas pendía sobre la cabeza de cualquier persona y traía graves consecuencias. En esas circunstancias, a varios de mi curso y a mí nos analizaron por amaneramiento, ni siquiera nos dijeron homosexuales y lesbianas. Fue absurdo.

La reunión se hizo en la facultad, con militantes de todos los años. Te decían lo que opinaban sobre ti y decidían que no reunías las condiciones para seguir militando en la UJC, independientemente de tus cualidades como estudiante, persona y militante. Esa reunión fue un 28 de enero, el de 1980. No había corriente eléctrica, el aula estaba a oscuras y recuerdo que dije que era significativo que un 28 de enero, día del nacimiento de José Martí, se estuviera haciendo una reunión tan injusta y faltara tanto la luz de la justicia, que incluso faltaba hasta la luz eléctrica. Me expulsaron de la UJC y después todos sabían que lo habían hecho porque sospechaban que era lesbiana. Eso me destruyó.

Me enfermé, me deprimí mucho, me sangraban las encías, no me sentía capacitada para entrar al aula y enfrentar a las personas, estaba avergonzada. Recuerdo que todo lo que hacía era caminar. Salía de mi casa, en 20 y 5ta avenida, subía y llegaba hasta el Pedagógico. Entraba, me sentaba en un banco porque no tenía fuerzas para ir al aula, me levantaba y me volvía a ir caminando. Una vez llegué caminando hasta Víbora Park.

Lo supieron y me apoyaron muchísimo, todos: mis padres, mi hermana mayor. En la facultad donde ella estudiaba hicieron lo mismo. Mi hermana era militante de la UJC, alumna ayudante y defendió a personas de su aula. Tiempo después conocí a un muchacho gay de su aula y me dijo: «ahora entiendo por qué tu hermana me defendió, porque en nosotros también te defendía a ti».

Llegaron los exámenes de fin de curso y no tenía derecho a examinar por las ausencias de los días en que no lograba entrar a clases. Mi padre habló con la decana, la profesora Eugenia Escalona, y ella, muy decente — suerte que siempre ha habido personas muy decentes, porque se han cometido muchas injusticias por gusto — , le dijo a mi papá: «voy a dar la autorización para que su hija tenga derecho a los exámenes porque tiene muy buen expediente». Ella estaba consciente de que yo había pasado un proceso terrible. Le dijo a mi padre que, cuando terminara todos los exámenes, tratara de encontrar una solución, porque seguir allí iba a ser muy difícil para mí. Aprobé con muy buenas notas los dos años cursados, con un acumulado de 4,9 sobre un máximo de 5. Pude matricular Filología y me gradué con óptimos resultados.

Hubo personas que siguieron igual, como eran, y quienes se apartaron. Lo curioso es que algunas, que eran militantes y fueron durísimas durante ese proceso, ni siquiera viven en Cuba e incluso algunas entraron ese mismo año a la Embajada de Perú. El tristemente célebre Luis Orlando Domínguez fue destituido de su cargo por malversación y corrupción.

A mi favor tenía una enseñanza muy importante, vivida en mi propia familia. Cuando sucedían cosas así, mi padre decía que no estaba relacionado con la esencia de la Revolución, sino con las malas personas que en determinados momentos tienen poder. Él siempre ha dicho que la Revolución cubana es el gesto de amor más grande que ha ocurrido en este continente. Como él tenía tanta fe, ha estado siempre tan convencido y es una persona mucho más sabia que yo, pensé que seguro tendría razón y decidí seguir en Cuba.

Terminé mi carrera y trabajé dos años de servicio social en el Ministerio de Cultura. Luego me presenté a exámenes de oposición para enseñar español a extranjeros, gané la plaza y me fui a Italia; allí enseñé por 25 años, de 1987 a 2011.

Podía no aferrarme a lo que me había pasado y seguir adelante, pero los ochenta todavía eran años de mucha homofobia institucional y social. No sé después, pero hasta 1985 todavía se celebraban las asambleas por la profundización de la conciencia comunista, aunque de manera más positiva. De todas maneras, ser homosexual no solo se convertía en un problema de estigma o rechazo; siempre eras una persona no confiable. Algo absurdo, porque nada tiene que ver tu sexualidad con tu ideología.

Sé, como afirma el pensamiento feminista, que lo personal es político; pero la orientación sexual no condiciona la filiación política. Ser lesbiana no me impide ser una mujer de izquierda y creer en los valores de la ideología marxista.

Fuera de Cuba me integré al activismo social y político, pero antes, en 1986, cuando inauguraron la Escuela internacional de Cine, vino a estudiar una muchacha chicana, Graciela Sánchez. Me contactó y me contó su interés en hacer un documental sobre las personas homosexuales en Cuba, que sería su tesis de graduación de cine. Me pidió mi testimonio. Ese documental se titula No porque lo diga Fidel Castro, por una frase de una de sus entrevistadas.

Acepté, pero preferí no mostrar el rostro; no quería que me vieran, aunque era consciente de quién yo era. Lo bueno de lo sucedido en el Pedagógico fue que me prometí no negarme nunca más, que tenía derecho a vivir mi vida como soy. Pero en ese momento no tenía ganas de que me señalaran.

Ese documental fue mi primer paso como activista. Hablé de las personas homosexuales, de la importancia de la educación contra la homofobia. Luego repetí una experiencia similar en Cuba, cuando conté parte de mi historia de cara a la cámara para el documental que hicieron en 2013 Lizette Vila e Ingrid León, con el proyecto Palomas, Mujeres… entre el cielo y la tierra, dedicado por completo al tema de las mujeres lesbianas en este país.

Ya en Italia, Teresa empezó a impartir clases en la facultad de Lenguas y Literaturas Extranjeras de la Universidad de Sassari, en Cerdeña. Allí se vinculó a organizaciones de la sociedad civil, como la Asociación de amistad Italia-Cuba de Sassari y la ARCI GAY-ARCI LESBICA de la ciudad. «Fui consciente de la importancia y la incidencia que tiene el activismo en la sociedad», asegura.

Aunque lejos, seguía al tanto de Cuba, donde quedaron su familia y su pareja. Un día encontró en Internet el blog del periodista Francisco Rodríguez Cruz, Paquito de Cuba. «Me provocó mucha ilusión. Leer sobre jornadas y debates me llenaba de esperanza. Yo trabajaba y vivía fuera de Cuba, pero nunca me desligué de mi país. Allí estaban sucediendo cosas que a mí me implicaban como mujer lesbiana y activista. Entonces pensé que, si regresaba, había nuevos espacios que me interesaban, más allá de la literatura».

La publicación en Italia del libro ¿Qué nos pasa en la pubertad? y la visita a Cerdeña de su autora Mariela Castro, directora del Cenesex, fue crucial para Teresa. «Se conversó del libro, del trabajo del Cenesex y las jornadas. Eso me convenció de que sí estaba sucediendo un cambio. En 2011 decidí regresar, definitivamente, sin saber dónde iba a trabajar ni qué iba a hacer, pero quería retornar a mi casa, a mi relación. Hice las maletas y volví».

Cuando llevaba varios meses en Cuba, reorganizando su vida, Teresa se reencontró con Mariela en una conferencia en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y supo por ella que había plazas vacantes en la editorial del Cenesex. Presentó su currículo y comenzó como redactora; luego pasó a dirigir la editorial del centro como especialista principal, hasta enero de 2018.

En 2012 había cuatro grupos de la red: Santiago de Cuba, La Habana, Cienfuegos y Trinidad, creados en ese orden. Entonces los coordinaba el doctor Alberto Roque, que hacía lo mismo en la red HXD, Humanidad por la Diversidad. Un día la directora me preguntó si podía coordinar la red de lesbianas y bisexuales. Nunca había hecho algo así: sé trabajar en un aula con estudiantes, editar un libro, traducir, pero no había coordinado una red de personas LGBTI, cada cual con su historia de vida. La doctora Ada Alfonso me apoyó y así empecé, con la red de La Habana primero y el resto desde julio de 2012. Ahora hay grupos en 11 provincias; a los iniciales se unieron Granma, Las Tunas, Holguín, Camagüey, Santa Clara, Ciego de Ávila y Pinar del Río.

Sí. Cuba es un país machista, como todos los países latinos, africanos, árabes; no es una exclusividad nuestra, ni de la cultura latina. Nos rige la ideología y la cultura del patriarcado, matizado por el proyecto social, pero está ahí, en la conciencia de las personas, en su cultura.

Según esa lógica, un hombre, aunque sea gay, es un hombre y siempre estará favorecido por la marca del cromosoma XY. La mujer está en desventaja en la escala de poder, queda inequitativamente por debajo. Una mujer lesbiana no solo sufre la discriminación que pueden ejercer sobre ella un hombre o una mujer heterosexual, también sufre la que puede ejercer sobre ella un hombre gay. Hay mucha misoginia y lesbofobia, incluso, en algunas personas LGBTI, incluidas las propias lesbianas, aunque parezca un sinsentido.

La mujer lesbiana vive bajo tensiones relativas a cómo se construye a sí misma. Muchas lo hacen desde modelos masculinos y eso suele provocar rechazo de todo tipo. Se admira a la mujer bonita, elegante, joven, la representación de lo femenino estilo Barbie y, generalmente, las mujeres lesbianas no siguen ese esquema.

Muchas reivindican lo femenino lésbico, otra manera de ser mujer, sin hacer el juego a lo femenino hegemónico; aunque hay mujeres lesbianas bellísimas, que responden al ideal femenino construido por el patriarcado y pasan sin que la gente las noten, las señalen, libres de estigma.

Pero no es lo que más abunda. Lo frecuente es que se aleje del modelo tradicional de lo femenino, concebido para responder al deseo del hombre, y esa elección debe ser respetada, legitimada como una manera más de ser mujer, como otra adecuación de lo femenino. Eso evitaría el estigma y la manera en que se estereotipa a la lesbiana cuando se la representa en audiovisuales, la televisión, el teatro y, más que todo, en el imaginario popular.

Un problema permanente es su poca visibilidad, que responde a veces a la lesbofobia interiorizada. Vivimos en el terror a ser señaladas, al estigma, a que nos aparten o acosen. Somos las primeras que corremos a escondernos para que se nos vea lo menos posible: no visibilizarte también te protege.

Una mujer lesbiana se educa, socializa y construye en los valores de la cultura heteronormativa y, aunque se rebele, termina siendo parte de ese juego perverso. Sobre ella cae el peso de esa cultura y, por tanto, tiene la sensación de que dentro de la casa está mucho más cómoda. Muchas han sufrido agresiones verbales y físicas, han sido violadas. Si hacemos una estadística, nos quedamos muertas de espanto. Es frecuente que no exista una representación de la mujer lesbiana con la cual ella se sienta reconocida y orgullosa. También hay un uso y abuso del sexo lésbico en la pornografía, en función del consumo masculino.

En el movimiento LGBTI tiene más fuerza la comunidad gay e incluso, pese a tener una vida más precaria, sufrir acoso escolar, abandono familiar y actos de violencia, está más visibilizado el movimiento trans que el lésbico.

Deprimido, por varias razones. Las lesbianas se retiran de la vida pública, sobre todo cuando han alcanzado un estatus de comodidad, en el cual se sienten protegidas. Dicen: «tengo mi pareja, mi casa, mi trabajo, ¿para qué me voy a meter en eso?».

A veces me preguntan por qué hago activismo, si no me falta nada. ¿Cómo no me falta nada, si no me puedo casar ni adoptar, no tengo derecho a la fecundación asistida, no puedo acogerme a la pensión de mi pareja ni ella a la mía? Durante los 25 años que trabajé en Italia, no pude invitar a mi pareja como hacían mis colegas heterosexuales. No tuve derecho ante las leyes cubanas, ni italianas, a solicitar reunificación familiar, porque nuestra unión no se reconoce, ni tiene la legitimidad de las uniones heterosexuales.

Dondequiera he vivido como ciudadana de segunda categoría, con la obligación de cumplir con los mismos deberes ante la sociedad, pero sin acceder a los mismos derechos que asisten a las personas heterosexuales.

Muchas lesbianas se centran en la tranquilidad que han alcanzado, sin pensar que viven una situación de inequidad social, y renuncian al activismo.

El activismo cubano ha crecido, pero aún le falta fuerza. Si conversas con las activistas, percibes que han cambiado para bien, su manera de expresarse es cualitativamente superior. Pero en cada provincia la red no crece como debería. Asombra que las personas no tomen conciencia de las desventajas que viven, que no sepan que están viviendo a medias, ni hagan nada para cambiarlo.

Estoy convencida de que hay que exponerse, en primera persona, para ayudar a modificar lo que se debe cambiar. Hay que lograr que las lesbianas jóvenes se interesen, tomen conciencia de sus realidades y deseen acercarse a las redes. El activismo requiere de voluntad, interés, esfuerzo, amor, pero también de medios para hacerlo atractivo, divulgar información, visibilizar el trabajo, imprimir folletos, carteles, llegar a las comunidades, mostrar resultados. Las redes necesitan apoyo material para hacer su trabajo.

Los talleres de capacitación son fundamentales; los nuestros y los que organiza el Cenesex con otras redes. Esos espacios aportan sabiduría, herramientas, hacen crecer las posibilidades de transformación, ayudan a trabajar. Claro que aprendes, te fortaleces, se habla desde el conocimiento, pero todavía faltan los resultados. Cada año salen a la luz las mismas reivindicaciones: matrimonio igualitario, adopción, fecundación asistida, visitas conyugales para lesbianas en privación de libertad, espacios de diversión amigables, atención de salud con profesionales sensibilizados, más visibilidad de las mujeres lesbianas en investigaciones. Estas cuestiones siguen pendientes y, de alguna manera, es negativo no tener respuesta alguna.

Todavía la jornada cubana se denomina contra la homofobia y la transfobia, no incluye la lesbofobia; y lo que no se nombra no existe. Los colectivos de lesbianas del mundo reivindican la lesbofobia como una discriminación específica, porque lo es.

La discriminación daña a cualquier ser humano a priori. Quien vive sabiendo que es susceptible de ser discriminada, ya tiene una pérdida de salud importante, pues la salud no se refiere solo a enfermedad, es el bienestar emocional, psicológico, físico.

En Cuba todas las personas tenemos derecho a la salud, es un derecho universal, pero no recibimos el mismo trato si los profesionales de la salud no están sensibilizados y son homo-lesbo-transfóbicos.

Muchas lesbianas refieren que han sufrido discriminación o trato inadecuado por prejuicio del personal médico. Cuentan episodios desagradables, sobre todo en la consulta de ginecología, donde a veces se da por hecho que han tenido relaciones sexuales con hombres o que utilizan juguetes sexuales y, por tanto, no tienen cuidado al examinarlas; cuando en realidad muchas mujeres lesbianas no incluyen la penetración en sus relaciones.

Eso demuestra que

los currículos académicos de Medicina y Enfermería necesitan incluir la educación integral de la sexualidad y romper con el esquema binario hombre-mujer, heteronormativo y sexista; ir más allá del enfoque biologicista, aprender que todos los seres humanos somos seres sexuados, cada cual diferente, con su propia biografía de vida, y que todas las orientaciones son normales, posibles.

Por estigma social, lesbofobia y discriminación, las lesbianas viven grandes costos para su salud personal. Algunas no asisten jamás a una consulta de ginecología ni se hacen la prueba citológica. Vivir toda la vida en situación de inequidad social, sin los mismos derechos que tienen las personas heterosexuales, escuchar a la gente preguntarse qué es lo que queremos cuando se celebra la jornada contra la homofobia, saber que a lo largo de todas nuestras vidas sufrimos irrespeto, vulneraciones, maltrato e injusticias no solo te enferma, sino que te impide tener calidad de vida.

Las personas LGBTI en Cuba carecemos de un tratamiento equitativo y de dignidad plena como ciudadanos. Todavía sufrimos acoso laboral y escolar. No tenemos la tranquilidad de que, al envejecer, podamos disfrutar de políticas públicas que garanticen la equidad necesaria. Falta que quede claramente legislado que todas las personas tenemos las mismas oportunidades, derechos, garantías, sin ninguna discriminación por orientación sexual e identidad de género. Y, sobre todo, que se pueda hacer valer ante todas las instancias. Falta que se deje de educar en la cultura sexista, heteronormativa y discriminatoria que tanta violencia e inequidad provoca.

Hay un vacío sustancial. Se ha escrito muy poco y sobre algunos temas muy puntuales. En la revista Sexología y Sociedad, la doctora Ada Alfonso ha publicado varios artículos, algunos sobre la violencia que sufren las mujeres lesbianas.

Las capacitaciones de la red han sido fundamentales para que las activistas identifiquen y conozcan que sus relaciones de pareja no han estado exentas de violencia, que reproducen en la convivencia muchos de los tipos de violencia que existen en parejas heterosexuales. Sin embargo, falta una investigación real sobre la violencia entre mujeres lesbianas, qué tipo es más frecuente, quién la ejerce, cómo las perjudica y, sobre todo, si son capaces de percibirla.

La educación es imprescindible. Los prejuicios étnicos, sexuales, ideológicos y religiosos se imponen por la educación: la que dan los padres en casa, la que ofrece la escuela después, la que divulgan los medios de comunicación.

Si nadie le dice a una niña o a un niño que lo heterosexual es lo bueno y lo homosexual es lo peor, no tendrá ningún conflicto ni prejuicio. Si se les enseña a amarse como seres humanos, sean como sean, prescindiendo de identidades de género y orientaciones, crecerán sin prejuicios. Si nadie les dice que una persona blanca es superior y que las demás etnias y colores de la piel son inferiores, no serán racistas; si no les inculcan que una religión es superior a otra, no serán fundamentalistas ni tendrán problemas con las demás religiones. La educación es el mejor de los caminos, pero será largo, porque se trata de deconstruir siglos de ideología patriarcal, racismo e inequidad.

Tampoco valdrá hacerlo si las leyes no lo garantizan. Es la otra senda del camino: promulgar leyes que garanticen un estado de bienestar y de derecho para todas y todos, sin exclusión.

Esa utopía está en las manos de los seres humanos: quienes legislan, crean cine, música, literatura, ciencia. Que tomen conciencia de la necesidad de vivir en una sociedad de justicia y respeto.

Menos miedo. Aquella Teresa todavía estaba muy dañada, en un momento específico del país en que ser homosexual declarado era muy negativo, había mucha homofobia institucional y social.

Yo podía exponerme a mí misma, pero no quería exponer a terceras personas. Es uno de los sufrimientos que tenemos las personas homosexuales: crecemos tan convencidas o la sociedad te mete tanto en la cabeza que no eres lo que debes ser, que piensas que tu elección daña a las personas que amas.

¿Cómo no enfermar si tienes sentido de culpa por algo de lo que no debes sentirte culpable? La lesbofobia, la homofobia y la transfobia son tan morbosas que las personas LGBTI llegamos a sentirnos, a veces, responsables de la infelicidad o del daño que podemos causar a quienes amamos.

En aquel momento yo todavía sentía culpa, que mi estigma podía caer sobre mis padres, mis hermanas y hermano.

La Teresa de hoy piensa que la única que será infeliz y se dañará soy yo, si me callo; que la única que sufre negándose soy yo. Ahora sé que la mayor de todas las violencias es el silencio y, mientras guardemos silencio, seremos víctimas de violencia.

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