Politics

La pionera factoría de la muerte de H.H. Holmes

H. H. Holmes, a quien se le achacaron casi trescientos asesinatos, de los que admitió apenas una veintena. / r. c.

Un ensayo analiza el macabro, moderno e industrial ‘modus operandi’ del primer asesino en serie de Estados Unidos

Miguel Lorenci

«Recuerden que en el subsuelo del Castillo se descubrieron los restos de un enorme horno de ladrillos, construido siguiendo las indicaciones de Warner. A ese mismo horno invité a entrar al señor Warner, con el falso pretexto de que me explicara su funcionamiento; y luego salí, fingiendo que necesitaba unas herramientas, cerré la puerta, encendí el horno y subí al máximo el aceite y el vapor. En un tiempo récord, no quedó nada de mi nueva víctima, ni siquiera un hueso».

Así recogía el diario ‘The Philadelphia Inquirer’ la confesión (pagada) de Henry Howard Holmes (New Hampshire, 1861– Chicago, 1896), que tiene el macabro honor de ser el primer asesino en serie de Estados Unidos y el diseñador y constructor de la primera factoría de la muerte moderna. Con 35 años se declaró culpable de dos decenas de crímenes, pero investigadores, jueces e historiadores piensan que estranguló, asfixió, descuartizó y calcinó a cientos de personas, la mayoría mujeres.

Cómo hizo de sus crímenes una industria –a veces vendía cadáveres y esqueletos para su estudio– y cómo construyó una eficiente fábrica de la muerte que anticipa los crematorios nazis en los campos de exterminio, es lo que analiza Alexandra Midal en su ensayo ‘La manufactura de la muerte’ (Errata Naturae).

Martin Scorsese prepara una miniserie que protagonizará Leonardo DiCaprio sobre la figura del industrioso e implacable asesino, cuyo verdadero nombre era Herman Webster Mudgett, y que anticipó un futuro espeluznante. Basada en ‘El diablo en la Ciudad Blanca’, novela de Eric Larson sobre los acontecimientos ocurridos durante la Feria Mundial de Chicago en 1893, será la sexta vez que Scorsese dirija a DiCaprio.

Holmes, que tomó su apellido del personaje de Arthur Conan Doyle, construyó en Chicago su letal santuario bajo la apariencia de un hotel equipado con las últimas innovaciones tecnológicas de la época. Era un colosal edificio alzado junto a un moderno matadero cuyos sistemas «mejoró notablemente». Su caserón de la muerte era «un efectivo dispositivo arquitectónico que le permitía gestionar todo el proceso: la preparación de la matanza, el aislamiento de la víctima, su asesinato y la eliminación del cadáver».

El caatillo, edificio de Chicago diseñado por Holmes donde mató e incineró a muchas de sus víctimas. /

r. c.

El luego llamado hotel de la muerte «fue una obra maestra del diseño doméstico», un «ejemplo de eficiencia» que, según la autora del ensayo, «encaja a la perfección en el proyecto funcionalista del arte moderno y en el destino productivista al que se adhiere nuestra sociedad». Esto es, una factoría de la muerte inspirada en los mismos cambios que sugerirían a Chaplin su película ‘Tiempos modernos’ en 1936.

Midal no escribe un relato criminal. Pretende desentrañar cómo el caso Holmes «evidencia la intensa conexión entre el surgimiento de la Revolución Industrial y la figura del ‘serial killer’». Cómo «la implacable exigencia de productividad, la cosificación del ser humano y una siniestra racionalidad desembocan finalmente en Auschwitz».

Diseño letal

Holmes se adueñó de la farmacia en la que trabajaba, cuyo dueño desapareció sin dejar rastro. En 1886 se convierte en feliz propietario de la finca que ambicionaba. Él diseñó los planos de su matadero humano y supervisó la construcción hasta el más mínimo detalle. Era un edificio tan inmenso que sus vecinos de Englewood lo llamaron el Castillo. «Confortable, práctico y letal», tenía un centenar de estancias, apartamentos y tiendas. Tras su bonita fachada no se adivinaba sus innovaciones técnicas, desde un singular montaplatos hasta un horno a escala humana.

«El proyecto arquitectónico se identifica con el histórico del funcionalismo y, al tiempo, cuestiona tanto este como sus límites», escribe Midal. «Sería ingenuo pensar que el surgimiento casi simultáneo de la Revolución Industrial y el asesino en serie es un mero azar», concluye.

La prensa imputó a Holmes casi tres centenares de asesinatos y desapariciones. Se desconoce la cifra exacta, «pero no hay duda de que fue un asesino en serie, un mentiroso probado y un estafador cuya trayectoria demuestra una sofisticada comprensión de las tecnologías de su época, la del capitalismo industrial de la segunda mitad del siglo XIX», insiste Midal.

Se ocultó tras varias identidades y fue detenido por una estafa que le salió mal, no por sus crímenes. Condenado a muerte en 1896, fue ahorcado y se llevó a la tumba los secretos sobre sus macabros inventos y sus víctimas. Exigió ser enterrado en un ataúd doble cubierto de cemento para asegurarse de que nadie robara o estudiara sus restos. En 2017 se exhumó su cadáver, ya que se sospechó que pudo convencer a otro reo para que le suplantara en la ejecución. Los forenses confirmaron que los restos eran de Holmes.

Source link

Leave a Reply

Your email address will not be published.