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Los nuevos peligros del internet de las cosas: ¿para qué quieres una batidora conectada?

¿Es necesario tener todo el hogar conectado? Desde hace más de una década proliferan los electrodomésticos y dispositivos con conexión bien a una red local, bien directamente a internet. A pesar de que muchos de esos aparatos han demostrado ser una puerta a ciberintrusiones graves (como sucede tan a menudo en las cámaras de vigilancia y en los monitores para bebés), la domótica se abre paso cada vez con más insistencia. Merece la pena prestar atención un momento, al menos, a su seguridad.

Que los dispositivos conectados a la red son un objetivo fácil para los ciberatacantes no es algo nuevo. Muchos de ellos no actualizan su firmware sin que el usuario pueda hacer nada al respecto. Estos aparatos, además, suelen ser cajas negras para el usuario, que casi nunca puede acceder al código del sistema del aparato en busca de vulnerabilidades e incluso de intrusiones. Es la cara menos amable del llamado internet de las cosas.

Se llama internet de las cosas (o IoT, por las siglas en inglés de Internet Of Things) a los sistemas que posibilitan que ciertos dispositivos físicos (desde neveras hasta cámaras de vigilancia, juguetes inteligentes, neveras, relojes, bombillas y aspiradoras, pasando por termostatos e incluso inodoros) reciban y transfieran datos de forma inalámbrica y sin intervención humana.

Los riesgos para la seguridad del hogar son sustanciales, ya que no sólo se puede comprometer la seguridad de la familia sino que En un nuevo informe, la compañía de ciberseguridad BitDefender propone identificar en cuatro categorías los riesgos de estos electrodomésticos conectados.

Por un lado, muchos de estos aparatos comprometen la privacidad del usuario. “Los dispositivos vulnerables pueden permitir que los atacantes se afiancen en un hogar a través de cámaras IP inteligentes o monitores para bebés”, alerta esta compañía de seguridad, y añade que incluso se puede sufrir una intrusión externa en la red doméstica a la que se asocian los dispositivos conectados.

En segundo lugar, existe un riesgo real para la seguridad física. La razón de esta amenaza se encuentra en la creciente cantidad de objetos e incluso superficies conectadas a la red y vulnerables. Así, BitDefender recuerda la posibilidad de abrir remotamente cerraduras conectadas al internet de las cosas, apagar sensores de humo, alarmas o cámaras de videovigilancia, e incluso apagar enchufes ‘inteligentes’.

La tercera categoría engloba el riesgo de sufrir una ciberintrusión en la propia red del hogar (o de una compañía), que a su vez puede dar acceso a dispositivos importantes como un servidor NAS, aquél que permite un almacenamiento centralizado con todos nuestros datos (documentos, fotos, vídeos, navegación, alojamiento de sitio web propio, etc).

Por último, en cuarto lugar se pueden agrupar los ciberataques contra terceros mediante el uso de nuestros dispositivos conectados. “Los dispositivos IoT están presentes de forma masiva en Internet y los operadores de malware buscan constantemente dispositivos vulnerables para inscribirse en redes de bots”, explican desde BitDefender, que añaden que “estas redes de se utilizan después para lanzar devastadores ataques de denegación de servicio distribuido (DDoS) contra empresas, proveedores de servicios de Internet, infraestructura crítica o hacia partes centrales de Internet”.

Un planeta ‘inteligente’ sostenible

Los objetos inteligentes pueden facilitarnos la vida e incluso realizar tareas de forma más eficiente (más rápido o mejor), pero ¿es sostenible su proliferación? Según un informe de Ericsson publicado en noviembre de 2021, el internet de las cosas conectadas de manera inalámbrica por banda ancha representaba el 47% de todas las conexiones móviles de IoT, y para este año se espera que sean más de la mitad.

Desde hace mucho tiempo, la gran mayoría del tráfico de datos en internet no es humano sino entre máquinas, entre bots. Y de éste, una gran parte es intrínsecamente malicioso. Estamos hablando, además de un volumen inimaginable de datos que se mueven cada instante, y su crecimiento es exponencial.

El tráfico de internet mueve unos 150 terabytes (TB) de información en un segundo ; un solo TB equivale a unos 6,5 millones de páginas de documentos o a 1.300 estanterías llenas de documentos en papel. Y los dispositivos IoT funcionan siempre conectados.

Internet contamina: requiere de cantidades enormes y crecientes de energía para funcionar a través de toda su infraestructura, desde el data center más gigantesco hasta la camarita para controlar al bebé.

Esta energía, además, es cada vez más cara por las tensiones geopolíticas actuales (sobre todo por la invasión de Rusia a Ucrania): la crisis energética está demostrando, además, lo lejos que está el planeta de cubrir las necesidades de energía mediante fuentes renovables, que actualmente suponen solamente alrededor del 10% de la producción total.

Por otro lado, todo dispositivo inteligente (o sea, conectado a la red), necesita sus correspondientes microprocesadores, en un momento en el que la crisis mundial de transporte, la escasez de materiales y la relocalización de las fábricas están generando un embudo para la producción de este tipo de aparatos.

Y por último, los dispositivos conectados, y en concreto los domésticos, generan basura electrónica tanto al fabricarlos como al desecharlos por su dificultad para reciclar sus componentes; sólo el 20% del total pasa por los canales regulados de reciclaje, mientras que el 80% termina en gigantescos vertederos del tercer mundo, tóxicos para humanos, animales y el medio ambiente.

Por todas estas razones, ¿necesitamos realmente una lavadora o un cepillo de dientes inteligentes?



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