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Una Barcelona dependiente del turismo y los servicios: la herencia de los Juegos Olímpicos sobre el modelo económico

Casi nadie discute la influencia positiva que han tenido, ahora que se conmemoran 30 años, los Juegos Olímpicos de 1992 en la creación de la marca Barcelona y su posicionamiento en el mapa mundial como ciudad de referencia para el turismo o la celebración de congresos. Una de las consecuencias de este alud la encontramos en la vía emblemática de la capital catalana: las Ramblas. Las papeleras de esta calle se cambian 14 veces al día por el gran volumen de visitantes que soporta.

Sin los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, la urbe no habría recuperado la montaña de Montjuïc, ni se hubiera abierto al mar ni tampoco se hubieran construido las Rondas (autovías de circunvalación), ni la Villa Olímpica o el Anillo Olímpico. La modernización urbanística fue posible gracias, sobre todo, al arquitecto Oriol Bohigas, consejero del exalcalde Maragall entre 1984 y 1991. El acceso a pie, o en transporte público o privado, a las playas ha sido uno de los avances que ha dejado en herencia los Juegos Olímpicos. En la otra cara de la moneda, levantar la Villa Olímpica, el barrio donde se alojaban los atletas, ha supuesto la pérdida del patrimonio industrial del barrio del Poblenou.

Estos cambios y transformaciones urbanísticas, con la mirada de hoy, dejaron de lado la movilidad. De hecho no se tuvieron en cuenta criterios sostenibles ni de fomento del transporte público. Más bien, se impulsó el transporte privado, con las Rondas como emblema. Ahora, esta infraestructura parece condenada a una reorientación, ya que puede afirmarse que ha muerto de éxito.

Un barrio como la Villa Olímpica, que se construyó sobre las cenizas de una zona industrial como el Poblenou

Esta planificación urbanística ha impactado, directa o indirectamente, en el modelo económico que se ha desarrollado en la ciudad de Barcelona. “La transformación económica, que se visualiza en los cambios que se llevaron a cabo en un barrio industrial como el Poblenou, no ha ido acompañada de una mejora en la calidad del empleo”. Es la valoración de la economista y directora del Observatorio DESC, Irene Escorihuela. En este sentido, destaca que “la mayoría de personas siguen trabajando con salarios bajos y trabajos poco calificados”.

Paradójicamente, un barrio como la Villa Olímpica, que se construyó sobre las cenizas de una zona industrial como el Poblenou, ahora se quiere erigir en un polo tecnológico, el 22@, “aunque con un tipo de actividad extractiva que no acaba de generar beneficios en la ciudad”.

La ciudad terciarizada

De la industria, se ha ido hacia una extensión en el sector servicios, que se ha orientado completamente al turismo. El análisis de Escorihuela define a Barcelona como “una ciudad terciarizada, que ha abusado de la salida fácil del turismo y los servicios”. Esta apuesta, según añade, implica una pérdida de bienestar de los ciudadanos, “concentrándose la riqueza en el sector hotelero y los grandes propietarios”. Como herencia de los Juegos Olímpicos, insiste en la idea de una intensificación de la movilidad rodada y del asfalto y un olvido del transporte público que ahora se intenta paliar.

La irrupción de las mal llamadas economías colaborativas han reconfigurado la estructura social y económica

En el caso de la vivienda, el Observatorio DESC echa de menos una acción clara para la creación de un parque público de alquiler. En su ciclo Impactos y alternativas al modelo de producción turístico, en 2019, la entidad alertaba de que la presencia cada vez más destacada de las actividades turísticas e inmobiliarias, que sumadas al desmantelamiento o crisis de otros sectores y a la irrupción de nuevos fenómenos como las mal llamadas economías colaborativas, han reconfigurado la estructura social y económica de la ciudad.

Para el Observatorio, las consecuencias de este modelo económico se han ido agudizando en los últimos años: incremento del coste de la vida, desplazamiento de la población de menor poder adquisitivo hacia espacios periféricos por la turistificación de sus barrios e impactos ambientales y territoriales cada vez más graves que agravan problemas globales como el cambio climático. Al mismo tiempo, la entidad lamentaba que el retorno social de este tipo de trabajos, tanto en lo que respecta a la calidad del trabajo generado como a su fiscalidad y redistribución hacia necesidades colectivas, es claramente deficiente.

La apelación al espíritu olímpico

Aunque tres décadas después, la percepción de la ciudadanía sobre el empuje que supusieron los Juegos Olímpicos ha podido variar, Eugeni Ósacar, director de Investigación del CETT, el centro de turismo adscrito a la Universitat de Barcelona (UB), recuerda el hecho como un “evento que dio un impulso positivo primero, desde un punto de vista urbanístico, y segundo logró el efecto de Barcelona como ciudad capital”.

En relación con la masificación del espacio público y fenómenos como la turistificación, Ósacar reivindica el papel de Barcelona 92 y recuerda que “las situaciones se han producido a consecuencia del desarrollo del turismo urbano, no de los Juegos Olímpicos”. La recuperación del litoral, la reactivación del mar al cual “Barcelona vivía de espaldas”, Montjuïc o el Anillo Olímpico, son algunos de los lugares emblemáticos que señala el especialista en turismo.

En los años 80 del pasado siglo, Barcelona recibía 1,5 millones de turistas anuales. Ahora supera los 21 millones

En los años 80 del pasado siglo, Barcelona era una ciudad que recibía 1,5 millones de turistas anuales. Ahora, cuatro décadas después y 30 años desde los Juegos Olímpicos, la cifra de visitantes supera los 21 millones. Del turismo de proximidad y de ferias se ha pasado a los tours masivos y a los congresos. Más allá de la necesidad de constituir un plan para reaprovechar las infraestructuras creadas expresamente para los Juegos, especialmente las instalaciones deportivas, Ósacar defiende la herencia de Barcelona gracias a “el resurgimiento de autoestima que supuso mediante el consenso político de un evento que no sólo fueron 15 días de competición deportiva, sino que transformaron la ciudad”.

Una ciudad que, por su crecimiento desmedido, voluntaria o involuntariamente, ha dejado algunas heridas en forma de impactos sobre sí misma. Las principales, los efectos del turismo. La masificación, los perjuicios a las estructuras comunitarias, la fuga de los habitantes de su urbe, la degradación de las condiciones de vida y del entorno natural o el precio de la vivienda son elementos que pueden considerarse herederos de un modelo que nació con Barcelona 92. Son aspectos que siempre están presentes en una metrópoli que parece condenada a debatirse eternamente entre el derecho de sus residentes y el de los visitantes.



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