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«Yoga significa mandar amor incluso a Putin»

Xuan Lan, sonriente. / RC

Xuan Lan

«Crecí con un padre y una madre ‘tigres’, en casa no hablábamos de emociones sino de mis notas»

El éxito le llegó por sorpresa pero hoy cuenta con más de 2,2 millones de seguidores en las redes sociales. Lo cual, para una tímida como ella, era algo impensable. «Lo bueno -matiza- es que trabajo en digital y nadie me sigue por la calle, no sufro el fanatismo de una estrella del rock». Y no. Xuan Lan no es una estrella del rock, pero sí del yoga. Su pasión por transmitirlo, realzada por unos atractivos rasgos orientales y un delicado acento francés, hizo que esta parisina de origen vietnamita se convirtiera en un bálsamo de serenidad para miles de personas durante el confinamiento. Ahora acaba de publicar una edición revisada y actualizada de su ‘best seller’ ‘Yoga para mi bienestar’, donde imparte consejos sobre meditación y alimentación.

«Más allá de tener salud, un trabajo y una casa, el bienestar también puede ser algo mental. Por eso hay gente depresiva con mucho dinero», observa Xuan Lan. Y confiesa que aunque ella suele estar en el punto de equilibrio, ahora mismo se siente desbordada por sus proyectos. «A nivel emocional estoy muy bien, pero a nivel físico me siento cansada. Sin embargo es algo temporal y no me puedo quejar, me están pasando cosas muy bonitas».

No siempre fue así. En la lotería de la vida, a Xuan Lan (orquídea de primavera en vietnamita) le tocaron unos padres tremendamente exigentes y tuvo que crecer como inmigrante en París. Todo iba bien hasta que empezó a sufrir «un pelín de bullying», como ella dice, en el colegio. «Cuando todas tus amigas son rubitas y nadie te dice nada tú te sientes una más, pero de pronto alguien me llamó chinita. Volví a casa preocupada, le pregunté a mi padre y él me dijo: ‘Mírate en el espejo, somos vietnamitas’. Y me inculcó el orgullo de pertenecer a una cultura muy fuerte».

Con el tiempo, la tímida Xuan descubriría que esa cultura incluía una obsesión por integrarse en la sociedad francesa a través de la formación universitaria. «A los padres vietnamitas no se les replica y no puedes elegir una carrera que no sea la de economista, médico o ingeniero. Yo tuve madre y padre ‘tigres’, es decir, muy exigentes a nivel académico porque eso es lo más importante para ellos. En la cultura asiática no se habla de emociones. A mí solo me preguntaban por las notas. Y me parecía lo normal».

«Dejé el banco porque mis alumnos de yoga me agradecían más una clase que mis jefes nueve horas de oficina»

Sin embargo, unas vacaciones en casa de una amiga en Bretaña le abrieron los ojos a otra realidad. «Allí a la hora de comer y de cenar hablaban de todo, chillaban, se abrazaban… De repente, mi casa me pareció muy fría», recuerda Xuan Lan. Pero estudió Finanzas «sin ninguna vocación», porque se lo pidieron sus padres. Un verano de prácticas en una entidad parisina la convenció de que «aquello de mirar tres pantallas a la vez con números por todas partes no era para mí». Decidió cursar un máster en Marketing y emigrar a Nueva York.

Allí vivió la burbuja financiera y su pinchazo, «lo que significa llegar a la oficina y que te entreguen una caja para que metas tus cosas y te vayas a la calle con otros cincuenta empleados». Para entonces ya había descubierto el yoga, pero como un pasatiempo que practicaba una vez por semana con unos amigos en un ‘loft’ de Tribeca. «De alguna forma me enganchó», reconoce. Y cuando años después su pareja le propuso cambiar Nueva York por Barcelona (donde llegaron con tres maletas y la necesidad de encontrar trabajo) supo que ya no dejaría nunca el yoga.

Encontró un buen empleo en la banca online de La Caixa. Pero la presión laboral era tan fuerte que solo podía soportarla con la ayuda del yoga. «Me levantaba a las seis de la mañana para acudir a un centro ‘ashtanga’ antes de ir a la oficina. Y todo mi tiempo libre lo dedicaba al yoga. Ya era una pasión». Aún así, necesitó que le abriera los ojos una ‘coach’ a la que acudió para explorar sus posibilidades profesionales, porque Xuan quería un ascenso… «Ella me hizo notar que no paraba de hablar del yoga y me preguntó si me había planteado dedicarme a eso». Aquello dio la vuelta a su vida.

«En 2011 hice un cambio brutal de 180 grados -relata-. Dejé el trabajo y decidí que quería dedicarme a la enseñanza del yoga. Mis alumnos me agradecían mucho más una clase que los superiores del banco mis nueve horas de oficina». Hoy, a sus 47 años, afincada en Barcelona, casada y sin hijos, Xuan Lan se declara feliz por haber encontrado su camino. «El yoga me ha transformado. Impartirlo es prestar un servicio y eso me ha hecho más empática y abierta. El yoga -advierte Xuan Lan- es mandar paz y amor de manera incondicional a todo el mundo. Incluido Putin».

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